Editorial

Las Islas Falkland
2 de Abril de 2012


Es preciso defender la Cumbre de las Am閞icas como un lugar para la discusi髇 de los temas comunes a los 34 pa韘es, no como vitrina para una batalla improcedente y ajena a los intereses continentales.

En la conmemoración del trigésimo aniversario de la derrota de Argentina en su intento de ocupar las Islas Falkland y dada la proximidad de la Cumbre de las Américas, el gobierno de doña Cristina Fernández de Kirchner y sus aliados extremistas del continente intentan revivir un episodio que el mundo dio por superado en junio de 1982 cuando las tropas británicas derrotaron a los invasores.


Las Islas Falkland son territorio británico desde 1592, cuando el capitán John Davis, al mando del buque “Desire” (“Deseo”) denunció su descubrimiento. Un siglo más tarde, en 1690, el capitán británico John Strong dirigió  la construcción del primer asentamiento en el oeste de las islas: es la ciudad, aun en pie, de Port Howard. Hasta la década de 1760 ese archipiélago del Atlántico Sur era apenas un lugar de referencia próximo al Estrecho de Magallanes, usado como embarcadero para la reparación de buques y el descanso de tripulaciones.


La bandera de Su Majestad preside actividades de habitación, comercio con lana, pesca, recepción de turismo e investigación científica, incluidas las adelantadas por sir Charles Darwin, que en 1834 realizó allí varios de los experimentos que lo condujeron a formular la Teoría de la Evolución.


Como sucedió hace treinta años, aunque desde distintos extremos ideológicos, el Gobierno de Argentina amenaza a las Islas Falkland. Si entonces lo hizo con una invasión improvisada, hoy lo intenta con un eficiente dispositivo propagandístico, que se funda en la tergiversación de la historia, a fin de convencer incautos, y una manipulación de los conceptos de soberanía territorial y marítima, que usa para una desgastante batalla diplomática que ha comenzado, como se podía esperar, por los países latinoamericanos, más proclives a aceptar argumentos chauvinistas, así sean contrarios al derecho.


Colombia tiene merecido prestigio en el mundo por su muy clara defensa del derecho internacional y sus instituciones. Hoy, cuando algunos extremistas tientan a la Cancillería buscando un viraje en esa tradición, es preciso reiterar esas convicciones y defender la Cumbre de las Américas como un lugar para la discusión de los temas comunes a los 34 países, no como vitrina para una batalla improcedente y ajena a los intereses continentales.