Columnistas

Honestidad en el ejercicio político
Autor: Evelio Ramírez Martínez
23 de Febrero de 2012


En los primeros días de febrero “Le Monde” publicó el artículo “Políticos, todavía es posible hacer un esfuerzo por ser honestos”, Casi en forma simultánea.

En los primeros días de febrero “Le Monde” publicó el artículo “Políticos, todavía es posible hacer un esfuerzo por ser honestos”, Casi en forma simultánea, “The Washington Post” publicó otro con el título: “Algunos legisladores envían millones a grupos vinculados a  sus familiares” y cita algunos casos particulares como los  siguientes: “Un senador de Sur Dakota ayudó a agregar millones a un programa del Pentágono que su esposa evaluaba como empleada contratista”. Un congresista de Washington, hizo subir el presupuesto de un grupo ambiental del que su hijo era director ejecutivo y, finalmente, una congresista destinó millones a una universidad, donde su esposo laboraba como vicepresidente.


Estos casos, que bien recuerdan los famosos auxilios parlamentarios, para fortuna de Colombia eliminados por la Carta de 1991, permiten deducir que el descrédito que carga el congreso y los partidos políticos se da en todos los lugares de la tierra. Al respecto, vale la pena tener en cuenta lo que anota el informe de “Transparencia Internacional” correspondiente al 2009, el cual muestra como las instituciones más afectadas por la corrupción en el mundo, son: partidos políticos, señalados por un 28% de la opinión como los más corruptos; funcionarios públicos, señalados del mismo pecado por un  26% y, finalmente, el parlamento y el legislativo, ambos  sindicados también de corrupción por un 17% de esa misma opinión.


Pero vale la pena, además, reseñar los resultados obtenidos por el “Latinobarómetro”  en el año 2011. Según este periódico y magnífico informe, cuando la confianza del total de latinoamericanos en la Iglesia Católica agrupaba el 64% de la población, dicha confianza en el Congreso de la República representaba solamente un 32% de dicha opinión y en los partidos políticos únicamente creía un 22%.


Es importante anotar que en los últimos años hay quienes han venido sosteniendo la tesis equivocada, según la cual, es posible que opere la democracia sin que exista parlamento. Tal premisa es tan absurda como afirmar que puede existir la vida humana y animal, sin que el oxígeno haga parte del aire que se respira. 


En Colombia, para infortunio nuestro, el desprestigio del órgano legislativo ha venido acentuándose por razones de todos conocidas. De allí que no resulte extraño que en el mismo número del “Latinobarométro” citado, solo un 55% de nuestros compatriotas afirme categóricamente que la democracia es preferible a cualquier otro sistema de gobierno, cuando 11% de ellos prefieren un gobierno autoritario y a un 27% le resulta lo mismo uno democrático que otro dictatorial.


Todo lo dicho antes implica que los colombianos debemos todos unificar esfuerzos que permitan restituir el prestigio del Congreso, en mala hora venido a menos.  Algunos dirán que eso no es necesario, y exhibirán como argumento el hecho que nunca el Congreso fue en el país una institución dotada de prestigio. A quienes así opinan, les bastará, para cambiar de opinión, leer, por ejemplo, con sumo cuidado,  la recopilación escrita del debate llevado a cabo en el Senado de la República sobre el tema de la pena de muerte, adelantado éste por dos ilustres colombianos: Antonio José Restrepo y Guillermo Valencia. La sola lectura de este documento les hará pensar de manera diferente.


Finalmente, quienes, alguna vez, lleguen al sagrado recinto donde se elaboran las leyes para representar al pueblo colombiano, deben formar plena conciencia de que estar allí es uno de los más grandes honores que la democracia otorga a sus mejores hijos, y proceder en consecuencia. Además, recordar la frase lapidaria que aparece en el texto “El desafío latinoamericano”: “La política, tanto interna como externa, ha sido uno de los grandes fracasos latinoamericanos”.