Columnistas

El iPhone, ¿una obra de arte?
Autor: Juliana González Rivera
22 de Octubre de 2015


Steve Jobs, un artista. Un hombre con personalidad de genio creador y que cuidó sus productos del mismo modo que un pintor, músico o escritor se preocupan por su obra y su legado.

@juligonza26


Steve Jobs, un artista. Un hombre con personalidad de genio creador y que cuidó sus productos del mismo modo que un pintor, músico o escritor se preocupan por su obra y su legado. La idea la plantea Joshua Rothman en The New Yorker. Pero, ¿era en realidad así o solo una estrategia de marketing? 


Un anuncio de Apple del año 97 parece una declaración de intenciones: vemos a Einstein, Luther King, Lennon, Gandhi y Picasso al tiempo que una voz en off les rinde tributo: “los rebeldes, los problemáticos, los que no respetan el statu quo. No estamos de acuerdo con ellos o los glorificamos, pero no podemos ignorarlos porque cambiaron las cosas y empujaron la raza humana hacia adelante. Los llamaban locos, pero nosotros, genios: porque solo los que están lo suficientemente locos para pensar que pueden cambiar el mundo, lo consiguen”.


No cuesta mucho aceptar a Steve Jobs como un artista. Creativo y visionario, quería que sus creaciones fueran piezas perfectas. Para él, un dispositivo bien diseñado facilitaba el pensamiento y la creatividad: “una bicicleta para la mente”. Pero dice Rothman que un computador no tiene mensaje, tampoco un punto de vista: por eso se parece más a un instrumento musical que a una sinfonía. No para Jobs: él procuró que sus aparatos se interpusieran, lo menos posible, en el proceso creativo de sus usuarios. Además, creía en una especie de belleza tecnológica que iba más allá del diseño. 


¿Pero puede ser el iPhone una creación artística? Quienes tenemos uno –el que quizá usamos para leer este artículo–, ¿estamos en posesión de una obra maestra? 


Uno de los argumentos para distanciar el smartphone de Apple de una pintura o escultura es que la obra de arte está para ser contemplada e interpretada, mientras que el teléfono inteligente es una herramienta. Esto es fácil de refutar: Miguel Ángel, por ejemplo, no era tanto un artista como un artesano al servicio de la iglesia. La Capilla Sixtina tenía una función tanto utilitaria como estética: además de arte, debía ser un instrumento para evangelizar sobre la Creación y el Juicio final a los fieles que no sabían leer.


El iPhone también se descalifica como arte por su producción masiva. Pero esto se puede discutir a la luz de Walter Benjamin y La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica: aunque una obra dependa de un grupo de personas –el cine o cualquier pieza colectiva– ello no lo priva de su condición. Tampoco su multiplicidad: un libro puede ser arte aunque se imprima un ejemplar o veinte millones. 


Los hitos artísticos son el resultado de un progreso que parte en dos la historia de su disciplina; una ruptura total con lo anterior. La conquista del movimiento en el arte griego, de la perspectiva en el Renacimiento o de la cámara obscura por Vermeer y sus contemporáneos dieron lugar a auténticas obras maestras. La historia del arte es la de la evolución de nuestros modos de ver, pero también de la técnica, además de la conquista de la belleza.


El arte es, asimismo, el depositario del pensamiento, una ventana que nos permite asomarnos a una época. Si miramos un menhir de la Edad de Piedra o a los bisontes de Altamira, no solo vemos una piedra o una imagen en la pared, sino las preocupaciones del hombre de ese tiempo, sus miedos, sus costumbres y su fe. Y así como hoy, en los museos, hay herramientas de la Era de Bronce, tablillas de escritura cuneiforme, papiros egipcios o una Biblia de plata del siglo VI, el iPhone será una pieza de exhibición en el futuro. 


Rothman admite que Jobs, en cuanto artista, fue un integrador: creó algo que es mucho más que la suma de las partes. Sabía que sus aparatos podían destilar energía creativa, comunicar su sensibilidad y ser, en últimas, más que una herramienta: una fuente de inspiración en sí mismos y por derecho propio. 


Cuesta poner al mismo nivel el iPhone y Las Meninas. ¿Pero acaso éste no es también la conquista de la técnica y la belleza, un tour de force, la mezcla del estilo y la visión personal de un genio creador, la consecución de un mito primitivo, un antes y un después, una pieza extraordinaria que resume nuestro ser contemporáneo? Si alguien volviera a hacer ese anuncio del 97, el de los hombres que cambiaron el mundo, Jobs sería, sin duda, uno de los protagonistas.