Editorial

‘Los templos no son trincheras’
17 de Marzo de 2012


Las actuales relaciones cubano-vaticanas han sido resultado de una paciente filigrana diplomática para construir un clima de respeto mutuo y mutua conveniencia, con claro beneficio para el pueblo de la isla.

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Desde la histórica visita de Juan Pablo II en enero de 1998, las relaciones entre el Estado Vaticano y Cuba, con altibajos, claro está, han sido resultado de una paciente filigrana diplomática para construir un clima de respeto mutuo y mutua conveniencia, con claro beneficio para el pueblo de la isla. A pocos días de la visita del Papa Benedicto XVI, las “tomas” de algunos templos católicos por parte de miembros de un pequeño grupo opositor llamado Partido Republicano de Cuba, alteraron un tanto el ambiente festivo de los preparativos, pero no consiguieron afectar aquella relación. Por el contrario, un rápido operativo policial, acordado en todos sus detalles entre la jerarquía eclesiástica y el gobierno de Raúl Castro, parece haber conjurado el amago de crisis.


En la mañana del martes pasado, trece activistas ocuparon pacíficamente la emblemática Basílica Menor de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, Patrona de Cuba, ubicada en pleno Centro de La Habana, para reclamar que sus demandas de apertura política y respeto a los derechos humanos fueran escuchadas por el Pontífice, durante su visita del 26 al 28 de marzo. Sus exigencias son las mismas que ha enarbolado la oposición, dentro y fuera de la isla comunista, a lo largo de cinco décadas: libertad de expresión y de prensa, libertad de partidos y elecciones libres, excarcelación de los presos políticos, mejoras salariales y un sinfín de reivindicaciones propias de un verdadero Estado de Derecho. Otras manifestaciones similares a la de La Habana tuvieron lugar en templos de Santiago de Cuba, en Las Tunas y en la provincia Pinar del Río, pero sin la repercusión ni la duración de aquella.


El mismo martes, el cardenal Jaime Ortega, arzobispo de La Habana, lanzó una severa condena a la ocupación, la misma que fue transmitida de inmediato por la televisión, la radio y la prensa estales: “Todo acto que pretenda convertir el templo en lugar de demostración política pública, desconociendo la autoridad del sacerdote, o el derecho de la mayoría que va allí en busca de la paz espiritual y el espacio para la oración, es ciertamente un acto ilegítimo e irresponsable… La Iglesia escucha y acoge a todos, e igualmente intercede por todos, pero no puede aceptar los intentos que desvirtúan la naturaleza de su misión o pueden poner en peligro la libertad religiosa de quienes visitan nuestras iglesias. Invitamos a quienes así piensan y actúan, a cambiar de actitud, y si son hombres y mujeres que se consideran católicos, a proceder como tales”.


Por la forma como se desarrollaron los acontecimientos, el astuto régimen castrista dejó el problema en manos de la Iglesia y no intervino con sus fuerzas del orden hasta cuando aquella se lo pidió expresamente. Esto ocurrió el jueves, tras fracasar los esfuerzos de los delegados eclesiásticos por convencer a los ocupantes de que abandonaran el sagrado lugar.  Y esta vez fue también el cardenal Ortega quien se encargó de comunicar al país lo que llamó “el fin de una crisis que no debió producirse nunca. La Iglesia confía que hechos semejantes no se repitan y que la armonía que todos anhelamos pueda realmente alcanzarse”. Según la nota, el gobierno se habría comprometido a trasladar inicialmente a los 13 manifestantes a una unidad policial, pero posteriormente los enviaría a sus casas y se abstendría de iniciar contra ellos proceso alguno.


Si eso se cumple, y no hay motivos para pensar que no sea así, habrán ganado el Gobierno y la propia Iglesia, que así corroboran el buen momento de una relación, que ha sido especialmente fluida desde mayo de 2010, cuando el presidente Raúl Castro reconoció a la Conferencia de Obispos Católicos de Cuba como interlocutora válida del Estado para la búsqueda “entre cubanos” de una solución a los problemas de la nación, “sin interferencias ni condicionamientos externos”. Gracias a la valiosa intermediación de la Iglesia, hoy gozan de libertad 130 disidentes, condenados a largas penas en el 2003.


Vox Dei: Trátese de una dictadura o de la democracia más perfecta del mundo, “nadie tiene derecho a convertir los templos en trincheras políticas”.




Comentarios
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rodrigo
2012/03/17 06:50:12 am
Estando de por medio la teologia de la liberacion, resulta preocupante que los altos jerarcas de la iglesia catòlica en cuba, con el paso de los años sòlo se han convertido en testigos mudos de la injusticia. A què va el papa a la habana? a cuidar su feudo de privilegios seculares.