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Noviembre para no olvidar
Autor: Guillermo Maya Muñoz
19 de Noviembre de 2010


Noviembre para los colombianos es un mes para no olvidar. Siempre llueve, y las lluvias hacen más penosa la pobreza y la carencia de un techo, año tras año, así como el reinado de Cartagena, año tras año, nos entrega una reina de belleza, con la misma regularidad, llueva, truene o relampaguee. Por otro lado, las tragedias de hace 25 años, que siguen marcando nuestra existencia y pesadillas, todavía pesan sobre la conciencia de todos los colombianos.

Noviembre 6: La toma armada del Palacio de justicia por el demencial M-19, con el sacrificio de los jueces de la República y la desaparición de la mayoría de los sobrevivientes, es una de ellas. La otra, noviembre 13, la desaparición del municipio de Armero con la mayoría de sus habitantes, en una noche de apocalipsis y pesadilla, en la que murieron 23.000 colombianos.

Sin embargo, a pesar de estas tragedias, los colombianos, los suficiente viejos para haber sido testigo de ellas, nos entretuvimos con el reinado de Cartagena (¿Quién recuerda el nombre de la reina?), su boato y cursilería, y aun seguimos sin elaborar ese dolor, esas pérdidas. Claro, que lo peor todavía estaba por venir, como sucede en este país, que no conoce el fondo ni el límite de nada.

En el caso del Palacio de Justicia, el gobierno quedó paralizado, entre las demandas del M-19, de que renunciara el Presidente, y las presiones de los militares para ejercer la guerra de tierra arrasada, sin ninguna consideración con la vida de los jueces y del resto de las víctimas. Los sobrevivientes desaparecieron para siempre, cuando era obligación del estado y de su brazo armado garantizar sus vidas, a los culpables para ser juzgados, y a los inocentes para que regresaran con sus familias. El Presidente con su silencio cerró el caso, como si él tuviera en el tribunal de la historia la última palabra. Los del M-19 fueron amnistiados, pero eso no les exonera de contar toda la verdad, y de pedir perdón a todos los colombianos.

Pero, si lo del Palacio de justicia todavía lacera el alma, lo de Armero es aún peor: La muerte de miles de inocentes que nos miran a todos con los ojos de Omaira Sánchez, la niña que murió delante de las la cámaras de televisión, en un reality de espanto. A los armeritas no los mató la naturaleza, que en este trópico es la vida y la muerte, sino la imprevisión, la apatía y la ineficiencia del gobierno y de sus funcionarios.

Para Iván Duque Escobar, ministro de Minas y Energía del gobierno lírico-populista de Belisario Betancur, y quien tenía a su cargo la prevención del desastre, contestó unas preguntas a Germán Jiménez (El Colombiano, Gobierno hizo lo que pudo: Iván Duque E, nov. 13-2010), que contrastan con la opinión de la mayoría de los colombianos, a quienes les tocó vivir o fueron espectadores de la tragedia: “Se tomaron muchas precauciones (…), con el supuesto de que, sobre todo, se debería tener alertada a la población y lograr que, si se presentaba una situación crítica, se pudieran evacuar en forma rápida a los habitantes de la zona. (…) Para mí lo más grave de todo es que la población no atendió el llamado que se le hizo por parte de las autoridades civiles, incluso eclesiásticas y militares (…). Yo creo que el Gobierno, en la medida de sus posibilidades, hizo todo lo que pudo (…)”. Conclusión: los culpables son los muertos.

Sin embargo, Carlos Mauricio Vega (Semana, La profecía de Armero, nov. 6 de 2010) afirma que: “En Armero no funcionaron las alarmas, no hubo entendimiento entre la Alcaldía y la Gobernación, ni hubo una orden de evacuar sino hasta cuando se detectó la erupción unas pocas horas antes del lahar (avalancha de lodo). Ni muchísimo menos una comunicación masiva adecuada para la población. (…). Además, “la actitud indiferente y poco consciente del Ministro de Minas, del Gobernador del Tolima, del Ministro de Obras y de la Presidencia frente a la contundencia científica simplemente confirmaba la advertencia (…) sobre que son los políticos el mayor riesgo en caso de erupción”. Sin embargo, y pese a todo, los jueces, en el Tribunal Superior del Tolima, en el Consejo de Estado, y en la Corte Suprema de Justicia, absolvieron al gobierno y a sus funcionarios en las demandas interpuestas por los afectados: “La sentencia de las tres instancias rezaba lo mismo: que los eventos de la naturaleza son imposibles de prevenir y de controlar y que no les cabe fallo en la responsabilidad a los funcionarios por estos hechos” (CMV). Culpable la naturaleza. Culpables los muertos y la naturaleza.

No sé si el Ministro y el Presidente Belisario Betancur, jurídicamente, sean culpables o no.

Sin embargo, Belisario siempre que llega noviembre calla y los noticieros, tan adictos a la historia de las noticias, para “matar” tiempo, ni lo mencionan. Posiblemente, por esta época, Belisario podría estar en Australia visitando a su hijo embajador o en Barichara, un hermoso pueblo santandereano, que convirtió en tertuliadero de multimillonarios y artistas del norte bogotano, y en objeto de especulación inmobiliaria, para desdicha de sus habitantes que van perdiendo sus casas con el señuelo de vender caro. Otro pueblo que desaparece. “¡Qué fracaso ha sido la clase directora colombiana!” (Fernando González, Revista Antioquia, No 16, 1945).


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