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Autor: Juliana González Rivera
28 de Enero de 2016


En Córdoba, José Bretón, un marido despechado, mata a sus hijos de 6 y 2 años para vengarse de su exmujer.

@juligonza26


En Córdoba, José Bretón, un marido despechado, mata a sus hijos de 6 y 2 años para vengarse de su exmujer. Luego los quema en una pira. En Sevilla, un joven de 20 años, Miguel Carcaño, mata a su exnovia de 17, da nueve versiones diferentes de los hechos y consigue el crimen perfecto: que nunca se encuentre su cadáver. En Galicia, Asunta Basterra, de 12 años, fue asesinada por sus padres, Rosario y Alfonso, por causas que todavía no se conocen. En Wisconsin, Steven Avery pasa 18 años en la cárcel por un crimen que no cometió. Poco después de su liberación, es acusado de otro asesinato por el que es condenado, de nuevo, a cadena perpetua. 


Estos casos tienen en común que los juicios de los acusados son seguidos por el público en tiempo real –y no son los únicos–. Los familiares, amigos, vecinos y allegados a víctimas y victimarios dan declaraciones en la televisión y nosotros, espectadores implacables pero sin conocimiento real del sumario y las pruebas, no tenemos reparo en aventurar veredictos, implicar a otros sospechosos y condenar desde la comodidad de nuestras casas.  


Las tragedias, de todo tipo, se han convertido hoy más que nunca en espectáculos. Lo que para nosotros es sólo otro misterioso asesinato, un atentado terrorista o la guerra que sucede a lo lejos, para los protagonistas es un drama que se multiplica a causa de los foros de internet, los tweets y los posts en en los que todos jugamos a jueces, detectives, policías y sensores. 


Ya es más regla que excepción ver en las noticias titulares como “Un hombre es arrestado por filmar un accidente fatal de automóvil en lugar de ayudar a la víctima” (The Telegraph, junio de 2015) y en los atentados de París, hace unos meses, todos seguíamos ansiosos, en vivo, la toma del Teatro Bataclan en la que murieron casi cien personas a manos de los terroristas –más de uno lamentaba que no hubiera algún rehén intentando hacer un streaming–. Todo muy al estilo de ese episodio de Black Mirror en el que el público filma y toma fotos en lugar de ayudar a una mujer que es perseguida por un psicópata asesino. Y aquí cabe también el encuentro de Sean Penn con El Chapo, una entrevista que intenta hacer pasar por periodismo lo que no es más que otra puesta en escena hollywoodense, además de un despliegue de narcisismo desmesurado. Otro espectáculo.


Pero ya está claro que cuando un tema entra en nuestro mundo de redes y pantallas, la capacidad de reflexión se reduce. El desconocimiento, la ignorancia y los prejuicios ganan en volumen al pensamiento y el análisis. La imagen reemplaza la idea, como escribió Vargas Llosa. Es la frivolidad de nuestra sociedad de consumo: el mal se vuelve banal y consumimos con voracidad incluso las tragedias. 


Hablamos mucho de modernidad líquida, de hiperrealidad, de simulacros. Pero hay una frase que resume mejor nuestro ser contemporáneo: “La gente inteligente habla de ideas. La gente mediocre habla de hechos. La gente estúpida habla de personas”. Estúpida es entonces esta sociedad en la que contamos “amigos” y seguidores, en la que estamos a la espera de una imagen para crear un meme, en la que miramos solapados la vida de los otros, que creemos que una infografía o un video nos convierte en expertos, en la que se van lo días en comentar noticias, trending topics, espectáculos.