Columnistas


Profundidad
Autor: Juliana González Rivera
17 de Diciembre de 2015


“Mejor saber poca cosa», escribió uno de mis ‘amigos’ hace unas semanas en Facebook. Otro, opinando sobre la columna que escribí acerca de los comentarios superficiales en las redes sociales.

“Mejor saber poca cosa», escribió uno de mis ‘amigos’ hace unas semanas en Facebook. Otro, opinando sobre la columna que escribí acerca de los comentarios superficiales en las redes sociales, me acusaba de “citar demasiadas lecturas”, y defendía su derecho a decir lo que quisiera aunque hubiera leído poco. «Yo no tengo tiempo como tú para leer —escribió. Lo siento». 


Llevo las últimas semanas y columnas reflexionando sobre las diferencias entre la opinión y la idea, entre la creencia y el pensamiento. Quizá esté equivocada, pero en los tiempos que corren, con nacionalismos que intentan devolvernos a tiempos pretéritos, conflictos nacionales e internacionales que amenazan las conquistas de las libertades colectivas e individuales del último medio siglo y redes sociales que minan todos los días nuestra capacidad de trabajo, concentración y reflexión intelectual, pienso que el gran valor a defender, el último baluarte para refugiarnos es la profundidad, la hondura del pensamiento. 


Javier Marías, en una entrevista con Enric González hace un par de semanas en Jot Down, recordaba que en los años ochenta y primeros noventa la gente parecía decidida a saber más y a ser más instruida, pero ahora es como si hubiera un cansancio frente a eso y casi todos dijeran: «Pues mire, sí, somos brutos, y a mucha honra». 


Muy a nuestro pesar, tenemos que admitir que es así. Nuestra cultura Google, esa que es responsable de la ilusión de que el saber se obtiene “surfeando”, “navegando”, ha dinamitado la idea de que el camino de las ideas y la búsqueda del sentido pasa por el esfuerzo. El ascenso y el descenso son históricamente la metáfora del conocimiento, una noción que nos viene desde Platón y en la que la historia, la literatura y la filosofía han insistido a lo largo de los siglos –de Homero a Dante, de Descartes a Schopenhauer, de Nietzsche a Joyce, a Musil, a Magris–. Y como escribe el italiano Alessandro Baricco en Los bárbaros (el diagnóstico más lúcido que he leído sobre este asunto), “antes, el acceso al sentido profundo de las cosas presuponía tiempo, erudición, paciencia, aplicación y voluntad. Se trataba, literalmente, de ir al fondo, excavando la superficie pétrea del mundo”. 


El problema es que ahora vivimos en los tiempos de “la alergia a la profundidad”. Baricco lo dice y nos plantea las preguntas que importan: el escaso tiempo que dedicamos hoy al pensamiento, ¿no es acaso un impedimento para las ideas y más bien un propulsor de idolatrías? Mantenernos en la superficie de las cosas y la degradación de la reflexión, ¿no parece un antídoto contra las ideas propias en aras de un deslavazado pensamiento colectivo? Parece que tenemos miedo a pensar en serio, a pensar a fondo y de forma individual. Y así es como nos convertimos en orgullosos analfabetos. 


El peligro está en que, como sabemos, todo lo que no se comprende se le tiene miedo. Y ese miedo es el que nos vuelve chiquiticos: miedo al otro, al vecino, al inmigrante, a la vanguardia, al progreso, a lo desconocido y todo lo que no conseguimos entender. 


Pero comprender, y hay que insistir en ello todas las veces que haga falta, requiere voluntad: “el esfuerzo es el salvoconducto al hacia el sentido más elevado de las cosas. Sin esfuerzo no hay premio, sin profundidad no hay alma”, dice el escritor italiano. Y perder el alma equivale a perder esa cosa inefable que es, en últimas, la que nos humaniza. Lo contrario es lo que nos convierte en bárbaros.