Columnistas

¡Adiós, Poeta, mi hermano del alma!
Autor: Elizabeth Mora Mass
19 de Marzo de 2011


“Soy un truhán, soy un señor, algo poeta y soñador (…) donde haya un buen vino tengo mi hogar”.

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Nueva York-. “Ricardo acaba de morir”, dijo mi esposo, al responder al teléfono. Aunque El Poeta, como llamamos a Ricardo León Peña Villa, había tenido serios quebrantos de salud desde el año pasado, todos creíamos que se iba a recuperar para disfrutar la vida con La Tata, un regalo que le dio “El de Arriba”, que era la forma como llamaba a Dios.


Mi corazón se estremeció y las lágrimas brotaron a chorros. Se me había ido uno de los mejores amigos que he tenido. Mi confidente, editor, consejero y animador; una de las personas con quienes compartí triunfos y derrotas. Otro de los hijos putativos de mi madre (Ilse Frankle y Gilberto Alzate son los otros). Uno de los hermanos que me dio esta Babel de acero y vidrio y quizá la persona que más me ayudó a aprender a vivir lejos del mundanal ruido y a entender la envidia de algunos.


Fue un ser creativo por excelencia. Junto con Juan Salazar y Eduardo Márceles Daconte, impulsaron “Puerta 10”, el semillero de artistas hispanos de los 80s. Escritor, poeta, editor, director de La Eñe y Casa Tomada, dos de las mejores revistas en español que se han hecho en EEUU. Dirigente comunal—fue una de las figuras claves para sacar adelante el proyecto de la reconstrucción de los vecindarios abandonados del Bajo Manhattan. Una de las voces de protesta para sacar a la Marina de EEUU de la Isla de Vieques, en Puerto Rico. Impulsor de los poetas hispanos de la zona triestatal. Un enamorado de Nueva York que llevaba a Colombia en el corazón, al punto de ser hasta culebrero en Manhattan, para mostrar la riqueza cultural de nuestra patria ausente. Su libro “Nacho, la risa del inmigrante”, sobre las anécdotas del popular Nacho Martínez, es una obra para entender el Nueva York de los años 60s, 70s, 80s, 90s y 2000s.


¿Qué más puedo decir de El Poeta? Que era un amigazo y eso ya habla de lealtad, de principios, de respeto, en una comunidad donde la envidia impera y todo el mundo se hace daño. Además, era como la canción, “Soy un truhán, soy un señor, algo poeta y soñador (…) donde haya un buen vino tengo mi hogar”.


Su nobleza y generosidad son legendarias. Su casa era la de todos, incluyendo los poetas que venían a probar suerte en Nueva York—de hecho su competencia. La llamaba Umbrella House—Casa Sombrilla— “porque aquí hay un espacio, una copa y un plato para todo aquel que quiera llegar”, solía decir. El apartamento vivía lleno de gente: triunfadores, intelectuales, bohemios y hasta derrotados. “Lo único que no quiero a mi alrededor es gente pesimista y envidiosa. Hoy no tenemos, pero mañana es otro día y la vida hay que disfrutarla cada día”.


Se pasó la vida buscando oportunidades para sus amigos. Al mismo Nacho lo empujó para volver “La Tienda de Nacho”, un programa cotidiano. Cuando vio el aviso que anunciaba que andaban a la búsqueda de una actriz para interpretar a “Rosario Tijeras”, llamó de inmediato a Flora Martínez. “Este papel es pa’vos”, afirmó. De casualidad, ese día yo había ido a su casa a llevar los textos para “Casa Tomada”. “Ven, acompáñame a comprar una blusa roja para Flora”. Le compró el atuendo completo con el cual la actriz se presentó a la audición de “Rosario Tijeras” y se pasó tres días ensayando con ella. Cuando leyó que el Ministerio de Relaciones Exteriores quería hacer un libro sobre la diáspora, me dijo: “este es tu libro”.


El año pasado, fui a su casa para separar las notas finales del mencionado libro, “Los Colombianos de Estados Unidos”. El Poeta, el cónsul Francisco Noguera, la cónsul Adriana Aristizábal, Plinio Garrido, Mauricio Hernández, Carla Marrero, Mauricio Palacio, Nelson Franco, Luz Quintero y Hugo Cartagena, fueron quienes más me animaron en la idea. El Poeta dijo que él no podía cobrarme, pero que le llevara una bandeja paisa. La disfrutó mucho y separó la mitad para más tarde.


Cuando estábamos trabajando en la selección del material, llegó una persona que le había hecho daño en el pasado, al punto de intrigar para quitarle su empleo como lector oficial de libros—antes de enfermarse, El Poeta se estaba convirtiendo en uno de los mejores narradores de libros para casete e Internet—. “Pasa, que esta es tu casa”, afirmó invitándolo a entrar. El hombre entró y miró el plato. Sin decir una palabra, El Poeta le corrió una silla, le entregó los cubiertos y se limitó a decirle, “buen provecho”.


En una ocasión, una cantante que fue su novia—tuvo varias mujeres y todas lo adoraron—lo acusó de malgastar un dinero para organizarle una presentación. Por tal motivo, la relación se acabó. Pero, aun así, El Poeta nos llamó a todos los amigos periodistas, “para que le den una mano y le promuevan la presentación”.


¡Paz sobre su tumba!




Comentarios
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luis
2011/03/19 02:32:01 pm
que buena columna tanto por la escritora como por el personaje fallecido sera esta periodista la que trabaj0 en la decada de los70 en la asamblea y el consejo?le he seguido sus articulos en el mundo yel tiempo yson uno a ojala lograr conseguir su libro y tene su web y twitter