Editorial

El paso definitivo en el TLC
8 de Abril de 2012


Sería incomprensible que el presidente Obama escuche las voces radicales y omita su deber de suscribir casi de inmediato el TLC con su mejor aliado en un continente donde Estados Unidos busca “socios confiables y responsables”.

Un año después de suscribir el acuerdo que permitió destrabar el Tratado de Libre Comercio de Colombia y Estados Unidos, los presidentes Juan Manuel Santos y Barack Obama volverán a reunirse para impulsar la entrada en vigencia del acuerdo, hecho esperado por los empresarios que ven en esta iniciativa una oportunidad para aumentar el empleo, mejorar su competitividad e ingresos e impulsar el crecimiento en ambos países.


En virtud de las concesiones que tuvo que hacer al Partido Demócrata y sus sindicatos aliados, Colombia fue sometida a “rendir cuentas” al Gobierno estadounidense sobre las acciones en protección de los trabajadores y los sindicalistas, según cronograma acordado por los presidentes. Este examen se suma a los que le han impuesto las potencias en materias tan disímiles como los derechos humanos, la lucha contra el narcotráfico, y otros temas defendidos por poderosos grupos de presión que consiguen imponer sus demandas ante los gobiernos del primer mundo.


El presidente del sindicato estadounidense del Acero, Dan Kovalik, anunció que Colombia va a recibir en Cartagena su certificación en derechos laborales y, en consecuencia, el anuncio de vigencia del TLC.  Con ese aval, el Gobierno estadounidense asume una postura realista frente a los logros del país en materias tan disímiles como las formas de contratación de trabajadores; las garantías a su derecho de asociación, y la oferta de un adecuado sistema de protección para el sindicalismo, que goza de especiales medidas de protección no obstante la ostensible disminución de la violencia, gracias a los indiscutibles logros en protección a los derechos humanos obtenidos por la política de seguridad democrática.


Casi simultáneo con ese esperado anuncio, que explica el interés que ha demostrado el Gobierno estadounidense en el buen éxito de la Cumbre de las Américas y la permanencia del presidente Obama en Cartagena, se conoció una carta dirigida al mandatario por otro poderoso sindicalista, Richard Trumka, presidente del AFL-CIO. En ella, el líder pide al presidente Obama que se abstenga de conceder la certificación, pues “afectaría los esfuerzos para garantizar derechos, tanto laborales como humanos, lo cual dañaría a trabajadores en ambos países”.


La persistencia de asesinatos de sindicalistas en un país que da sus últimas batallas por la conquista de la paz y que debe vencer a fuertes bandas criminales; la impunidad atribuida a una justicia agobiada por la cantidad de procesos que debe juzgar con limitados recursos, y las dificultades para acabar con las formas de tercerización laboral, que se habían generalizado por distintas causas, son esgrimidas por el sindicalista como sus razones para imponer nuevos castigos al país y garantizar que se mantenga el proteccionismo a los sindicatos estadounidenses.


Aunque la postura del señor Trumka desconoce los importantes esfuerzos realizados por el Gobierno, los empresarios y la justicia de Colombia a favor de los sindicalistas, esta es la que cabía esperar de quien asienta su poder en la radical defensa de los privilegiados trabajadores estadounidenses. Lo que sí sería incomprensible es que el presidente Obama escuche esas voces radicales y omita su deber de suscribir casi de inmediato el TLC con su mejor aliado en un continente donde Estados Unidos busca “socios confiables y responsables”, según indicó Leonardo Martínez-Díaz, secretario adjunto del Tesoro.