Columnistas

Consumismo y pobreza
Autor: Dario Ruiz Gómez
20 de Febrero de 2012


La tradición española de la pobreza es al fin y al cabo la tradición de sus grandes obras literarias, artísticas, desde “El Lazarillo” hasta “Don Quijote”, desde Quevedo hasta Azorín.

¿Es lo mismo una sociedad que desarrolló formas de convivencia, de cultura bajo el calificativo de lo que los economistas llaman pobreza, o una sociedad que pasa de vivir en el falso optimismo de la prosperidad y de repente se hunde en el abismo de una pobreza vergonzosa? La visión del llamado crack del 29, cuando se hundió la economía norteamericana y aconteció la hecatombe de Wall Street, es la visión de millones de ciudadanos expulsados de sus empleos, el infierno de la miseria en campos y ciudades, imágenes que la fotografía y el cine analizó no con una mirada miserabilista sino recuperando la dimensión de la dignidad humana, tal como John Ford eternizó bellamente a través de un film como “Las uvas de la ira”, la también extraordinaria novela de John Steinbeck.


La tradición española de la pobreza es al fin y al cabo la tradición de sus grandes obras literarias, artísticas, desde “El Lazarillo” hasta “Don Quijote”, desde Quevedo hasta Azorín. El hambre, la mugre, la agredida fisiología pero a la vez junto al ingenio para vivir, la frugalidad, el ascetismo y desde luego la solidaridad pura, como respuestas a la adversidad, al sufrimiento. ¿Es esto lo que seguimos llamando valores morales? El empobrecimiento de la actual sociedad inglesa, la desaparición del campo, los cordones de miseria urbanos, acelerados por la llamada crisis de los bancos y el acelerado desempleo, han sido reflejados en el cine, en la novela y desde luego en la música al describir y sobre todo reflexionar sobre las nuevas formas de soledad, de extrañamiento, no, pues, la crisis de la pareja sino la crisis de los sentimientos agredidos por una economía insolidaria, tal como analiza Mike Leigh en su hermoso film “Un año más”.


¿Qué sucede hoy cuando el pobre, el explotado, han sido sustituidos, tal como señala Zygmunt Bauman, por los desechos sociales creados por el consumismo? “Si en otra época ‘ser pobre’ significaba estar sin trabajo, hoy alude fundamentalmente a la condición de un consumidor expulsado del mercado. La diferencia modifica radicalmente la situación, tanto en lo que se refiere a la experiencia de vivir en la pobreza como a las oportunidades y perspectivas de escapar de ella”. Y Bauman es más explícito al respecto: “Por eso los pobres que alguna vez cumplieron el papel de “ejército de reserva de mano de obra”, pasan ahora a ser “consumidores expulsados del mercado”. ¿Qué sucede con quién no puede ir de compras, sacar a crédito un televisor?


El desahuciado por el mercado del consumo no es ya el antiguo perdedor ni el antiguo pobre, pues la infame maquinaria del consumo lo dejó sin emociones o lenguaje, sin valores humanos o sea sin solidaridad. En todo caso, mirándonos en los desolados espejos de Grecia y de España conviene prepararse para las ruinas que deja un “crecimiento económico” disfrazado, cuando según el Banco de la República el endeudamiento de las familias colombianas se ha disparado en un 25%  y ya un altísimo porcentaje de colombianos no tiene con qué pagar las cuotas a plazos de sus vehículos, de sus electrodomésticos. ¿Regresar a la inocencia del campo cuando la inseguridad se ha recrudecido, a los parques cuando el vicio los ha ocupado impunemente? ¿Qué haremos en las ruinas de esos palacios del consumo que destruyeron el espacio público, la convivencia cívica?