Columnistas

Ciudad rural
Autor: Johnatan Clavijo
26 de Marzo de 2015


Recientemente tuve la oportunidad de recorrer San Cristóbal, más allá de su Parque Biblioteca y su cabecera corregimental.

Los llamados de atención que escuché de la comunidad son muchos, aunque su eco es poco, porque los problemas de la centralidad urbana siempre dominan la agenda pública. 


Fui a El Carmelo, una vereda que tiene una característica particular: es compartida por Medellín y Bello, lo que la ha dejado en un limbo donde la administración de Medellín hace, pero no lo suficiente, y la de Bello cobra el impuesto y no hace nada, según sus pobladores. Una evidencia de los problemas que ocasiona este limbo es la carretera de ingreso a la vereda, la cual está en muy regulares condiciones. Medellín no puede intervenirla porque no está en su territorio, y Bello no invierte recursos porque, según sus pobladores, desde esa administración se considera que esta vía es privada. ¡La pelota va de un lado a otro y los goles se los meten a los campesinos que siempre pierden por goleada!


También conocí la vereda El Yolombo que a pesar de su cercanía geográfica con El Carmelo no tienen una vía de interconexión veredal, por lo que para ir de un lugar a otro se precisa volver a la carretera principal y subir por lomas que se hacen infranqueables para algunos vehículos. Allí, los líderes solicitan no solo esta interconexión, sino también una sede social para sus actividades comunales.


La Ilusión, San José de la Montaña, La Cuchilla –esta última con su reconocido Museo Vivo de las Flores–, fueron algunas de las veredas que conocí y en las que “como si se hubieran puesto de acuerdo”, escuché el mismo llamado: faltan políticas claras para proteger a los campesinos de Medellín y ofrecerles oportunidades que le den valor agregado a sus productos. Y cuando escuchan “Umata” (que son las Unidades Municipales de Asistencia Técnica), en respuesta se oyen los quejidos y resoplos que muestran la desconexión de esta unidad con la realidad del campesino.


En la búsqueda de acciones para favorecer al campesinado, la comunidad del corregimiento San Cristóbal se unió en torno a un proyecto que, consideran, puede cambiar sustancialmente su precaria condición actual en la que los pequeños productores se ven obligados a botar sus cosechas a la carretera. Se trata de un Centro de Acopio que permita la venta directa de los productos agrícolas, especialmente para su distribución en Medellín y Urabá.


Aunque para este proyecto se priorizaron recursos en las Jornadas de Vida y Equidad, hasta el momento no se tienen mayores avances y los campesinos temen que el dinero se diluya, otra vez –porque no sería la primera vez que ocurriría–, en capacitaciones que sí, son importantes, pero que no atienden el problema estructural de esta comunidad.


Ante todos estos llamados, conviene que Medellín, con sus pretensiones modernas de convertirse en un referente latinoamericano de ciencia, tecnología e innovación, no se olvide de lo fundamental ni descuide sus raíces campesinas y montañeras. Más que metrópolis, construyámonos primero como Ciudad rural, equitativa e integradora. 


Como diría, jocosamente, un campesino durante este recorrido: “los computadores no dan comida”. 


Sabemos de Santa Elena por la Feria de las Flores y el desfile de silleteros, pero los demás corregimientos de San Antonio de Prado, San Cristóbal, San Sebastián de Palmitas y Altavista, aún tienen un velo que los hace olvidados, distantes y hasta ajenos. ¡Es hora de que valoremos nuestro campo que es mucho más que un mirador para jactarnos de nuestro “progreso”!