Editorial

Putin, sin rival
6 de Marzo de 2012


Aparte de los logros económicos, nadie puede negarle a Putin otro mérito grande, y es haber recuperado para Rusia un protagonismo internacional, sin desafíos ni bravuconadas.

Tras el recuento del 98,5% de los colegios electorales, el primer ministro e indiscutible “gran líder ruso” desde el año 2000, Vladimir Putin, derrotó en forma contundente a sus opositores en la elección presidencial del pasado domingo, con el 63,9% de los votos. Muy lejos, con sólo el 17,3%, lo secundó el candidato del Partido Comunista de Rusia, Guennadi Ziugánov; el tercer puesto se lo disputaban el multimillonario independiente, Mijaíl Prójorov (7,2%) y el ultranacionalista Vladímir Yirinovski (7,05%), mientras en el último lugar quedaba el socialdemócrata Serguéi Mirónov, con el 3,7% de los votos.


Algunos medios y comentaristas en Occidente – quizá pensando con el deseo – hablaron durante la campaña de un fortalecimiento importante de la oposición al hegemónico partido de Gobierno, Rusia Unida, y aun cuando daban como ganador al señor Putin, especulaban con la posibilidad de que éste no superara el 50% de la votación y tuviera por fuerza que ir a una segunda vuelta. Por varias razones considerábamos ese cálculo muy lejos de la realidad.


La primera es esa característica histórica del alma rusa, que no encaja muy bien en la noción de alternación democrática dominante en Occidente, y que da como resultado el surgimiento de líderes carismáticos a los que se perdonan sus yerros con tal de que conduzcan a la gran Nación Rusa a un lugar de liderazgo internacional. Así fue durante la era soviética, con Lenin, Stalin, Jrushchov y Brézhnev; continuó con Gorbachov, el último de aquella camada de líderes comunistas, convertido en el gran reformador, que abrió paso a la democracia con otro gran líder, Boris Yeltzin, del cual recibió el poder el señor Vladimir Putin en el 2000.


La segunda razón se basa en los propios méritos de Putin. Durante su primera presidencia, que duró hasta el 2008, el PIB ruso creció un 70%, gracias a la consolidación del país como uno de los principales productores de petróleo y gas natural; hoy ya es la sexta economía mundial. El desempleo, tras la caída de la URSS, era superior al 13% y lo bajó al 6% en 2008. Cuando asumió el poder, el salario promedio era de sólo 90 dólares y lo llevó a US$ 500 en sus ocho años en la presidencia y se pudo ufanar de reducir la pobreza de 30 a 14%. Aparte de los logros económicos, nadie puede negarle a Putin otro mérito grande, y es haber recuperado para Rusia un protagonismo internacional, sin desafíos ni bravuconadas, sin vuelta a la Guerra Fría, manteniéndose dentro de la institucionalidad de la ONU y construyendo relaciones de mutuo respeto y aun de colaboración con Estados Unidos y la Unión Europea.


La otra razón para afirmar que Putin no tiene rival a la vista, es la escasa fuerza y pobre presentación electoral de sus contendores políticos, como lo demuestran los resultados de esta elección y también de las parlamentarias de diciembre pasado. Y es una pena, pues como demócratas veríamos con buenos ojos el surgimiento de una oposición con capacidad de convertirse en verdadera alternativa de poder, pero para ello tendría que surgir una figura de la talla de los que ya hemos mencionado.


La prensa occidental ha dado mucho realce a las protestas en Moscú y San Petersburgo contra el resultado de la elección y la ilusoria demanda de que ésta se repita, por considerar que hubo un gran fraude electoral. Pero también observan los corresponsales allí, que las manifestaciones son organizadas y promovidas por una oposición extraparlamentaria, de intelectuales y gentes de una floreciente clase media, que denuncian con sobrada razón el auge de la corrupción a todos los niveles, lo que, sin duda, constituye la más grave tacha contra el gobierno de la dupla Putin-Medvedev.


En esta ocasión, no creemos tanto en la existencia de un fraude, deliberadamente auspiciado por el gobierno para favorecer la candidatura de Putin – que poca falta le hacía – pero sí un aprovechamiento abusivo de los recursos oficiales para su campaña y una inequitativa utilización de los medios de comunicación en perjuicio de sus opositores. Mal que no es exclusivo de Rusia, sino que brota como mala yerba en todo el mundo.