Columnistas

¿Atisbos de paz otra vez?
Autor: Sergio De La Torre
11 de Marzo de 2012


No subvaloremos el reciente anuncio fariano sobre secuestro extorsivo, tan a la ligera como lo han hecho aquellos que estiman el conflicto una fatalidad sin remedio, tan prolongada que parece ya enquistada en nuestra piel.

Conviene insistir en ello: no subvaloremos el reciente anuncio fariano sobre secuestro extorsivo, tan a la ligera como lo han hecho aquellos que estiman el conflicto una fatalidad sin remedio, tan prolongada que parece ya enquistada en nuestra piel, como llaga pútrida e incurable. Aplican ellos una mirada aséptica, estudiosa, impávida, a un drama que solo les llega por reflejo, por sus livianos efectos en la vida urbana, que por cierto es bien cómoda si la comparamos con la que se lleva en los campos, colmada de amenazas y peligros que en los gabinetes y tertulias universitarias (que sus habituales llaman ahora “la academia”, para darle un barniz de seriedad al diletantismo estéril a que viven entregados) no se conocen sino por noticias de prensa.


Pero al lado de los escépticos que, a fuer de inquisitivos y analíticos, todo lo ven brumoso y gris, hay los que desestiman olímpicamente cualquier oferta guerrillera, inducidos por ese optimismo plano, que no distingue los  matices, ni las contingencias y avatares de la guerra, o las sorpresas que a veces depara. Como si pensaran que la victoria está a la vuelta de la esquina. Estos últimos no aprenden las lecciones de la historia, que no siendo siempre  lineal, a veces experimenta virajes bruscos e irónicas sorpresas. Nada les dice, por ejemplo, el actual rebrote de la violencia guerrillera, el cual, aunque pudiera tratarse apenas de una acción desesperada que se intenta para forzar algo, o del último coletazo de una bestia acorralada, nadie lo esperaba hace 2 años, cuando todos los colombianos creíamos, con el general Padilla, asistir al “fin del fin”.


Hoy, en un exceso de candidez acaso, yo más bien diría que esta contraofensiva de la insurgencia es el principio del fin. Pero no podemos calcular cuánto falta (en tiempo, en sangre a derramar propia y ajena, y en el abrumador costo económico y social que el conflicto acarrea) para que desaparezca la larga peste que nos asuela. Menos podríamos calcularlo estando de por medio el narcotráfico, que hoy es causa eficiente del conflicto. Pues no lo es solo la inequidad social, como suponen ciertos “progresistas” trasnochados, que no saben descifrar la vida tal como ella se da en el mundo real y no como se describe en las viejas monografías y apolillados manuales de sociología nórdica aplicada al trópico, al estilo Fals Borda, que sigue siendo su guía, por lo visto.


No son muy frecuentes estas coyunturas en que la perspectiva de un diálogo constructivo y no engañoso parece abrirse en el horizonte. Hay que saber calibrar, en su justa dimensión y alcance, la oportunidad latente. Para lograrlo, mal haríamos en olvidar el hecho crucial de que las Farc ahora están en posición de desventaja estratégica, así en lo táctico, o sea en lo del día, luzca letal y ruidosa, debido precisamente a lo primero, o a que vislumbra el fin de la contienda. Y lo desea y necesita, pero prefiere negociarlo en condiciones menos desfavorables.


Para todo hay un momento sicológico, además. La gracia o el mérito del gobernante que tiene en sus manos la llave de un buen arreglo, está en saber captar ese momento y no dejarlo pasar. Sin ceder a las incitaciones de nadie: ni de los apaciguadores de vocación u oficio, ni de los halcones. En la historia reciente, cuántas guerras ya ganadas, de esas, internas o civiles, catalogadas como “de baja intensidad”, no se han empantanado, solo porque el bando en ventaja, ensoberbecido, ebrio de triunfalismo fácil, no se resigna a menos que a pulverizar al enemigo, sin dejar rastro de él, a costa de más dolor y lágrimas, aún para sí mismo y no apenas para los perdedores. Elocuentes ejemplos de ello citaremos la próxima vez, cuando tratemos otro aspecto del tema que nos ocupa.