Palabra y obra

Vladimir Maiakovsky, the great Russian poet
Vladimir Maiakovski,el gran poeta ruso
Autor: Iván Guzmán López
19 de Abril de 2012


El pasado 14 de abril se cumplieron 82 años del suicidio de Maiakovski, un autor que comprometió su producción literaria con las causas sociales.


Gráfico: Mateo Camargo /

EL MUNDO

La Biblioteca Pública Piloto es, y seguirá siendo por mucho tiempo, la primera en el corazón de quien esta crónica escribe. Sus empleados, con Gloria Inés Palomino a la cabeza, su espacio refrescante e íntimo, su taller de escritores por la época del maestro Manuel Mejía Vallejo y su colección, llena de tesoros literarios de difícil consecución hoy en día, eran mi refugio entrañable de estudiante universitario, donde las punzadas del vacilo literario contraído en la querida biblioteca de provincia, encontraron algo de calma.


Fue allí, hace ya los buenos años, cuando, movido por la sed de la juventud y la búsqueda incesante de la buena literatura, descubrí, en uno de sus estantes, a un poeta de una fuerza volcánica, una capacidad inusitada de amar y una desesperación contagiosa por educar a su pueblo, el pueblo ruso.


Ese poeta era Vladimir Maiakovski, hijo del guardabosque Vladimiro Maiakovski y una mujercita frágil y pequeña de nombre Alejandra Alexándrovna. Dicen los apuntes biográficos que el poeta nació el 7 de julio de 1894 en Bagdad, pequeño pueblo de la Georgia rusa.


Obra


En el prólogo de su famoso poema “La nube en pantalones”, se advierte una textura sonora, una palabra viva, ardiente, rebosante de ternura, sublevada contra la ordenación fonética y los versos uniformados y formales:


“Vuestros pensamientos,
soñados por cerebros reblandecidos,
engordados como lacayos
acostumbrados a divanes grasientos,
voy a irritar,
con mi corazón hechos jirones sangrientos,
hasta hartarme de burla, mordaz y atrevido.


Yo no tengo en el alma ni un solo pelo canoso,
ni tengo ternura senil en mis años.
Atronando al mundo con el poder de mi voz,
voy hermoso
de veintidós años.


¡Delicados!
Vosotros que acostáis el amor sobre tiernos violines,
y el amor grosero lo acostáis sobre cimbales.
Vosotros no podéis hacer como yo,
daros vuelta al revés
y ser todo labios.


¡Venid!
¡Aprended!
Mujeres que hojeáis los libro mojando los labios,
como cocineras repasando un libro culinario.
Dejad vuestras salas –sedas, batistas-,
y la decencia decente de vuestros labios angelicales.
-¿Queréis?-
Enloqueceré de carne.
O si no, como el cielo cambiaré de matiz.
-¿Queréis?-
Seré intachablemente delicado.
No seré un hombre,
seré,
una nube en pantalones.
No creo que exista en el mundo una Niza floreciente.
De nuevo yo,
glorifico,
a hombres, cansados como un hospital
y a mujeres, gastadas como un refrán”.


Su vida


Maiakovski aprende a leer, antes que su madre le enseñe –como era costumbre de la época-. Los letreros de hierro, como lo expresa en su poema “Amo”, son su primer abecedario.


En la ciudad de Kutais ingresa al colegio de secundaria, trayendo de su pueblo natal un tremendo equipaje: el gusto por la lectura. Así pues, fue influenciado tempranamente por ella, en especial la de “Don Quijote de la Mancha” y las novelas juveniles de Julio Verne.


La dura condición del pueblo georgiano, oprimido por el imperialismo ruso, sumado a la influencia de su hermana Olga, educada en círculos marxistas, hace que despierte en él, el fuego revolucionario a la par que el poético.


En 1905 estalla la revolución; las manifestaciones obreras se generalizan y, tras la muerte del padre, su madre decide viajar a Moscú.


En 1908 es detenido por actividades clandestinas y puesto preso en la cárcel de Butirki donde lee todos los libros de la biblioteca del penal, comenzando entonces a pulir sus primeros poemas, de clara militancia política.


Su poesía, consecuente con el anhelo libertario, cesa en la imitación servil de la naturaleza, disloca los conceptos, las imágenes y las palabras, del mismo modo que en el arte lo hacen Picasso y los pintores futuristas de la época.


La poesía de Maiakovski se convierte en un feroz llamamiento a destruir el clasicismo, el academicismo y los museos grises. La poesía simbolista es la poesía imperante.


El poeta, consecuente con su visión del mundo, entrega todo el vigor de su voz y de su poesía a la causa de educar al pueblo, a los obreros, a los campesinos, a los trabajadores, y para ello hace uso de todas las formas posibles: los recitales abiertos, el circo, los títeres, las tradiciones rusas.


Entre su obra poética debemos mencionar: “A mí, el autor, dedico estos versos”; “¡Barato,  se liquida!”; “La blusa fatua”; “El violín y algo nervioso”; “Yo y Napoleón”; “¡Lilita!”; “Himno al crítico”; “La nube en pantalones”; “La flauta vertebrada”; “Guerra y paz”, y,  “Juventud”, entre otros.


El 14 de abril de 1930, a las 10:15 de la mañana, en el famoso callejón Lubianski, el cantor de la revolución rusa, el educador del pueblo, el vate amante, frenético, incontenible, no supo frenar su propia muerte y fue entonces cuando se pegó un tiro en la cabeza, el mismo que acabó de un tirón con uno de los más grandes poetas rusos de todos los tiempos.