Dangerous transgenic snacks
Peligrosos bocados transgénicos
Autor: Guillermo Benavidez
21 de Marzo de 2011


Pocos países apoyan los cultivos genéticamente modificados, pues, al parecer, impactan negativamente a los agricultores, consumidores y al medio ambiente.

Foto: Cortesía 

El uso de cultivos genéticamente alterados divide a los agricultores, a los consumidores y a muchos expertos que consideran que existen riesgos desconocidos potencialmente muy peligrosos.

Un cultivo transgénico es el que nace a partir de una semilla que ha sido manipulada en un laboratorio para modificar su estructura, incorporándole genes de otro para producir las características deseadas.


La finalidad de esta intervención genética es que las plantas tengan una vida comercial más larga, que resistan condiciones ambientales agresivas (como heladas, sequías y suelos salinos), que no se deterioren con plagas y enfermedades o para que toleren plaguicidas y herbicidas.


Pero estos cultivos encierran efectos desconocidos, pues quienes los producen destacan sus aspectos positivos, pero no mencionan nada de lo negativo.


En la actualidad, las mayores producciones de plantas transgénicas en el mundo son de soya, maíz, cebada, algodón y canola. Estas plantas son modificadas para que resistan sustancias tóxicas, pero las plagas y malezas se han hecho resistentes a ellos y cada vez hace falta más cantidad de dosis de veneno.


El herbicida más usado para eliminar las amenazas que podrían acabar con estos cultivos es el glifosato, conocido como Roundup, del que muchos investigadores señalan su peligrosidad.


Investigadores del Laboratorio de Embriología Molecular de la Universidad de Buenos Aires aseguran que el glifosato es muy tóxico para los seres humanos.


Según Lilliam Eugenia Gómez Álvarez, ingeniera agrónoma de la Universidad Nacional y presidente del Consejo Seccional de Plaguicidas de Antioquia, “el glifosato es perfectamente tolerado por los cultivos transgénicos. Pero al consumir este tipo de cultivos, acumulamos este herbicida en nosotros. Estamos comiendo venenos invisibles”, enfatizó.


De acuerdo con Jorge Kaczewer, de la Universidad Nacional de Buenos Aires, Argentina, después de la aplicación, este herbicida se ha encontrado también en fresas, moras, frambuesas, lechugas y zanahoria.


Soya transgénica


En Estados Unidos, Canadá, Argentina, Brasil y Paraguay, un gran porcentaje de la tierra se destina a los cultivos transgénicos. En ellos, la soya es la que ocupa más hectáreas. El consumo de soya se promociona abundantemente y aunque se mencionan los beneficios, no se hace lo mismo con los perjuicios que puede causar su consumo. La maleza que la afecta se hace cada vez más resistente a los herbicidas.


Para Beatrice Trum Hunter, nutricionista norteamericana, escritora y experta en alimentos, “las personas que consumen productos de soya regularmente pueden sufrir diversos desequilibrios de la tiroides. Existen estudios tanto con animales como con personas que sugieren que la soya puede aumentar el riesgo de contraer cáncer de mama y/o osteoporosis, y puede causar problemas intestinales”.


Por ser un alimento transgénico, la soya resulta menos productiva y nutritiva que los cereales tradicionales, de acuerdo con un estudio de la Universidad de Kansas, EE UU.


También indica la señora Hunter que la leche de soya se usa como reemplazo de la leche de vaca en las fórmulas para bebés. “Pero la leche de esta semilla tiene varias características negativas como alimento para bebés o niños. En el New Zealand Medical Journal se menciona que el exceso de estrógeno que causa la soya en los niños podría causar un desarrollo prematuro de los pechos y de características sexuales secundarias en niñas muy jóvenes. Tal exceso puede impedir que los órganos masculinos se desarrollen normalmente en la pubertad”. En julio de 1996, el Departamento de Salud del Reino Unido advirtió al respecto que los fitoestrógenos encontrados en las fórmulas de leche de soya para lactantes podrían afectar la salud de éstos.


La soya en Colombia se vende en semilla y en cientos de sus derivados. Su consumo también se hace indirectamente al ingerir carnes de animales de granja y de peces de criadero, a los que se alimenta frecuentemente con derivados de soya. La salud podría estar en riesgo.




Un negocio peligroso

El más reciente informe de Amigos de la Tierra Internacional, Foei, señala que los cultivos transgénicos resistentes a herbicidas incrementan el uso de plaguicidas. “Pero así como las bacterias han desarrollado resistencia a los antibióticos, las malezas se han vuelto resistentes a los herbicidas. Por eso los agricultores los aplican de manera más frecuente e indiscriminada, sin temor a dañar el cultivo”, indica el documento.


Agrega el escrito que los plaguicidas tienen efectos adversos en la salud e impactos ambientales y que las empresas agroquímicas-biotecnológicas centran cada vez más sus esfuerzos “en desarrollar cultivos resistentes a herbicidas que ellas mismas comercializan, como lo hace la transnacional Monsanto”.


Más de 250.000 cables revelados por Wikileaks ponen en evidencia que el Gobierno de EE.UU. presiona a algunos países, a través de sus embajadas, para que promuevan la expansión de la tecnología OGM (productos transgénicos) en todo el mundo.




¿Qué es el glifosato?

Roundup Ultra, de la transnacional Monsanto, es el nombre comercial del glifosato, aplicado para erradicar cultivos de uso ilícito, además de maleza.


Permanece activo sobre el suelo y en la sedimentación de cuencas hidrográficas por mucho tiempo. Contiene sustancias denominadas ‘inertes’, cuya función es aumentar su eficacia al penetrar los tejidos de la planta. Estos ingredientes ‘inertes’ causan en los humanos cáncer en tejidos blandos (por ejemplo hígado y riñones), linfoma del no-Hodgkin, problemas del sistema nervioso, déficit cognitivo, cirrosis, afecciones del sistema inmunológico, irritaciones dérmicas y oculares, náuseas y mareos.


La Agencia de Protección Medioambiental (Environmental Protection Agency -EPA) clasificó el glifosato como clase II, por irritar los ojos. La Organización Mundial de la Salud, sin embargo, lo clasifica como extremadamente tóxico (Categoría I).