Columnistas

El tinglado de la farsa
Autor: Sergio De La Torre
19 de Febrero de 2012


Decíamos antes que la cumbre de Cartagena, tal como la montaron, y con la encrucijada en que está por cuenta del Alba, es una farsa con varios actores, a cual más tiznado de hipocresía.

Decíamos antes que la cumbre de Cartagena, tal como la montaron, y con la encrucijada en que está por cuenta del Alba, es una farsa con varios actores, a cual más tiznado de hipocresía. Ya hablamos de la OEA, su dependencia de Estados Unidos, su estilo evasivo, etc. Hoy, a vuelapluma, tocaremos otros tópicos, atinentes al  bloqueo a Cuba y a la inefable Alba, el nuevo club, que mete mucho ruido pero aún gatea y no se yergue.


Dicho bloqueo es la mayor mentira que registra la historia de América desde su emancipación. Mentira que, por una especie de acuerdo tácito, mantienen vigente las dos partes involucradas, pues ambas se benefician de ella, cada cual a su manera. Se lucra Estados Unidos, en cuanto la impostura le permite posar ante el continente de guardián de la democracia y la libertad, que en la isla no existen (no al menos como las entendemos en el mundo judeocristiano, o como las entendían allá mismo en tiempos de José Martí y sus discípulos). Le permite asimismo a sus gobernantes diferenciarse de lo que más detesta la gran clase media gringa, conformista, ultraconservadora, adicta compulsiva al consumismo. Y ampliada ahora con el obrerismo sindicalizado que, a fuerza de imitarla, ya la igualó en su proclividad al vano confort aparente que, inducido por el marketing, impregnó a la sociedad toda desde las calendas aquellas en que Henry Ford inventó el carro fabricado en serie, asequible a los simples mortales. Estamos hablando, en suma, de una nueva cultura.


Pues bien, lo que más odia y teme el norteamericano promedio es el comunismo, o cualquier cosa que se le aproxime, por inofensiva que parezca, como, digamos, la socialdemocracia europea. Ningún candidato o precandidato presidencial, demócrata o republicano, podrá imponerse sin su voto. El propio Obama, que se ufana de ser negro, plebeyo y liberal, evita confrontar al exilio cubano, que marca la pauta de la derecha gringa. El embargo, entonces, con todo lo parcial y declamatorio que es, allá les sirve a los políticos, cualesquiera sean su color y partido.


Pero también le sirve a Cuba el bloqueo, por extraño que suene. Le sirve como excusa que justifique las estrecheces y penurias de su pueblo, que ya duran 3 generaciones. Le sirve para proscribir la democracia, silenciar la crítica y mantener en pie su gigantesco ejército, que cumple una función coercitiva, preventiva de cualquier brote de descontento o amago de revuelta ciudadana. Y de paso provee de asesores y entrenadores, por miles, a países como Venezuela, cuya fuerza armada, a la hora de batirse, o avanzar, resulta ser más teatral que efectiva (como  su propio comandante, el presidente). A Venezuela también la ronda el peligro de un brusco viraje en la opinión pública, que dé al traste con un régimen autoritario empeñado en duplicar al castrista. Más ahora que el futuro de Chávez enfermo es tan incierto. Y el virus de la primavera árabe, con sus sublevaciones populares, puede llegar a estas latitudes en cualquier momento.


Además el bloqueo no es tan severo como lo pinta la propaganda. Buena parte de Europa y América nunca se le sumaron. Verbigracia la España franquista (que se suponía era la antípoda ideológica de La Habana) siempre mantuvo una relación, casi que de complicidad, con Castro. Los propios Estados Unidos surten de veraneantes las playas cubanas, como ningún otro país del orbe. Igual que en tiempos de Batista.


Cuba ha vivido casi exclusivamente del azúcar y el turismo. Hoy más del turismo, el grueso del cual procede de las entrañas del Imperio, según cuentas, y de otros países afines. Pues el otro turismo conocido, el que disfruta el notablato mundial de la intelectualidad “progresista” (personificada en escritores fallidos como Eduardo Galeano) o la cúpula de la literatura a la moda y de marca (Sartre y doña Simona en los sesenta, o García Márquez ahora), ese turismo  deja escasos réditos: a sus exponentes les gusta ser invitados, no acuden mucho a su bolsillo, o se van aburriendo de comparecer allá, y prefieren hacerlo en Norteamérica, que es o que ahora se estila entre los contestatarios light, mientras también los inviten, por supuesto. Estas elucubraciones sobre la pantomima a cumplirse en Cartagena, hoy no terminan.