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Columnistas

Al oído del Sr. alcalde
Autor: Luis Fernando Múnera López
29 de Octubre de 2012


“Señor alcalde, Ejército y Fuerza Pública, no nos dejen solos. Eso sí, deben cambiar a los uniformados continuamente, para que no se vuelvan amigos de estos bandidos.

“Señor alcalde, Ejército y Fuerza Pública, no nos dejen solos. Eso sí, deben cambiar a los uniformados continuamente, para que no se vuelvan amigos de estos bandidos. Se los pido de todo corazón, esto no es vida”. Eso dijo, angustiada y suplicante, una señora de la Comuna 13, dos días después del asesinato de dos policías y un civil en el barrio El Salado.


La gente vive en zozobra permanente, todos temen por hijos, cónyuges, vecinos, por ellos mismos; cada uno puede ser la víctima siguiente. Tiene razón la señora: esto no es vida, en una ciudad que ofrece ser un hogar para la vida.


El señor Eduardo Rojas León, secretario de Seguridad de Medellín, dijo esta semana que el avance en seguridad en la Comuna 13 se muestra en que los homicidios disminuyeron de 191 en 2011 a 127 hasta el 21 de octubre de 2012. ¡Falacia doble! Disminución o no disminución, 127 muertos son demasiados. Además, esos datos indican que el promedio se mantiene constante en un muerto cada dos días.


¿Es extraña la solicitud “cambiar a los uniformados para que no se vuelvan amigos de estos bandidos”? ¿Es irrespetuosa, acaso? Si uno tiene en cuenta que los policías arriesgan y muchas veces sacrifican su vida, obviamente suena injusta.


Pero cuando le oye decir a un conductor de bus urbano del sector: “Si no pagamos la vacuna, no nos dejan trabajar o nos matan. Una tarde se me paró al lado de la registradora el sicario cobrador de la banda reclamándome la cuota; pasé despacio frente al puesto de Policía; el tipo no se mosqueó y los policías fingieron no verlo”, uno se pregunta si el miedo o la complicidad entorpecen la labor de la Policía.


Una de las “lecturas” más peligrosas que quedan en mucha gente después de ver en televisión “Escobar, el patrón del mal”, es la corrupción e ineficacia de la Policía y del Gobierno en la década de los ochenta. No podemos regresar a esa percepción.


El problema tiene más componentes: Escuelas que no pueden abrir porque las bandas lo prohíben; personas que desaparecen para no reaparecer o aparecer muertas; chantaje y extorsión a comerciantes y transportadores; expendio de droga en las “plazas” y en la calle; atracos; falta de oportunidades de trabajo; indiferencia del resto de la ciudad por la situación que aquí se vive.


Ahora bien, este problema se desarrolla en barrios donde la gente es buena, trabajadora, honrada; donde las familias conservan y multiplican los valores humanos, pero las balas hacen más ruido en la calle que los lápices en las escuelas y que el trabajo en los negocios honestos.


Durante años, ¡demasiados!, la Comuna 13 ha sufrido esa violencia endémica y ha visto discurrir toda clase de intentos de solución. De hecho, el Plan de Desarrollo Municipal 2012-2015 contiene una propuesta muy ambiciosa. Pero no encuentra avances reales ni vislumbra un rumbo claro.


Hoy ni siquiera recibe respuestas específicas a la problemática, solo silencio o generalidades como las que expresó el señor Sergio Zuluaga Peña, secretario de Gobierno (e) de Medellín: “Veo hoy [en la Comuna 13] un hogar para la vida, con una importante oferta institucional, con inversiones como las escaleras eléctricas y la historia que prueba que, tarde o temprano (?), la gente en la ilegalidad será vencida por el Estado”.


La comunidad no sabe si ese silencio y esa ambigüedad son prudencia o ausencia.
Señor alcalde: La gente necesita recibir manifestaciones claras de la presencia de la autoridad y de la eficacia de las soluciones. Al gobernante le sirven más la verdad y la certeza, que las palabras bonitas y las apariencias. Las que recibe y las que da.


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