Columnistas

La palabra como enga駉
Autor: Alfonso Monsalve Sol髍zano
29 de Enero de 2012


De hecho, la presunci髇 de que lo que alguien le dice a uno tiene sentido, es lo que lleva a entender una cosa, cuando literalmente le est醤 diciendo otra.

La pragmática es el conjunto de teorías que estudian la comunicación real de las personas. Estas al hacerlo usan expresiones con determinados significados, dentro de contextos definidos. No hay frases, discursos, sentencias, en abstracto. Siempre se dan dentro de unas circunstancias, prácticas sociales, historias colectivas o individuales, etc. 


Grice piensa que la comunicación presupone la verdad de quien habla (si todas las proposiciones fuesen falsas no habría información verificable o mentira refutable). Otros, opinan que cuando la comunicación no refiere a lo verdadero o falso, sino a otros valores como la confianza, la corrección, la justicia, presupone la buena fe del hablante, así como la presunción de que lo que se dice tiene sentido, o sea, puede ser entendible (como verdadero o falso, correcto o incorrecto, justo o injusto, etc.).


De hecho, la presunción de que lo que alguien le dice a uno tiene sentido, es lo que lleva a entender una cosa, cuando literalmente le están diciendo otra. Uno presupone que el otro está hablando con sentido, por lo que si lo que él expresa es literalmente falso o fuera de contexto, uno se esfuerza por encontrarle un sentido.


La ironía es un caso típico: cuando alguien quiere decir que otro es corto de entendederas, expresa con sorna: “pero si es muy inteligente”. Y  por eso si un par de amigos están hablando de una tercera persona conocida de ambos, y el primero dice que la mujer es una P, el otro, que tiene buena opinión de ella, le responde: “qué clima tan bueno hace hoy ¿no te parece”, queriéndole en realidad decir: “oye, no hables mal de esa persona”.


El esfuerzo por entender lo que algunos políticos colombianos dicen, es un buen ejercicio de pragmática. Cómo les parece el que dice “Yo no tengo sino admiración y respeto por X, y cuido su legado” cuando sus acciones están destinadas a causarle el mayor daño posible. De tanto lanzar frases elogiosas de esa especie, ya mucha gente tiende a pensar que cada elogio es un golpe.


Si a mí un personaje de ese tipo me dijera que me tiene admiración, temblaría y comenzaría a prepararme para las peores encerronas, porque lo que en verdad me está diciendo es: “haré lo que sea para sacarte de mi camino”.


En nuestro actual contexto no hay nadie más asustador que el que se empeña en decir repetidamente que aplica la ley con imparcialidad y defiende las instituciones. Porque si en verdad la aplica y las defiende, no tiene que ir pregonando su pulcritud, pues los hechos hablarán por él.


Hay quienes se presentan como poseedores exclusivos de la ética, pero no tienen empacho en romper su agrupación, para debilitar al candidato de su partido con el propósito de evitar que gane, y permitir que un tercero triunfe, ya que él no fue el candidato designado.


Lo anterior llevó a un juego de ruleta rusa, en el que perdieron todos, porque pusieron a una minoría a gobernar, con los riesgos que eso implica (y que conste que deseo que el gobernante lo haga bien, para que una comunidad de millones de habitantes no salga perjudicada).


Por supuesto, no todos los políticos en Colombia son así. Muchos de ellos hacen corresponder sus palabras con los hechos. Son decentes y ejercen el poder dentro de la verdad y la corrección. Son los que les enseñan a los ciudadanos la diferencia entre el oro y el oropel.