Leo Tolstoy, the father of Russian literature
León Tolstói, padre de la literatura rusa
Autor: Iván Guzmán López
20 de Noviembre de 2011


El pasado lunes 7 de noviembre fueron conmemorados 101 años del fallecimiento de Liev Nikoláievich Tolstói, el gran maestro de la literatura rusa.


León Tolstói en compañía de sus nietos, en 1909.

A él se deben las modernas ideas sobre la “no violencia activa”, que, expresadas en su libro “El reino de Dios está en vosotros”, influenciaron profundamente el pensamiento filosófico y social de Gandhi y posteriormente de Martin Luther King.


Sus novelas, y en general sus cuentos, son verdaderos trazos de la vida social rusa de la época, donde los personajes, perfectamente caracterizados, demuestran la maestría literaria del justamente llamado Padre de la Literatura Rusa.


En su novela “Guerra y paz”, la gran epopeya de la invasión napoleónica a  Rusia en 1812, en la que se recrean nada menos que las vidas de quinientos personajes, se lee: “Todo comienza en julio de 1805 con una reunión en la casa de María Fedorovna para la alta sociedad de San Petersburgo en donde se discute acerca de la guerra que ha librado Napoleón, en ese momento todas las personalidades presentan a sus hijos quienes se van a entregar a la guerra, entonces entra en la sala de la reunión el hijo de el célebre conde Bezukhov, un personaje legendario de los tiempos de Catalina II, Ana Pavlona (dama de honor y pariente cercana de María Fedorovna) se acerca a saludarlo con cierto desagrado, todos los asistentes a la reunión se dispersan en grupos para dialogar sobre la guerra, en uno de estos se encuentra Ana Pavlona, en este grupo hablan sobre la muerte del duque Enghien quien se cree que fue asesinado por Napoleón por un conflicto amoroso...”.


Liev Nikoláievich Tolstói, mejor conocido como León Tolstói, es, cronológicamente, entre los grandes maestros rusos, el tercero después de Iván Turguéniev y Fiodor Dostoievski, pero el primero en producción y grandeza.


Su infancia y juventud


Nació el 9 de septiembre de 1828 al sur de Moscú, en la granja agrícola de su padre, el conde Nikolai Ilich, y de la princesa María Nikolaievna, su madre. Tolstói vivió siempre escindido entre esos dos espacios simbólicos que son la gran urbe y el campo, pues si el primero representaba para él el deleite, el derroche y el lujo de quienes ambicionaban brillar en sociedad, el segundo, por el que sintió devoción, era el lugar del laborioso alumbramiento de sus preclaros sueños literarios.


El muchacho quedó precozmente huérfano, porque su madre falleció a los dos años de haberlo concebido, y su padre murió en 1837. Pero el hecho de que después pasara a vivir con dos tías suyas no influyó en su educación, que estuvo durante todo este tiempo al cuidado de varios preceptores masculinos no demasiado exigentes, como era la usanza para un joven aristócrata.


En 1843 pasó a la Universidad de Kazán, donde se matriculó en la Facultad de Letras, carrera que abandonó para cursar Derecho. Estos cambios, no obstante, hicieron que mejorasen muy poco sus pésimos rendimientos académicos y probablemente no hubiera coronado nunca con éxito su instrucción de no haber atendido sus examinadores al alto rango de su familia.


Además, según cuenta el propio Tolstói en “Adolescencia”, a los dieciséis años carecía de toda convicción moral y religiosa, se entregaba sin remordimiento a la ociosidad, era disoluto, resistía asombrosamente las bebidas alcohólicas, jugaba a las cartas sin descanso y obtenía con envidiable facilidad los favores de las mujeres.


Regalado por esa existencia de estudiante rico y con completa despreocupación de sus obligaciones, vivió algún tiempo tanto en la bulliciosa Kazán como en la corrompida y deslumbrante ciudad de San Petersburgo.


Al salir de la universidad, en 1847, escapó de las populosas urbes y se refugió entre los campesinos de su Yasnaia Poliana natal, sufriendo su conciencia una profunda sacudida ante el espectáculo del dolor y la miseria de sus siervos.


A raíz de esta descorazonadora experiencia, concibió la noble idea de consagrarse al mejoramiento y enmienda de las opresivas condiciones de los pobres, pero aún no sabía por dónde empezar. De momento, para dar rienda suelta al vigor desbordante de su espíritu joven decidió abrazar la carrera militar e ingresó en el ejército a instancias de su amado hermano Nicolás. Pasó el examen reglamentario en Tiflis y fue nombrado oficial de artillería.


La obra, reflejo de su vida


Luego de algunos intentos por mejorar las condiciones de vida de los siervos de sus tierras, se entregó por un tiempo a la vida disipada de la alta sociedad aristocrática moscovita de la época. Para 1851 se incorpora al ejército y esta experiencia da origen a una de sus más bellas y reveladoras novelas cortas: “Los cosacos”.


En 1852, 1854, y 1856 escribió sus obras autobiográficas “Infancia”, “Adolescencia” y “Juventud”, respectivamente. Luego aparece “Sebastopol”, en 1856, “Guerra y Paz”, en 1869, considerada una de las novelas épicas más importantes de la literatura universal, y “Ana Karenina”, en 1877, una de las más bellas novelas sicológicas de la literatura moderna. Para este mismo año se convierte al cristianismo. En “Confesión”, de 1882, se culpa de llevar una vida vacía y autocomplaciente y emprende una larga búsqueda de valores morales y sociales.


A sus cuentos, breves y edificantes , recogidos en el volumen “Historias para el pueblo”, en 1885, le siguen obras inmortales como “La muerte de Iván Ilich”, de 1886, donde se describe la conversión de un hombre enfrentado a su propia muerte, y “Resurrección”, en 1899, cuya historia narra la regeneración moral de un noble carente hasta entonces de escrúpulos, sumada al precioso cuento “El padre Sergio”, de 1898, entre otros, plantea sus fuertes motivaciones espirituales, el rechazo por los bienes materiales y la búsqueda de Dios, representado en el amor hacia el ser humano y la resistencia contra las fuerzas del mal.


El genio creador de Tolstói está ampliamente documentado en 90 tomos, publicados entre 1928 y 1958, y cuyos manuscritos originales se encuentran en el Museo Tolstói, de la ciudad de Moscú.


Hacia el final de su vida, Tolstói, gran pintor de la sociedad rusa, maestro genial a la hora de recrear caracteres humanos y rasgos psicológicos precisos, se refugia en un poético y místico apostolado religioso como se descubre en “Confesión”, en 1904, tocado por un sincero y apasionado deseo de amor a Dios y a los demás.


Movido por una firme convicción de renunciación, “trastornado por sus cavilaciones, incomprendido de su familia, odiado por los poderes públicos y hasta excomulgado por la iglesia ortodoxa”, abandona su casa un 28 de octubre de 1910, en medio de una noche oscura y fría, para encontrar la muerte pocos días después, el 7 de noviembre de 1910, no sin antes recibir el reproche de su amigo Iván Turguéniev por su renuncia a todo, inclusive al arte de la novela, en la que brillaba y brillará por siempre en el amplio firmamento literario ruso y, sobra decirlo, del mundo entero.




El origen del mal


En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.


En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.


-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.


El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.


-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.


-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Solo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos.


Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.


El ciervo no fue de este parecer.


-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.


Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:


-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.