Palabra y obra

Némirovsky’s “Snow in Autumn”
La “Nieve en otoño” de Némirovsky.
18 de Febrero de 2012


El pasado 11 de febrero se conmemoró el natalicio 99 de la escritora Irène Némirovsky, una voz que fue testigo de la Revolución Rusa y padeció la persecución contra los judíos por parte del nazismo.


Ilustración Mateo Camargo H.

Margarita Barrientos


Es difícil separar la obra literaria de la vida de su autor, y el caso de Némirovsky no es la excepción.
Su obra, al menos la traducida al castellano, tiene un fuerte tono autobiográfico. Basta pensar, a manera de ejemplo, en dos de sus obras: “El Baile”, que cuenta de su vida en Rusia, y “Nieve en Otoño”, que cuenta de su vida en Francia.


Estas no exceden las cien páginas y no obstante revelan y describen hasta los detalles más profundos de la realidad y de la existencia humana, con un estilo precioso y refinado. Se podría afirmar que la autora realiza una síntesis excepcional de lo que para ella significan lo ruso y lo francés, aquellas dos culturas que cruzaron su existencia.


“Nieve en otoño”


Es una novela corta, hermosa y profunda, que entrelaza lo político con lo autobiográfico, narra el horror y la tristeza de la Revolución  Bolchevique a partir de la historia de los Karin, una familia perseguida, y un hijo, Yuroska,  vilmente asesinado.


Él es justamente el menos querido, el no preferido, pero el comprendido por Tatiana Ivanovna, la narradora de la novela.


Ivanovna, la servidora de los Karin por más de cincuenta años, es el eje del texto y representa la tradición, ha sido testigo de la historia de la familia y la conoce por dentro, es y no es parte de los Karin, pero posee la información y el conocimiento, conjuga el amor y el afecto con un discernimiento silencioso.


Tatiana despide a los dos hermanos mayores de la familia, Kiril y Yuroska, quienes tienen que ir a la guerra.


La guerra


En la cena de despedida de los dos hermanos aparecen muchas de las costumbres y la moral de la sociedad rusa de la época, con sus clases sociales marcadas: se bebía sin control, se arrojaban las copas al suelo y los criados recogían los cristales en silencio.


El padre, Nikolái, despide a sus hijos, ruega a Dios para que les conceda la victoria y exhorta a los invitados para que sigan bailando. Extraña manera de conjugar las costumbres con lo político y lo religioso, con la pretensión de hacer un duelo. Así mismo, es clara una suerte de doble moral por parte de los aparentemente poderosos.


Cuando la insurrección popular rusa contra las clases altas se agudizó, los Karin huyeron de su mansión en las inmediaciones de Moscú en 1918 por la Revolución de Octubre y, desde ese momento, Tatiana, anciana y solitaria en la ciudad rusa, solo veía en el horizonte cómo ardían los pueblos vecinos. “La gente ya no se preocupa del prójimo más que para apoderarse de sus bienes”, dice ella. 


De repente aparece Yuroska, enfermo de tifo y extenuado, amenazado de arresto y pena de muerte, buscando el consabido amparo de la vieja servidora. La gente enloquecía víctima de los horrores de la guerra, iba y venía, desplazada y sin rumbo. La familia había tenido que refugiarse en el puerto de Odesa, hoy en día la “Perla del Mar Negro”, y en ese entonces refugio para la Resistencia.


Kiril, el hermano suertudo, se había podido reunir con sus padres en Odesa. “Kiril estaba en la celda con una preciosidad, una actriz francesa y yo con un viejo judío”,  cuenta Yuroska.


La muerte termina por no asustar, pero otra cosa era abandonar el mundo en medio del caos de aquella revolución, olvidado por todos y abandonado. Tatiana quiere que Yuri (Yuroska) vaya a ver a sus padres para que les entregue los diamantes que ella les guardó después de la huída de la familia y que ella lleva cosidos en el dobladillo de su falda.


Es un momento del texto donde se demuestra la fidelidad, la lealtad, la honradez y la calidad humana de la eterna servidora, que sabía hacer el papel de madre, porque en efecto ella había sido esposa y madre de familia. Ella es un referente, una especie de baluarte y de faro en medio de la oscuridad, justo aquello que los poderosos nunca pudieron ser.


Rusia está acabada, la calidad de vida es pésima y esto lo revelan los personajes. Las costumbres se han vuelto añicos. Irrumpe en la casa el antiguo cochero de la familia, encuentra a Yuri y le dispara dos veces.


¿Una traición? ¿Será posible relacionar la política con la lealtad? ¿En caso de guerra todo está permitido? Solo es claro que las consecuencias de la moral descrita  a lo largo del texto fueron funestas.


El encuentro


Después del crimen, Tatiana logra marchar hacia Odesa, caminando tres meses sin tregua hasta encontrarse con la familia ya pobre y arruinada en todos los sentidos. Los viejos sueñan con lo que nunca volverá.


La servidora les anuncia la muerte de Yuroskay y el resentimiento de la familia contra los campesinos se hace inmenso. 


Tatiana les informa que Yuri murió en paz y sin sufrir, y esta sería la última vez que ella pronunciaría su nombre: se vuelve tabú. “...Muda y hierática, miraba el vacío con una especie de glacial desesperación”.


Las joyas llevadas por ese “ángel tutelar” que es Tatiana le permiten a la familia sobrevivir, hasta que logra salir en el último barco francés hacia París en marzo 28 de 1920.


La vida en París invadida por inmigrantes rusos será algo diferente para la familia, muy especialmente para los hijos más pequeños (Andrei y Lulú).


Andrei va a Bretaña, tal y como la propia Irène tuvo que hacerlo en su momento. Aparecen las nuevas costumbres, la fiesta, el licor, el baile, los amigos, las caricias... es otra moral que los jóvenes aceptan y practican sin escrúpulos y que choca sin duda con las viejas costumbres de la antigua Rusia encarnadas por Tatiana.


Sorprende la forma como la autora describe en muy pocas páginas, la bohemia parisina de entonces. El escenario ha cambiado y el vino le ayuda a ahogar las penas a Lulú. Esto no quiere decir que muchas de estas cosas, de estas costumbres, no hayan estado ahí, presentes desde siempre, solo que ahora no están encubiertas.


Todos se han deteriorado físicamente, están mal trajeados, con la piel en malas condiciones, la única que se conserva es Tatiana quien afirma que a su edad solo se cambia en el ataúd.


 Asisten, después de dos años, a una misa por el hermano muerto y la única que realmente ora por el muerto es ella, los demás están sumidos en su propia tragedia. Para el padre, concretamente, “todo se acabó”.


Tatiana


Tatiana, el personaje más trascendental para la obra,  es el conectivo entre todos los “nombres” de la familia, es la luz en medio de la oscuridad, la que impide que todo sucumba. Había nacido al norte de Rusia, donde ningún viento ni ningún hielo eran suficientes. “En mi tierra, en primavera rompíamos el hielo con los pies desnudos, y aún sería capaz de hacerlo”.


De ella se aprenden los valores ya olvidados, el sentido de la entrega a través del servicio, este era su deber, aún por encima de su propia familia.


Un día, ya en París, Tatiana se despierta después de soñar con el pasado al lado de los Karin, con una “niebla como la primera nieve”... Va hasta el río Sena y, congelada, quiso gritar. “Mas solo le dio tiempo de santiguarse.


A continuación dejó caer el brazo: estaba muerta”.


La poesía es el único camino digno para enterrar a Tatiana Ivanovna, a aquellos seres que como ella, nunca mueren.



Némirovsky

Irène Némirovsky nació en Kiev, Ucrania, el 11 de febrero de 1903 y murió en Auschwitz en 1943.
En su infancia, que se dio en el seno de una familia judía, sostuvo una pésima relación con su madre, que fue sustituida por los criados.


En 1918 su familia escapó de la Revolución Rusa y se refugió en Finlandia por aproximadamente un año.


Para 1919 ya estaban en Francia, país del cual acogió su idioma para escribir.


Sin embargo, en 1938, durante la ocupación de la Alemania nazi, este país antisemita rechazó su nacionalización.


En 1926 se casó con M. Epsten, con quien tiene a sus hijas Denise y Elisabeth.


En 1939 toda la familia se “convierte” al catolicismo, pero Irène y su marido  portaron con debida pertenencia la estrella amarilla, la marca para los judíos.


En 1939 las hijas de Némirovsky fueron enviadas a Issy l’ Évêque, en Borgoña, junto a la familia de la niñera. Allí fueron, también, los padres.


Durante toda la guerra las hijas conservaron una valija con los manuscritos de la madre. Ella muere en Auschwitz en Julio de 1942 y su marido muere en la cámara de gas, en noviembre del mismo año.