Columnistas

¡Qué pena con la montaña!
Autor: Jorge Alberto Velásquez Betancur
15 de Marzo de 2012


Las Autopistas de La Montaña tal vez no se hagan nunca. Al paso que vamos, son más los obstáculos que las posibilidades y, sobre todo, porque su ejecución no depende de Antioquia sino del centralismo bogotano.

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Las Autopistas de La Montaña tal vez no se hagan nunca. Al paso que vamos, son más los obstáculos que las posibilidades y, sobre todo, porque su ejecución no depende de Antioquia sino del centralismo bogotano, que lleva doscientos años entorpeciendo el desarrollo de lo que ellos llaman “provincia”, en beneficio de sus propios intereses sabaneros, tan propios de su modo de ser y actuar.


Tal vez no se hagan nunca pero, al menos, nombre si tenían. Hacer autopistas en la montaña significa un reto mayúsculo para el país y para la ingeniería colombiana, una esperanza para el desarrollo y una salida a la necesaria competitividad. Pero los enemigos de Antioquia se han pegado del nombre, porque cualquier alusión a Antioquia o a factores, elementos y circunstancias relacionados con Antioquia, como La Montaña, en este caso, aunque no son atributo exclusivo de este Departamento, sino de todo el occidente del país, les produce salpullidos y les nubla la visión.


Los políticos están domesticados por el presupuesto nacional. Ante la orden perentoria de cambiarle el nombre a las Autopistas de La Montaña, se procedió de inmediato, sin otra fórmula que la ciega obediencia al amo, como en los tiempos de la Colonia. ¡Cómo si fuera fácil esconder las montañas que dominan la geografía colombiana, cruzada de norte a sur por tres altivas cordilleras, que en su momento fueron un desafío para la colonización y que le ayudaron a dar identidad a un pueblo que siempre buscó nuevos horizontes, superando las barreras naturales para construir progreso.


Pero hoy las montañas parecen ser motivo de vergüenza y no de orgullo. Cómo será de grave el asunto que el calificativo “montañero” no es un elogio sino un insulto. Hemos caído muy bajo al renunciar, de golpe, a una de las señas de identidad del pueblo antioqueño, solo para satisfacer un capricho más del centralismo agobiante que domina y se extiende en este país de regiones, pluriétnico y diverso, que sin embargo se niega a reconocer su realidad social.


Cuando se pensaba que la globalización nos había abierto los ojos y que la inminencia de los tratados de libre comercio nos tenía ocupados en la preparación de las condiciones favorables para su aplicación, en asuntos prioritarios como la cultura y la infraestructura, las autoridades nacionales siguen pegadas de un nombre y de un sentimiento “antipaisa” para retrasar el progreso.


Esas dos montañas que rodean a Medellín en un abrazo eterno, pueden ser un reto o un castigo. Pueden ser un cerrojo que nos mantenga confinados en este estrecho y contaminado valle, impidiendo ver el universo que hay más allá, o pueden ser un reto al talento y a la inteligencia para superar el cerco y abrirse al mundo, para tratar de entenderlo y ofrecerle los esfuerzos de nuestro trabajo colectivo, como se hizo en otros momentos de la historia, recuperando el sentido de la cultura del trabajo y de la solidaridad.




Comentarios
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Mario
2012/03/15 03:19:19 am
Qué pena. de verdad. Frente a un mundo globalizado nos quedamos encerrados por las montañas. La salida hacia el sur, puerto de Buenaventura, es un ultraje a la ingeniería. Llegar a La Pintada es una osadía. La salida hacia el norte, vía a uno de los puertos más imporantes sobre el río Magdalena, Puerto Berrío. Es una vergüenza. En el trayecto Barbosa a Cisneros se aprecia una vía mal hecha y peor trazada. Los gobernadores no la sufren porque ellos siempre van por las nubes. Ni hablar de la carretera hacia la costa. De Yarumal haciaPuerto Valdivia es un verdadero calvario... Y así vamos a competir en los mercados internacionales... No seamos tan ingenuos... Realmente ¡Qué pena con la montaña!