Columnistas

“El pelo en la sopa”
Autor: Mario Arango Marín
28 de Enero de 2012


No obstante el retiro de la Ley Sopa (Stop Online Piracy Act: Cese a la Piratería en Internet), la intención quedó en evidencia.

No obstante el retiro de la Ley Sopa (Stop Online Piracy Act: Cese a la Piratería en Internet), la intención quedó en evidencia. Su promotor, el senador Lamar Smith, desistió temporalmente del proyecto en la Cámara de Representantes estadounidense “hasta que haya un acuerdo más amplio sobre el tema”. Al igual que la muy similar Ley Pipa (Protect IP Act: Protección de la Propiedad Intelectual), en trámite legislativo en el Senado, más que una salvaguardia a los derechos de autor y un combate a la piratería, es un intento serio por controlar internet y coartar la libertad de expresión. Según Cortés Castillo, y como ocurrió con la radio, es convertir un medio de comunicación abierto y plural en un espacio controlado. Sopa y Pipa pretenden que el usuario de internet piense menos, regrese al sofá y navegue como si fuera la lista de canales de la televisión por cable: Es la forma de construir el pensamiento único.


Tras el hundimiento de Sopa, vendrán proyectos iguales o peores, empujados por “lobbystas” de la industria del entretenimiento y algunos gigantes de la información. Esa guerra por la reconfiguración de internet, por modificar su infraestructura básica, se espera que se dé en tres frentes: físico, lógico y de contenidos. Los que manejan las redes no querrán limitarse al desventajoso papel de mantenerlas y expandirlas o de transportar sólo datos. Van a presionar leyes que les permitan fusionarse con las industrias de los contenidos, discriminar el tráfico de internet y establecer cobros diferenciados por los datos que acarrean. Es fácil intuir en qué nivel quedarán la información alternativa, los sitios de pensamiento crítico y las páginas de opinión independiente.


Como bien lo dice el profesor Dirk Voorhoof de la Universidad de Copenhague, el problema de fondo es que esas leyes han invertido las prioridades: Han privilegiado de manera incondicional los intereses de la industria del contenido y puesto el artificio de los derechos de autor por encima de valores como la libertad de expresión. Pero es que ni siquiera es el autor al que se protege. Las grandes favorecidas son las industrias dependientes de “copyrights” que en EEUU generan el 12% del PIB. Es claro que el derecho no se reconoce como derivado de la creación per se, sino como un prerrogativa económica concedida por el Estado. En España, de 15 euros que vale un CD musical, sólo 1,42 corresponden al artista; el resto es para la discográfica y la intermediación. En todos los sentidos, es más favorable publicar la obra en formato MP3 bajo una licencia “copyleft” en sitios especializados de internet.