Columnistas

¿…Y quién era Rembrandt?
Autor: Carlos Alberto Gomez Fajardo
20 de Febrero de 2012


El lector, de quien presumo que no es un historiador de arte, podría asociar rápidamente aquel apellido tan holandés con la célebre “Lección de anatomía”. También, con la “Ronda nocturna”.

El lector, de quien presumo que no es un historiador de arte, podría asociar rápidamente aquel apellido tan holandés con la célebre “Lección de anatomía”. También, con la “Ronda nocturna”. Muy probablemente, con alguno de los inmortales autoretratos que Rembrandt pintó a lo largo de su  vida, con sus  exóticos sombreros, con sus únicos claroscuros. Hace no muchos años en el Museo de Antioquia tuvimos una muestra de sus grabados, una exposición de alto nivel, comparable a las mejores del mundo.


El caso es que el profesor, con una ligera sonrisa, dispara la pregunta, como al azar, ante su auditorio, unos jóvenes estudiantes universitarios: “¿Y, quién era Rembrandt?...”. El efecto es parecido a si les pidiera decir cuántos habitantes tiene la capital de Sierra Leona, o si les hubiesen pedido la extensión, en kilómetros cuadrados, de la Antártida. La respuesta a la cuestión es curiosa: la mayoría se quedan inmóviles y mudos en sus sillas. Algunos miran hacia los lados, un poco nerviosos. Una que otra tos contenida interrumpe el momentáneo silencio que inunda el recinto de la clase. Silencio. Otro silencio. Al fin, las cosas se aclaran: el profesor hace un breve comentario sobre la realidad histórica de la existencia de aquel colosal personaje, vuelve el alivio a los corazones por instantes sobrecogidos, pasan los segundos de tensión, y queda en evidencia lo cierto: ninguno de los estudiantes interpelados tenía idea de que Rembrandt Van Rijn existiese. Podríamos hacer la salvedad de aquel incógnito “nerd” -el de las gafas gruesas, con cara anodina- cuya timidez le hubiese impedido expresar ante sus compañeros de curso que él al menos sí tenía idea de un señor que había pintado muchos cuadros y elaborado muchos grabados hace más de tres siglos, lejos, en el tiempo y en la distancia… El caso es que ninguno habló.


Esta minúscula anécdota viene a cuento por el deficitario nivel académico de quienes ingresan a la universidad. No solamente en lo que se suele llamar conocimiento general -ubicación geográfica, histórica, política, en la realidad-, sino también en muchos otros aspectos técnicos de la formación intelectual: habilidades de lectura y escritura, capacidad de concentración, idiomas (español, en primer lugar), rudimentos del ejercicio de la memoria y de las exigencias mínimas del análisis crítico.


Quizás llegue el día en que un sistema educativo inicial, los estudios de primaria y secundaria, lleguen a cumplir con requisitos de capacitación. Muchos indicios hablan de que aún andamos muy lejos de ello.


Suele haber pésimos hábitos de lectura, mínima actitud de búsqueda e investigación, rudimentaria formación del carácter en lo que atañe al hábito y dedicación de tiempo a las actividades intelectuales. Se trata de una deficitaria formación en todos los aspectos de la personalidad del adolescente. Como resultado de una actitud mediocre y poco esforzada, la norma suele ser la simple y repetitiva aplicación a los videojuegos, a las absorbentes y vertiginosas aplicaciones de las tecnologías portátiles que invitan a la disipación y a la imposibilidad del esfuerzo concentrado y persistente.


Aunque tengamos la satisfacción financiera de todos los vendedores de computadores y de tecnologías, podría suceder que continuáramos sin aproximarnos a ser “los más educados”. Quizás tengamos que hacer un duro esfuerzo por un enfoque diferente: el de la virtud, el del moldeamiento personal, el del mejoramiento académico genuino, como objetivos posibles y nobles. Para ello necesitamos, naturalmente, maestros que lo compartan y lo transmitan.


Esta tarde voy a dar una nueva mirada a los personajes de la Ronda Nocturna, a ver que me dicen ahora los rostros de los señores arcabuceros, que ya van para los cuatrocientos años de edad.