Palabra y obra

Botero, the story of the donnation
Botero, la historia de la donación
Autor: Juan Esteban Agudelo Restrepo
31 de Marzo de 2012


“El gato”, la escultura que donó Fernando Botero al Parque Biblioteca San Cristóbal, será inaugurada el próximo lunes. Además, “Viacrucis”, exposición del artista, se abrirá el próximo martes.


"Exvoto", pintura de Fernando Botero de 1970. Óleo sobre lienzo, 241 por 193 centímetros. Con esta obra participó en la Bienal de Arte de Coltejer de 1970.

 

Foto:Museo de Antioquia

Cuando Teresita Peña llegó en 1969 al Museo Francisco Antonio Zea lo que encontró, más que un museo, era una casa de la cultura, pero grande. Y con costales en las paredes.


“Yo no sé por qué me nombraron directora del Museo. Yo era licenciada de arte de la Universidad Pontificia Bolivariana. Cuando llegué ni siquiera me hicieron entrega del cargo. Me puse a mirar actas y cosas, y a hacer lo que la gente decía”, recuerda.


La sede del Museo en aquella época era la antigua Casa de la Moneda, ubicada al lado de la Iglesia de La Veracruz. A ese sitio solían llegar funcionarios con la misma pregunta: “Vea, que el alcalde le manda a preguntar que esto es qué”.


En una ocasión, Teresita Peña fue a recoger a Jorge Rojas, el director de Colcultura, al aeropuerto Olaya Herrera. “Cuando yo llegué al Museo con él, me preguntó: ‘¿Entonces entramos al parqueadero y después entramos al museo?’, y le dije: ‘No, este es el museo’”.


Había que remodelar


Teresita Peña cruzó la calle para buscar en el edificio del lado, en el Palacio Municipal, a Eugenia Gómez Sierra, la directora de la Oficina de Comercio y Turismo, y le contó lo que le había pasado con el director de Colcultura. “Empecemos ya a remodelar esto”, fue la respuesta que recibió de la funcionaria.


Así, en 1972, se logró la primera remodelación de la sede.


“Fue una época muy dinámica del Museo. Teníamos dos locales alquilados, los pedimos y ahí fundamos la Escuela de Arte, con profesores como Francisco Valderrama, Jorge Cárdenas, Gabriel Carvajal o Libe de Zulategui”, relata Teresita Peña.


El primer regalo


En julio de 1974, Fernando Botero inauguró en la Biblioteca Pública Piloto una muestra de su obra. A la exposición asistió Teresita Peña en compañía de Teresa Santamaría de González, directora de la Junta Directiva del Museo, “una señora prepotente, grosera, mandona, pero adorable, maravillosa, liberada, fuera de la época”, recuerda Peña.


Durante la inauguración, Teresa Santamaría le pidió al artista que le vendiera a cuotas o le regalara al Museo la obra “El exvoto”, con la que había participado en la Bienal de Arte de Medellín. Fernando Botero le dijo que se la regalaba, pero que primero tenía que volverla a comprar porque ya la había vendido en Nueva York.


Y así lo hizo, la pintura llegó en 1975 acompañada de una carta en la que prometía más obras.


Una amplia donación


Por esa época, Fernando Botero tenía una exposición en Caracas, Venezuela. Darío Arizmendi fue a entrevistarlo. Allí, durante la conversación, el artista le dijo que si el Museo hacía una sala que se llamara Pedrito Botero, en memoria de su fallecido hijo, él donaría una colección de pinturas.


“Inmediatamente Darío me llamó y me dijo: ‘¿Qué hacemos?’, y yo le dije: ‘Pues tenemos que buscar patrocinio porque nosotros de dónde, pero dígale que sí, que se la vamos a hacer, ¿con qué?, yo no sé, pero la vamos a hacer”, narra Teresita Peña.


La directora buscó ayuda con la empresa privada para conseguir esos fondos. 


“Oíste, y yo me levantaba todas las mañanas y decía: ‘Dios mío’. De gerente en gerente, de empresa en empresa contando el cuento. Y los artistas decían que cómo era posible que para un solo pintor toda esa cosa, existiendo Eladio Vélez, existiendo Cano, que existiendo tantos pintores y que solo para Botero, no, no, no, no, no”, cuenta Teresita Peña.


Consiguieron ayuda de la empresa privada y del Estado. La firma Arquitectos S.A. hizo los diseños y Bernal Llanos Arquitectos realizó la construcción, ninguna de las dos empresas cobró el trabajo. 


Las obras de la donación ya estaban listas para ser enviadas a Medellín. El Museo logró conseguir un patrocinador para que el transporte aéreo fuera gratuito.


“Y yo esperando todo el tiempo en el aeropuerto Olaya Herrera a que llegaran las cajas. Y cuando llegaron las cajas nos dijeron que teníamos que pagar un bodegaje mientras hacían las cosas de la aduana, y usted no se imagina, de impuestos y bodegaje teníamos que pagar casi lo que habíamos conseguido para la remodelación. Yo allá metida todos los días cuidando esos cuadros”, dice.


Con ayuda de un funcionario de la aduana, un hermano del escultor Ramírez Villamizar, lograron realizar los trámites.


Fernando Botero vino a Medellín para enmarcar y hacer restauraciones de las quince pinturas donadas. Un día le pidió a Teresita Peña un trago de brandy, pero ella le dijo que solo había ron. Eso tomó.


Septiembre de 1977. “Se hizo la inauguración de la sala Pedrito Botero. Eso fue, hacé de cuenta, Inexmoda: el derroche de vanidades y de pendejadas y de cosas, no, no, no, no, eso fue un acontecimiento. Solo con decirte que a mí me invitaron a almorzar al Club Unión, y cuando llegué tocaron el Himno Nacional, ¡ay no!, ¡a mí me dio una pena!, porque yo no soy así”, cuenta, riendo, Teresita Peña.  


La directora decidió que renunciaría a su cargo el mismo día de la inauguración de la Sala. Quería dedicarse a su familia.


“Ese día Botero se me acerca y me dice: ‘Le regalo unas esculturas si le cambia el nombre al Museo’, y le dije: ‘No, yo no lo voy a hacer porque yo hoy resolví que me voy a retirar’”.


María Eugenia Villa fue nombrada como la nueva directora, y fue ella quien tuvo que lidiar con el problema del cambio del nombre del Museo. Después de ella, fue Lucía Montoya quien se tuvo que hacer cargo de la institución. 


La polémica tras el cambio de nombre, de Museo Francisco Antonio Zea a Museo de Antioquia, fue inmensa. Durante la época llegaron más obras.
Una directora más, Lucrecia Piedrahita, pasó por el Museo antes del gran cambio.


Empieza el cambio


El 1 de abril de 1997, Pilar Velilla llegó a la dirección del Museo de Antioquia.


“En ese momento ser director del Museo no era nada, era un museo perdido en La Veracruz, una zona donde se asentaban todas las patologías sociales que tiene un país como el nuestro. La operación anual del Museo costaba 400 millones de pesos, pero la deuda que tenía era de 500 millones de pesos. Y solo el 0.03% de los escolares iban al Museo, o sea, ninguno”, afirma Pilar Velilla.


Seis días después de llegar al Museo, la directora decidió llamar a Fernando Botero.


“Yo cogía el teléfono y lo volvía a colgar. Yo decía: ‘Qué susto, qué le digo a este señor’, uno siente pena. Pero lo llamé y le dije: ‘Maestro, habla con Pilar Velilla, yo acabo de ser nombrada directora del Museo y yo sé que usted hizo hace unos años una propuesta de una donación si el Museo crece. Estamos dispuestos a crecer, ¿su donación está en pie?’, y él dijo: ‘Sí’”, relata la entonces directora.


Pilar Velilla le pidió a Fernando Botero que le enviara las indicaciones de cómo quería que fuera la ampliación, para ella mostrarle ese documento al alcalde Sergio Naranjo y al gobernador Álvaro Uribe. El artista, un momento después de la conversación, le envió un fax, en el que ofrecía la donación para una sala de dibujo, otra de pintura y otra de escultura.


Pilar Velilla se fue inmediatamente a la Gobernación de Antioquia. Allí se encontró con el gobernador Álvaro Uribe Vélez, quien estaba saliendo del Consejo de Gobierno. Le mostró la carta.


“Álvaro Uribe me dijo: ¿Qué hace la ciudad cuando un artista escribe esta carta?, y yo le respondí: ‘Un museo’”. El gobernador apoyó la idea.


Un nuevo sitio


Álvaro Uribe le dijo a Pilar Velilla que buscara una sede.


“Me llamaba cada ocho días para que fuera a mirar algún lugar. Me fui para la Sociedad Colombiana de Arquitectos porque yo estaba hablando de edificios pero no sabía si iba a ser un edificio nuevo o uno adaptado, yo no sabía. Hubo una persona adorable que fue  Horacio Navarro, que se iba conmigo a mirar”, cuenta Velilla.


También le habló del proyecto de ampliación a Sergio Naranjo, quien la apoyó. Pero, como ya faltaban pocos meses para que terminaran los gobiernos de Naranjo y Uribe, no fue posible que nada se concretara.


Juan Gómez era candidato a la Alcaldía de Medellín. Durante la presentación de su plan de gobierno en el campo cultural, afirmó que de ser elegido haría el Museo de Antioquia.


“Cuando Juan Gómez sube a la Alcaldía yo hago el esfuerzo para que la primera carta que él encuentre en su escritorio el día de su posesión sea la del Museo de Antioquia”, relata Velilla.


Entonces recibe la llamada del gobernante y acuerdan que el Museo de Antioquia empezará su transformación. 


Ya había pasado un año desde que Pilar Velilla habló con Fernando Botero.


El proceso de renovación del Museo fue difícil. “Un día tuvimos una reunión en la Alcaldía  tan dura que yo salí con fiebre a 40 del estrés”, dice Pilar Velilla.


Finalmente se decidió que se ocupara el edificio que había sido el Palacio Municipal, que había quedado en manos de EPM después de que la Alcaldía se mudara al Centro Administrativo La Alpujarra.


El nuevo edificio fue inaugurado en octubre del 2000. La antigua sede es hoy la Casa del Encuentro del Museo de Antioquia.


Empezar a demoler


En ese momento, lo que hoy se conoce como la Plaza Botero, que hasta entonces no existía en la mente de nadie, estaba completamente ocupada por edificios, oficinas y comercio.


“La fachada del Museo estaba metida detrás de todos esos edificios, detrás de toda esta ‘feúra’, eso había que tumbarlo”, narra Pilar Velilla.


Por esa época, el Metro de Medellín tenía planeado construir en esa misma zona un edificio. Pilar Velilla pidió que la construcción se frenara, pero no fue posible pues la licitación de la construcción ya estaba hecha.


Fue en ese momento que el alcalde dio la autorización para hacer la plaza. Pilar Velilla tenía planeado hacer media manzana, pero Juan Gómez quiso hacer una manzana completa.


“Empiezan a comprar esos edificios, es la primera vez en Colombia que se aplica la ley de expropiación administrativa.  Se negoció con 268 propietarios en seis meses y compraron todo eso”, cuenta la exdirectora.


El problema era el edificio hecho por el Metro de Medellín. Destruirlo sería detrimento patrimonial. No importó. Fue demolido.


“La primera noche que empezamos a derribar llegaron miles de personas a arrancar sanitarios, puertas, ventanas, de todo, y nosotros parados viendo eso”, recuerda Velilla.
La construcción se hizo en 1999 y parte del 2000.


La colección


Botero le pidió a Pilar Velilla que escogiera a dos o tres personas que ayudaran en el montaje de las salas. Su colección ya había llegado a la ciudad.


“Cuando los arquitectos le mandaron el diseño de las salas a Botero, él dijo que no, que así no podían ser. Habían diseñado las salas en partes iguales, y él quería que hubiera salas chiquitas, grandes, escondidas...”, cuenta la exdirectora.


El montaje de la obra lo hizo él mismo con su esposa Sophia Vari y las personas que Pilar Velilla escogió. Botero decidió cómo debía quedar cada obra.


Lo que Pilar Velilla recuerda más gratamente fue la noche en que llegaron las esculturas, que arribaron a Colombia después de haber sido expuestas en varios países.


Ella estaba en un restaurante con Botero. El artista dijo que se iba para el Museo porque estaban llegando las obras. Pilar Velilla decidió irse con él.


Como los guacales en los que vienen las exposiciones itinerantes deben cuidarse para volver a empacar las obras cuando se vayan a enviar a otro sitio, las personas que estaban sacando las esculturas estaban abriendo con cuidado esas cajas.


“Yo nunca olvidaré esa noche tan maravillosa. Llegamos y estaba lloviendo, eso volaba madera y viruta para todas partes y las esculturas iban emergiendo como por arte de magia”, narra Pilar Velilla.


En ese momento Fernando Botero dijo: “Destruyan los guacales que estas obras llegaron para quedarse”.



Fernando Botero


Nació en 1932 en Medellín.


Es el artista vivo de Latinoamérica más cotizado actualmente en el mundo.


Se inició como ilustrador en un periódico local, pero se marchó de Medellín para formarse en Bogotá, después se fue a Europa y a Norteamérica, donde logró su prestigio internacional.


Suele decirse que Botero pinta gordas, aunque, para acuñar un concepto más exacto, se debe decir que lo que hay en él es un uso exagerado de los volúmenes, pues sus personajes no tienen las características típicas de un cuerpo gordo (como la flacidez de la carne), sino que parecen personas infladas como globos.


El Museo de Antioquia alberga la mayor colección de obras del artista en el mundo, que él mismo le donó, junto con algunas de las pinturas de su colección propia de artistas internacionales.


Este año Fernando Botero celebrará su cumpleaños 80.