Análisis del nuevo periodismo
El dilema entre averiguar la verdad y callarse
14 de Febrero de 2010


Disertaciones sobre el deber de informar y la libertad para hacerlo en un país como Colombia.


Gerardo Reyes, periodista del Miami Herald, también estuvo en el foro sobre nuevo periodismo realizado esta semana en Medellín.

La acción de averiguar ha sido siempre paralela a la de contar. Nadie averigua algo para quedarse con el embuchado. Y en nuestra cultura, cargada de juglares primitivos y cuenteros humorísticos, sí que menos.

Yo que vengo de una ciudad fundamentalmente chísmica, como lo ha sido Tuluá a lo largo de su historia, fui formado para averiguar las cosas y para contarlas poniéndoles una pizca de humor e hilándolas con actitudes anteriores de los protagonistas o con observaciones de todos los paisajes, físicos y humanos que los rodean.

No sé en ese pueblo mío desde cuándo comenzaron a contar, pero si no lo hubieran hecho, yo no habría podido escribir las novelas y los cuentos que he escrito y que todavía en arrebatos delirantes sigo escribiendo y publicando.

Lo que sí pude averiguar es cuándo comenzaron a escribir lo que se averiguaba. El culpable fue un maestro emigrante de Titiribí, hacia 1870, don Pedro Uribe Toro, más conocido como “El rápido Uribe”, quien posaba de repentista pero se asomaba tal vez por todas las ventanas a averiguar la vida pueblerina. Él, con las tizas que le servían para dar sus clases, escribía décimas en las puertas de las casas de sus víctimas o personajes literarios y el imaginario popular las adoptaba para seguirlas repitiendo de generación en generación.

Fueron tantas y tan buenas las averiguaciones que hizo “El Rápido Uribe” y, por ende las informaciones que brindó en su particular estilo de comunicación, que el eminente profesor de la Universidad de Virginia y después presidente de la Asociación Mundial de Iglesias Cristianas, William Siemmens, realizó un estudio y publicó un libro interesantísimo “LOS JUGLARES DE TULUÁ”.

Aquel viejo maestro, primo hermano de los Uribe Uribe, debió haber tenido la agudeza de su raza, el ritmo versificador de sus tierras antioqueñas pero, sobre todo, la capacidad de discernimiento para escoger cuáles de los defectos y virtudes de los integrantes del ámbito que le rodeaban podrían llevarse a la poesía decimera y escribirse en las puertas de las casas con sus tizas. Debieron haber sido muchas las verdades que se averiguó, pero también muchas las que debió haber callado y no hacer públicas.

Por supuesto, y de eso estoy seguro, bastantes de las que calló debió haberlas recitado en cenáculos estrechos o haberlas dejado correr al viento para que la imaginería popular las fuera pasando de boca en boca, deformándolas, agregándoles o quitándoles, ayudando con ello a mitificar su propio nombre hasta el extremo de que cosas que él no debió haber ni averiguado ni pronunciado nunca resultaron mas fácil y provechoso atribuírselas a su autoría crítica.

Ahí, en esa historia tulueña, puede estar resumido el quid de esta hereje intervención mía en este foro. Dilucidar o abrir al menos la discusión sobre si existen o no límites para averiguar las cosas parte de una verdad de puño: no todo se puede averiguar y no todas las cosas averiguadas se pueden decir.

El deseo de informar o de comentar la noticia o la sola realidad tiene unos límites que a veces los fija la interrelación social, otras el respeto para con los demás, algunas la responsabilidad de no precipitar acontecimientos peores que los que se quiere informar y, muchas veces más, el miedo, el físico miedo a que por hacerlo se precipiten venganzas o la misma muerte.

Si como periodistas somos testigos de los acontecimientos o al menos somos informados sobre el desenvolvimiento de ellos y emprendemos investigaciones o comprobaciones, qué limites podemos aceptar para profundizar en la averiguación y ¿cuál papel debemos desempeñar cuando la tengamos?

¿Informar sobre los hechos escuetamente es preferible a hurgar hasta lo profundo para conseguir espectacularidad en la noticia o el comentario?

¿Hasta dónde el aceptar límites conlleva una pérdida de esa libertad de información que creemos fundamento sin igual de la cultura democrática?

Libertades informativas
Somos muy pocos los manejadores de la noticia que gozamos del privilegio de trabajar en empresas en donde la plena libertad no tiene las cortapisas del influjo económico del anunciante que si se ve vulnerado suspende su pauta.


¿Pero hasta dónde volverse consuetudinariamente un averiguador de noticias, y más aún, un calificador permanente de ellas no puede causar más daño que el haberlas desconocido?

Yo soy de los que cree que el exceso de libertad debe propender por un robustecimiento de la responsabilidad y en una consolidación del tino que se aplica para poder medir hasta dónde se puede causar daño o agravar la situación al dar una información o emitir un juicio sobre esa misma noticia. Pero el ejercicio periodístico me ha dado ejemplos completamente contrarios.

Quizás porque yo he llegado al periodismo viniendo desde la literatura, donde la perpetuación de la verdad ficcionada crea muchas más obligaciones que la fugaz noticia radial o la débil trascendencia del reportaje o de la columna de opinión. Quizás por ello, repito, yo creo que la perfecta combinación entre el tino para medir la magnitud de lo informado y la verraquera para no tener miedo de decirlo, es lo que permite la aceptación de la responsabilidad y el crecimiento de la esperanza positiva en los efectos de la divulgación.

Cuando yo escribí “CÓNDORES NO ENTIERRAN TODOS LOS DIAS”, va a ser hace 40 años, lo hice convencido que si publicaba un libro que contara la triste y cruel historia sobre lo que soportamos los colombianos con la guerra entre liberales y conservadores, se impedirían por parte de las generaciones futuras la repetición de hecho fratricidas de igual magnitud. Probablemente perdí el tiempo porque Colombia en vez de no repetir esos episodios, se ha inventado disculpas para seguirse matando y vivir de nuevo los mismos o peores hechos de sangre y terror.

Podríamos decir lo mismo cuando damos la noticia, cuando juzgamos sobre ella y pretendemos no sólo demostrar la capacidad de información o de investigación, sino el evitar que el olvido tape actuaciones que deben ser juzgadas dizque para que no se repitan. Son muchas las oportunidades en que si no causamos daño inmediato podemos terminar convirtiéndonos en estorbos para la evolución de los acontecimientos. En ambos casos, sin embargo, cuando logramos un éxito moral o reinvindicatorio, lo que más se oculta, pero que resulta ser lo más real, es la satisfacción que brinda el triunfo.

¿Hasta dónde pues, esa satisfacción que nos permite ser distinguidos entre los congéneres y entre los lectores y oyentes, puede terminar convirtiéndose en un acicate para perder la responsabilidad o para no saber medir el daño que puede causarse al dar la noticia o emitir el juicio sobre ella?

Encontrar ese punto exacto en donde se combinen la necesidad de dar la noticia, el objeto de darla, la claridad e imparcialidad en el juicio con la responsabilidad que se asume y el evitar el daño que pueda causarse. Encontrar ese punto exacto sería lo ideal del oficio.

Pero casi nunca lo logramos porque el nivel de preparación, el nivel cultural, el nivel de conocimiento, el régimen de experiencias de vida y los elementos constitutivos del temperamento sicológico del periodista influyen demasiado a la hora de verdad.

No puede pedírsele a un muchacho vivaz, recién salido de la cocción de una facultad de comunicaciones que tenga la mesura en la investigación o el atrevimiento para dar la noticia y que en ambos casos mida las consecuencias.

Temores
El rápido Uribe de mi pueblo escribía con tizas las décimas con las que daba las noticias y humorísticamente las juzgaba porque era a más del maestro del pueblo, uno de los hombres que más había leído en muchas leguas a la redonda y tenía la formación genética y cultural que los demás no poseían. Pero, sobre todo…no tenía miedo.

Yo, muchas veces he dicho que la palabra miedo no existe en mi diccionario. He sido atrevido y frentero toda mi vida y cuando creí que con los años disminuiría esa actitud, he estado comprobando a cada rato que la he crecido. De no ser así no me atrevería a tocar los temas que manejo desde La Luciérnaga ni hoy estaría aquí después de haber estado casi media hora bajo la fría amenaza de una pistola niquelada de 9 mm puesta en el cuello mientras un comando armado escarbaba en todos mis archivos y se llevaba algunos de ellos y mis computadores el 23 de abril pasado.

Pero el no tener miedo no me autoriza para hacer daño con la información. El tener la verdad entre mis investigaciones no me da rienda suelta para causar más destrozos de los que me llevaron a investigar. Es el equilibrio entre lo que se sabe o se averigua y los efectos que puede causar su divulgación lo que en verdad debería pregonarse para todos los que ejerzan este oficio.

Allí, probablemente, residía el poder de Pedro Antonio Uribe Toro, el maestro decimero de mi pueblo!

Gustavo Álvarez Gardeazábal
Biblioteca Pública Piloto, Medellín febrero 8