Columnistas

“Agonía” y “plagio”: origen y significados
Autor: Lucila Gonzalez de Chavez
14 de Julio de 2016


AGONÍA, viene del griego “agon” que significa “lucha”.

AGONÍA, viene del griego “agon” que significa “lucha”.


Tiene veinte sinónimos, entre ellos: trance, angustia, tributación, pesar, desconsuelo, afán, anhelo, ansia, lucha, combate, declive, agotamiento, decadencia, desazón, etc.


Y, en cuanto al sentido de “muerte”, es discutible. De la agonía, el ser humano se libera, o bien por la muerte, o bien por haberla vencido recobrando el estado vital. Se pierde o se gana la lucha = agonía.


Quienes hayan leído la extraordinaria  obra de Miguel de Unamuno: “La agonía del cristianismo”,  (“el libro más agónico de Unamuno”,) recordarán que el autor no habla de morir. El  poderoso significado de “agonía” es, allí, la lucha, “el incesante desgarramiento que  es la definición de toda vida humana”. El libro es el combate  contra la desaparición. Y su otro texto, “El sentimiento trágico de la vida”, es también eso: agonía, lucha.


La palabra “agonía” pertenece al diccionario de la existencia, y todo lo que es vitalista es caótico; por eso, el emplearla deja una huella salobre y crea desazón y caos en la interpretación del texto.


PLAGIO: ¿Siempre plagio ha significado: usurpación, en lo substancial, de obras ajenas; y plagiario, el hombre que vende como suyos los conceptos, sentencias o producciones literarias de otros?


No. Antes fue un término exclusivamente jurídico. Esta palabra nos ha llegado a través de libros e infolios de Derecho Romano; tomada, asimismo, del griego “plágios” que significa “torcido”. A la acción cometida por una persona que se apropiaba o  vendía, que ponía en prisión o castigaba a un esclavo ajeno sin el permiso de su dueño, los juristas romanos la llamaron “plagio” o apropiación “torcida” de algo que no le pertenecía. También cometía el mismo delito el que hacía de un hombre libre, un esclavo.


A los plagiarios pobres los condenaban a trabajos forzados o los entregaban al suplicio de la crucifixión; si eran ricos, perdían la mitad de sus haberes y eran expulsados de por vida de la ciudad.


En el año 104 después de C., el poeta latino Valerio Marcial amplió el sentido de la palabra plagio; y del significado jurídico pasó al que hoy conocemos: hurto literario. 


El poeta colombiano Enrique Álvarez Henao, fue víctima de hurto en su conocido soneto: 


“Los tres ladrones”:


Época fue de sórdidas pasiones;


El pueblo de rencor estaba henchido


Y en el Gólgota, en sombras convertido,


Colgaban de sus cruces tres ladrones.


A  un lado y en rabiosas contorsiones


Expiraba un ratero empedernido;


En el otro, un ladrón arrepentido,


Y en medio, un robador de corazones.


De luto se vistió la vasta esfera;


Gestas, el malo, se retuerce  gime;


Dimas, el bueno, en su tortura espera;


Y el otro, el de la luenga cabellera,


Que sufre, que perdona y que redime,


Se robó al fin la Humanidad entera.


Pasado algún tiempo, Álvarez Henao encontró publicado en una revista española: “Ilustración Americana”, su soneto, pero con la firma de un fraile que se había apropiado del poema. Indignado por este hurto, nuestro poeta hizo publicar en la misma revista, el soneto con la siguiente protesta:


Los cuatro ladrones


Ni en épocas de sórdidas pasiones


El “hurto literario” es un derecho


Para el que lleva un pan hasta su lecho,


Menos para el de altivas concepciones.


El que arrancó la firma a mis renglones


No me produce enfado ni despecho;


Solo me causa risa por el hecho


De robarse un ladrón mis “Tres Ladrones”.


El soneto que guardo en mi cartera,


Y que en mis noches a mi Dios hiciera


Meditando en sus penas infinitas,


No lo cargan las ánimas benditas;


Tal vez por liberal y no por godo


Se lo robaron con mi firma y todo.


Dice don Miguel de Unamuno en uno de sus estudios, que el ensayista Riva Agüero afirma: “en las literaturas hispano-americanas, todas, predomina la imitación sobre la originalidad”. (¿?)