Columnistas

2012: Que sea un año para…
5 de Enero de 2012


Aquello que nos generó discordia, temores y angustias. Aquello que cambió los más puros sentimientos por flaquezas, pesares o enojos. Aquello que nos hizo extraviar la mirada ante la vergüenza por la falta cometida o la acción deshonrosa.

Alejandro Posada Beuth


Dejar aquello atrás… 


Aquello que nos generó discordia, temores y angustias. Aquello que cambió los más puros sentimientos por flaquezas, pesares o enojos. Aquello que nos hizo extraviar la mirada ante  la vergüenza por la falta cometida o la acción deshonrosa. O lo que no nos permitió arrancar la página que está de más, para comenzar de nuevo a reescribir el diario vivir. Lo que hizo un cerco en nuestro corazón y nos impidió compartir con generosidad y sin límites. Lo que nos hizo quedar en la noche fría ignorando que era apenas el preámbulo de una luz que germinaba queriendo encenderse para un  amanecer sin excusas. Lo que nos hizo esclavos del reloj sin darnos cuenta de que era apenas la duración de tantos sucesos sujetos a mudanza para que la esperanza volviera a ocupar un espacio que parecía demasiado grande. Lo que hizo que ignoráramos la mirada del que buscaba en nosotros la certeza de la comprensión amorosa. O aquel viento de arrepentimiento que opacó el  grito de libertad y ahogó la explosión de la alegría jubilosa.


Dejar que fluyan entonces…


La poesía de un tiempo nuevo. Las brasas de las palabras inocentes e inofensivas que sólo acunen sentimientos de nobleza. O  el beso a tiempo que sea la semilla de la sonrisa placentera originada desde el amor en presente. El roce de los cuerpos que se atraen con la seguridad del encuentro genuino. La posibilidad de elevar el vuelo en compañía del silencio para encontrarnos en la quietud de las emociones que rescaten el concierto del sosiego. La lágrima que escurre juguetona y caprichosa por las mejillas, pero esta vez en señal  de alegría porque ha regresado a la caverna del corazón el recuerdo vivo de todos aquellos a quienes hemos amado. El agradecimiento eterno por los que han sido nuestros maestros cuando nos han puesto a prueba y nos han hecho reconocer vulnerables. La pasión y la fuerza que renueven el compromiso cuando las hojas caigan por los otoños de llanto. La estrella del Norte que adorne con su luz y bañe con su resplandor el interior de cada uno de nosotros para que, sumando nuestras luces, florezcan todos los días como  Domingos en primavera.


Que fluya, en fin, un año que se incline ante los encantos del amor y el deleite de las caricias todas nuevas, para que la plenitud habite siempre en nosotros.