De cara al porvenir
Simón Rodríguez: Maestro de América
Autor: Pedro Juan González Carvajal
15 de Septiembre de 2009


Acaba de llegar a mis manos un nuevo texto escrito por Don Carlos Gómez Botero, en la cúspide de su recorrido como ser humano e historiador. Admirador y conocedor como pocos de la vida, obra y pensamiento del Libertador, esta vez el autor rescata del olvido y de la ingratitud a su maestro, Simón Rodríguez, conocido también como “el Maestro de América”, ya que no solo tuvo la feliz coincidencia de tener entre sus alumnos a Simón Bolívar, si no que además tuvo la posibilidad de conocer de primera mano el esquema educativo empleado durante la colonia y de proponer por allá en 1794, una profunda reforma educativa, sin lugar a dudas, pionera por su alcance, concepción y modernismo.

Simón Rodríguez inició su magisterio como ayudante del reconocido educador caraqueño Guillermo Eloy Pelgrón quien posteriormente lo recomendó para que el Cabildo de Caracas lo nombrara como maestro municipal en Mayo de 1791. Fue gracias al proceso educativo de la escuela pública y a las experiencias adquiridas enseñando a los niños las primeras letras, que le propuso al Ayuntamiento en 1794, un memorial de reformas para las escuelas públicas, recopilado en 20 páginas y organizado en dos partes: la primera, la crítica, en seis reparos y la segunda, la constructiva, proyecto de reformas en tres capítulos.

En su presentación se reconoce el método que lo identificará por siempre: cuestionar y crear.

Con lenguaje claro, sin rodeos, con una enorme claridad lógica, critica a los falsos maestros, rechaza el que se eduquen solamente los blancos y propone educar para un futuro no colonial.

En el primer reparo, define los objetivos de la escuela primaria: disponer el ánimo de los niños para recibir las mejores impresiones y hacerlos capaces de todas las empresas. De este modo establece que la educación no solo genera beneficios a la persona, sino que aumenta la prosperidad de la sociedad.

En el segundo reparo defiende el hecho de que educar no es enseñar a firmar, sino dominar los instrumentos de la cultura bajo el presupuesto de vivir con dignidad, esto aplicado a todos los niños, sin ninguna excepción.

En el tercer reparo llama la atención sobre el empirismo reinante y la falta de la supervisión escolar en el funcionamiento de la enseñanza.

En el cuarto reparo destaca la importancia de la misión del maestro, sobretodo en la primera parte de la vida del hombre, ante la inocencia de la niñez.

En el quinto reparo denuncia falencias en la infraestructura y los elementos necesarios para la enseñanza, y en el sexto reparo cuestiona enormemente la falta de compromiso de los padres con la educación de sus hijos.

Sus propuestas parten de la exigencia de que en el plan de la nueva educación se debe contar siempre con la colaboración de la familia y de la colectividad.

Define que la educación es un derecho del niño, un servicio público, laico y gratuito que debe ser protegida por el Ayuntamiento.

Establece que el maestro es el factor esencial de toda educación. Debe pues, poseer inobjetable honorabilidad, eficiencia, buena preparación y autoridad moral e intelectual.

Solicita una remuneración conciente y digna para los maestros que se encontraban miserablemente pagados.

Determina que el Director de la escuela deberá ser maestro para así acertar en la dirección y ordenar sus operaciones desprendido de toda otra labor.

Recomienda que así como un pueblo estaba dividido en parroquias, es importante la existencia de una escuela en cada una de ellas.

Propone horarios de estudio de 8 a 11 por la mañana y de 3 a 6 en las tardes. Rescata la importancia de una adecuada dotación escolar.

Acepta el sentimiento religioso como base de la moral privada y pública.

Su doctrina pedagógica está fundamentada en la libertad, el respeto al individuo y sus valores, la patria y la sociedad.

Que falta que nos hace conocer el pensamiento pedagógico de Simón Rodríguez, ahora que los sucesores de Bolívar se encuentran empeñados, por acción o por omisión, en no continuar, y mucho menos concluir, su grande obra, ante la mirada atónita de estos pueblos que continúan siendo incultos.