Columnistas

Sobre alfabetas y analfabetas
Autor: Dario Ruiz Gómez
2 de Abril de 2012


Don José Bergamín fue un escritor caracterizado en España por su insobornable independencia intelectual.

Don José Bergamín fue un escritor caracterizado en España por su insobornable independencia intelectual. Escribió don José un artículo en defensa del analfabetismo, lo cual podía sonar a caprichosa provocación y no era así. Mostraba simplemente que mientras el analfabeto es quien pertenece a una cultura anterior al Alfabeto lo que nos lleva a establecer la diferencia entre las culturas analfabetas como las campesinas, culturas de tradición oral, y la presencia hoy del llamado alfabeta analfabeta o sea aquel que escribe y lee  pero es un ignorante en cuanto carece de palabras para nombrar lo que lo rodea, para describir las situaciones que vive. Vemos profesores, funcionarios que escriben de corrido pero desconocen el trasfondo de palabras como justicia, equidad, democracia. O sea que son incapaces de captar la complejidad de un concepto y por supuesto son incapaces de aceptar la responsabilidad de lo que se escribe o se dice..


Por no hablar de los llamados especialistas cuyo vocabulario se reduce casi a lo indispensable para comunicarse. Hay especialistas en el medio ambiente que no saben distinguir un ciprés de un guayacán, un sinsonte de una guacamaya. Lo terrible es pensar que estos alfabetas analfabetas están ocupando puestos claves y tomando decisiones en los gobiernos del mundo. Ya Edgard Morin se ha referido en su “Pensamiento complejo” a lo que supone la incapacidad  de cierta educación para acceder al conocimiento complejo bajo una pedagogía que se limita, simplemente,  a transmitir información.


El lenguaje popular no es aquel deformado por el folclorismo sino  ese depósito de saberes que desde los albores de la humanidad a través de la experiencia misma del dolor, del sufrimiento fue dando respuestas desde el lenguaje hablado a estas adversidades, convirtiéndolos en conocimientos en el avance grandioso que va de la naturaleza a la cultura y que hizo posible la aparición y desarrollo de las técnicas agrícolas, de la construcción de ciudades, la poética como explicación y a la vez conocimiento de la construcción de los imaginarios comunes.


Si un tipo de alfabetización o sea de educación que rompe abruptamente con esta herencia necesaria,   arroja al alfabetizado a la pérdida de sus valores, de los conocimientos que le permitían vivir y sobrevivir en su medio y lo lanza a un vacío existencial, ¿no se hace necesario preguntarse sobre los objetivos que debe buscar hoy lo que retóricamente llamamos educación?  ¿Desarraigar al niño de la realidad que lo acompaña? ¿Seguir creando bachilleres para que deambulen por las calles de sus poblaciones sumidos en el desespero de no poder acceder a la educación superior? ¿Estudios proyectados hacia la renovación de sus culturas, de sus formas de vida o, repito, dañinas pedagogías en abstracto? ¿No es necesario primero fundamentar la noción de región para no sentirse posteriormente expulsados de su propio territorio por conocimientos deformados? ¿No es necesaria una educación universitaria  que construya región e impida el trauma de vivir en el anonimato de ciudades agresivas? ¿Cuál es el perfil del docente y cuál el del alumno de los cuales hablamos? Déjenme recordar con don Antonio Machado: “Juan de Mairena hacía advertencias demasiado elementales a sus alumnos. No olvidemos que éstos eran muy jóvenes, casi niños, apenas bachilleres; que  Mairena colocaba en el primer banco de su clase a los más torpes y que casi siempre se dirigía a ellos”.