Columnistas

Amor, poder y religión
Autor: Jorge Arango Mejía
5 de Febrero de 2012


El amor, el poder y la religión son fuerzas que a veces se conjugan en una persona. Cuando eso ocurre, el agraciado ejerce la autoridad, que puede ser aceptable si no va en contra de quienes la soportan.

1

El amor, el poder y la religión son fuerzas que a veces se conjugan en una persona. Cuando eso ocurre, el agraciado ejerce la autoridad, que puede ser aceptable si no va en contra de quienes la soportan. En otros casos,  causa conflictos que cambian el curso de la historia.


No hay que remontarse a la historia de Sansón y Dalila para analizar estos problemas. Otros episodios ha habido, tan ejemplarizantes como aquél. Veamos.


Inglaterra era una joya de la Iglesia Católica Romana. A comienzos del siglo XVI, el rey Enrique VIII contrajo matrimonio con la princesa Catalina de Aragón, viuda de su hermano Arturo. Años después, decidió casarse con Ana Bolena, con cuya hermana María había tenido amoríos. Le movía, además, el deseo de tener un heredero varón, pues Catalina solamente le había dado una hija. Para pedir la anulación de su matrimonio, adujo que era incestuoso, pues la bula que lo había autorizado era inválida. En contra de la decisión del Papa, hizo anular su matrimonio y  desposó a Ana Bolena. Clemente VII excomulgó a Enrique VIII, y el conflicto separó a Inglaterra de la Iglesia Católica y originó la creación de la Iglesia Anglicana, cuyo máximo jerarca fue, desde un principio, el Rey.


En 1934, Eduardo, Príncipe de Gales, se convirtió en el amante de Wallis Simpson, una norteamericana que ya había estado casada dos veces. En 1936, al morir su padre, el rey Jorge V, Eduardo ascendió al trono como Eduardo VI. Su propósito de casarse con su amante fue rechazado por dignatarios de la Iglesia Anglicana, políticos y funcionarios del gobierno. Los opositores no solamente alegaban la condición de divorciada de la Simpson, sino asuntos más turbios. Se decía que la candidata a reina había sido amante de Ribbentrop, dirigente nazi, cuando éste era el embajador de Alemania en Londres, y que, de acuerdo con su amante alemán, espiaba para el régimen nazi. Finalmente, Eduardo renunció al trono, y en 1937 se casó con su querida. Le sucedió su hermano, como Jorge VI, y le confirió el título de Duque de Windsor.


Dígase lo que se quiera de Eduardo VI, hay que reconocerle que tuvo valor y honradez para quedarse con la mujer y hacer a un lado el trono. ¿Qué habría pasado si hubiera seguido aferrado al poder mientras compartía el lecho de la Simpson, con matrimonio o sin él? ¿No habrían crecido las consejas sobre Ribbentrop? ¿Qué problemas habría habido al comenzar la Segunda Guerra Mundial, si hubiera subsistido esa extraña situación de poder, amor y espionaje?


En los tres casos, el amor prevaleció sobre el poder y sobre la misma religión. Es posible, además, que el dinero se haya mezclado en esos confusos dramas. 


También en Inglaterra, las relaciones con Christine Keeler acabaron la carrera de John Profumo, Secretario de Guerra, en medio de otro escándalo de espionaje.


Los hombres públicos sólo tienen vida privada en la medida en que ésta es completamente independiente de su oficio. Y lo mismo vale para las mujeres que desempeñan altos cargos públicos.        


Cuando hay dudas razonables sobre quién ejerce el poder, éste se menoscaba. El continuo desgaste que implica el tener que explicar continuamente que una decisión la adoptó la persona que ejerce el cargo y no alguien que está al lado o detrás de ella, es incompatible con la administración de los asuntos públicos. Y si de quienes imparten justicia se trata, su conducta tiene que estar libre de toda sospecha. Además, todo se hace más sórdido si quien se supone que ejerce la influencia indebida, es alguien que no ha tenido antecedentes intachables, que no merece credibilidad aunque adopte actitudes de santurrón y predique sus nuevas virtudes y su santidad.


De otra parte, cuando a un funcionario del Estado se le acusa de delitos, está en la obligación de demostrar su inocencia, con pruebas plenas. No puede tranquilamente cubrirse con el manto de la duda. La respetabilidad, base de la autoridad, es incompatible con la condición de posible delincuente que se aferra a la presunción de inocencia. Por dignidad, lo  aconsejable es renunciar.


No hay más  que decir: a buen entendedor, pocas palabras bastan.




Comentarios
1
Javier
2012/02/05 05:42:51 am
SEÑOR COLUMNISTA, USTED RESPIRA POR LA MISMA HERIDA DE EL EXPRESIDENTE URIBE... PRENDA MEJOR EL TWITER Y PIDA NO SÉ CAMBIE LA TERNA O SEA DIRIJASE AL MININTERIOR DE QUÍÉN SE PRESUME ES PUPILA LA SEÑORA FISCAL, TAMBIÉN PUEDE PEDIR DE NUEVO A CAMILO OSORIO O AL MISMISIMO SINVERGUNEZA DE IGUARAN... CREO ESOS SÍ, LE SIRVEN A LOS DELICUENTES DE LA ANTIGUA "CASA DE NARI", Y DE DONDE PARECE PROVENIR SU LAMENTABLE COMENTARIO DE HOYYY, Y CÓMO USTED. ME IMAGINO ES BUEN ENTENDEDOR CREO CON UNA SÓLA PALABRA LE BASTA; RESENTIDO O AMARGADO ? SU MAJESTAD DÉ, UNA DE LAS DOS ESCOJAAAAAA