Palabra y obra

The unknown gives birth to inspiration
La inspiración nace del no sé
11 de Febrero de 2012


La poeta polaca Wislawa Szymborska, Premio Goethe en 1991, murió a causa de un cáncer de pulmón.


Ilustración Mateo Camargo H.

Diana Carolina Mejía


Aquí yace, como la coma anticuada,
la autora de algunos versos. Descanso eterno
tuvo a bien darle la tierra, a pesar de que la muerta
con los grupos literarios no se hablaba.
Aunque tampoco en su tumba encontró nada/ mejor que una lechuza, jacintos y este treno.
Transeúnte, quita a tu electrónico cerebro la cubierta
y piensa un poco en el destino de Wislawa”.


No le temía a la muerte, confesó Szymborska alguna vez: “La muerte es una exageración y casi siempre llega un poco después”. Quizá, en cambio, la muerte sí le temía a ella, por eso le llegó sin que pudiera percatarse: de noche, a oscuras, mientras dormía, a los 88 años de edad, el pasado 1 de febrero.


Ni el Nobel, que le fue otorgado en 1996, ni sus 1.2 millones de dólares, lograron trastocar la modesta y discreta vida de la poeta polaca que sigue siendo mayoritariamente desconocida, incluso, para los lectores de poesía relativamente aplicados. Alejada de la prensa, de los circuitos intelectuales, literarios y políticos, lo que fue su vida se parece mucho a su obra: sencilla y vivaz, clara y profunda, intensa y sosegada.


Aún hoy su Nobel sorprende, no porque no tuviera méritos, los tuvo de sobra, sino por lo atípico de su vida y obra. No fue una autora prolífica, su obra es corta, si se quiere, toda reunida no llega a las quinientas páginas. Sin contratos con editoriales, ni una vida lujosa que conservar, ni un estatus de intelectual para citar en monografías y discursos políticos, o fuente siempre disponible para comentar la mal llamada “realidad”, su obra está desprovista de engreimientos, compromisos ideológicos, políticos o religiosos, afanes o efervescencias.


Sin ningún asomo de recato confesó, en una de las pocas entrevistas que concedió, que su tiempo libre lo dedicaba a los collages, a la jardinería y a los paseos cortos por Cracovia. Que solo escribía cuando quería y que podían pasar días, meses o años. Que de los viajes lo que más le gusta es el regreso. Nada de trotamundos, viajes transatlánticos, casas lujosas, cenas o cócteles.


Su vida sencilla fue sencilla como su poesía, sin pretensiones ni encandilamientos. Nada, ni la fama, ni el Nobel, la alejaron de su apartamento gris, íntimo y clase media de Cracovia.


“¿Que si el premio me cambió la vida? Y tanto. Para bien y para mal. Para bien, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas”, y añade: “Para mal, porque multiplicó el número de cartas que me envían, de paquetes con libros, de invitaciones, de propuestas y de preguntas a las que hay que responder en las entrevistas. A las invitaciones para viajar a otros países siempre respondo lo mismo: cuando sea más joven”. Así respondía, socarrona, como era ella y su poesía, ante la pregunta infaltable de los reporteros a los decretados, vía Nobel, mejores escritores del mundo.


Socarrona, astuta, mordaz, juguetona, rítmica. Esos adjetivos bien describen una de las principales características de la obra de la polaca. Ni lúgubre, ni oscura, ni sentenciaria.


Detrás de cada poema suyo queda una sonrisa. No una carcajada estruendosa, sino una sonrisa lúcida, como cuando se descubre una verdad evidente que había estado inexplicablemente vedada durante mucho tiempo.


“No hay nadie en mi familia que haya muerto de amor.
Lo que pasó, pasó, pero nada de mitos.
¿Romeos tuberculosos? ¿Julietas con difteria?
Algunos, por el contrario, llegaron a la decrepitud.
¡Ninguna víctima por falta de respuesta
a una carta salpicada de lágrimas!
Siempre al final llegaba algún vecino
con rosas e impertinentes”.


Su poesía es clara, nívea, ligera y transparente. No hay nada turbio, oscuro, oculto. No hay lugar a palabras rimbombantes, a gongorismos o arcaísmos. No hay presunción, ni confusión. Es claridad, como el agua, no cae en la trampa de la poesía grandilocuente y abigarrada. La suya no es una poesía aforística ni doctrinaria, no cree en las verdades absolutas ni en los pontificados.


“Ciertos pescadores sacaron del fondo una botella.
Había en la botella un papel, y en el papel estas palabras:
“¡Socorro!, estoy aquí. El océano me arrojó a una isla desierta.
Estoy en la orilla y espero ayuda. ¡Dense prisa. Estoy aquí!”
-No tiene fecha. Seguramente es ya demasiado tarde.
La botella pudo haber flotado mucho tiempo, dijo el pescador primero.
-Y el lugar no está indicado. Ni siquiera se sabe en qué océano,
dijo el pescador segundo.
-Ni demasiado tarde ni demasiado lejos. La isla “Aquí” está en todos lados,
dijo el pescador tercero.
El ambiente se volvió incómodo, cayó el silencio.
Las verdades generales tienen ese problema”.


Aunque no habló directamente de la política, el mundo y sus agitaciones políticas, evidenciados en guerras en varias ocasiones, fueron insumos poéticos. “El escritor no puede usar la herramienta de la política, debe enfrentarse solo al mundo”, afirmó. Las guerras le conmovieron, viviendo ella en carne propia algunas, y con dos poemas contundentes testimonia su horror.


“Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.


Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de
cadáveres.


Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.


Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un vidrio en la ventana
y la puerta en sus goznes.


Eso de fotogénico tiene poco
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra”.


Los temas de Wislawa son impredecibles de lo cotidianos. Pone la lupa sobre la cotidianidad, tema que tanto asusta a los poetas nóveles. De los temas pequeños y diarios, desembocan en Wislawa los grandes temas de la poesía, la filosofía y el mundo, que no por conocidos, pierden vigencia. Pequeñas preguntas para grandes respuestas.


“Día 16 de mayo de 1973


Una de esas muchas fechas
que ya no me dicen nada.


A dónde fui ese día,
qué hice, no lo sé.
Si en los alrededores se hubiera cometido un crimen,
no tendría coartada.


El sol brilló y se apagó
sin que yo me diera cuenta.
La Tierra giró
y no lo mencioné en mi diario.


Preferiría pensar
que morí brevemente,
y no que nada recuerdo,
aunque viví sin pausa.


Pues si no fui ningún fantasma:
respiré y comí,
di pasos
que se oían
y las huellas de mis dedos
tuvieron que haber quedado en las puertas.


Me reflejé en el espejo.
Llevaba puesto algo de algún color.
Y seguro que hubo gente que me vio.


Quizá ese día
encontré algo que había perdido antes.
Quizá perdí algo que encontré después.


Me embargaron sensaciones, sentimientos.
Ahora todo eso es
como puntos entre paréntesis.


En dónde me metí,
en dónde me enterré,
en verdad no es un mal truco
perderse a una misma de vista.


Agito mi memoria,
tal vez algo en sus ramas,
adormecido por años,
salga de pronto volando.
No.
Evidentemente exijo demasiado:
tanto como un segundo”.


En su discurso de recepción del Nobel Wislawa mencionó, especialmente, a la gran científica del siglo XX, Marie Curie, su compatriota, por una razón que parece simple, pero que no lo es tanto.


“Estimo altamente estas dos pequeñas palabras: “no sé’’. Pequeñas, pero dotadas de alas para el vuelo. Nos agrandan la vida hasta una dimensión que no cabe en nosotros mismos y hasta el tamaño en el que está suspendida nuestra Tierra diminuta. Si Isaac Newton no se hubiera dicho ‘no sé’’, las manzanas en su jardín podrían seguir cayendo como granizo, y él, en el mejor de los casos, solamente se inclinaría para recogerlas y comérselas. Si mi compatriota María Sklodowska-Curie no se hubiera dicho “no sé’’, probablemente se habría quedado como maestra de química en un colegio para señoritas de buena familia y en este trabajo, por otra parte muy decente, se le hubiera ido la vida”.


“No sé”, las palabras favoritas de Wislawa son el origen de toda su obra, pero si vamos más allá, son el origen de gran parte del mundo moderno. Como Sócrates, Wislawa solo sabía que no sabía nada y que sus poemas solamente eran una parte de la respuesta o el origen de una nueva pregunta. “La inspiración, cualquier cosa que sea, nace de un perpetuo ‘no lo sé’’’.




Su vida

Nació en Kornik, en la región de Poznan, el 2 de julio de 1923.


Szymborska, que a los ocho años se trasladó a Cracovia, se incorporó muy pronto al mundo literario de esta ciudad del sur de Polonia, y se dedicó por entero a la poesía.
Fue licenciada en Filosofía Polaca y en Sociología por la Universidad Jagelloniana de Cracovia, y trabajó desde 1953 en varias revistas y publicaciones literarias.


Debutó en 1945 con el libro “Busco las palabras”, y su legado literario, de más de una decena de poemarios, han sido traducidos a varias lenguas. 


Wislawa Szymborska escribió una poesía reflexiva y moralizante, intimista, irónica y llena de paradojas, eligiendo siempre palabras “sencillas y claras”, frecuentemente coloquiales.


Szymborska era una escritora discreta, tímida, retraída, que vivió alejada de los organismos institucionales y de los congresos de escritores de Polonia.


Murió el pasado 1 de febrero.