Infraestructura

Child prostitution in front of everyone’s eyes
Prostitución infantil a ojos de todos
Autor: Carolina Pérez Ramirez
29 de Mayo de 2011


Consumo de sustancias alucinógenas y prostitución se conjugan en un mismo escenario: las calles del Centro de Medellín. Por 10 mil pesos una persona puede comprar un rato con niños y niñas.

Foto: EL MUNDO 

Según las autoridades, lo más difícil no es sacar a los niños de las calles para prevenir su explotación sexual, lo principal es lograr que culminen un proceso de capacitación y desintoxicación que les asegure un mejor futuro.

Son las ocho de la noche y en los bajos de la Estación Prado, del Metro, Paula y Juliana charlan desprevenidamente. Si no fuera por el corto vestido negro a cuadros de una y el exceso de maquillaje de la otra, cualquier transeúnte desprevenido podría pensar que la conversación es sobre muñecas, algún tema del tamaño de su edad. Ninguna tiene más de catorce años y sin embargo, desde hace algo más de tres, hacen parte de la larga lista de niñas explotadas sexualmente en el centro de Medellín, a ojos de todo el mundo, incluidas las autoridades.


En su andar por las calles admiten que no hay una persona que las obligue a venderse; al contrario, dicen ellas con sus voces de niñas, lo hacen por voluntad propia. La ley sentencia que tener relaciones sexuales con menores, incluso con su consentimiento, es un delito con penas que van de 12 a 20 años de cárcel.  Cuando uno de tantos hombres las contrata, entran libremente a los hoteles de la zona. No son las únicas.


Dos cuadras al sur, Diana cuenta a sus compañeras que en la mañana asistió al primer control prenatal. Tiene 16 años, es su segundo embarazo y a pesar de su estado, durante casi dos horas de charla con EL MUNDO, no aparta un frasco de pegante de la boca.


La imagen es tan común en el corredor vial  del Metro, orgullo de la modernidad de Medellín, que las niñas son parte del paisaje, lo mismo que las bancas de cemento, las lámparas del alumbrado y las canecas rebosadas de basura. Diana se ríe y aspira el pegante vertido en una pequeña bolsa negra. Sus palabras son un nudo que hay que desenredar.


Dice que ella no es como los otros, los que están tirados en la acera: “yo sí me cuido y ahorro para comprarme ropa”. La niña habla y se ríe, o llora, aspira el pegante, abre los ojos, manotea la oscuridad de la calle. Cuenta que su niña ya tiene año y medio, que vive con el papá, que algún día va a dejar la calle, que ama a su novio, pero no quiere que él se quede con la niña, que ha visto a muchos morirse y dice que se compra diez tarros de pegante al día. “Para eso trabajo”.


Hair Muñoz, integrante del programa Crecer con Dignidad de la Alcaldía de Medellín, un espacio que busca persuadir a los menores de edad para que dejen la calle y accedan a los programas de desintoxicación y capacitación, explica que la calle, aun con todo el caos que le impone la noche, guarda unas jerarquías, un cierto orden.


“No es que digan esta esquina es mía, pero uno sabe que en una cuadra encuentra a las niñas, en la otra lejos a los travestis. Ellos no se revuelven”.


Hair lleva ocho años caminando las aceras, intentando rescatar a niños y niñas. “Acá hay muchos problemas entre ellas. Usted las ve muy cariñosas pero de repente pueden matarse”, revela una psicóloga que acompaña el recorrido.


Es el caso de Carolina y Lina, la primera dice que la otra ya la perdonó, “y eso que le metí dos puñaladas, pero ya somos amigas”. Las dos deambulan buscando clientes y tampoco superan los 17 años de edad.


Según las estadísticas, el promedio de explotación sexual en niñas en situación de calle es de uno a uno, o sea, cada una de las menores indigentes ofrece aunque sea en ocasiones su cuerpo para poder pagar el vicio o comer algo.


Diana, por ejemplo, dice que necesita mínimo 15 mil pesos al día para vivir, cinco mil para pagar la pieza en el segundo piso del Hotel Amarillo, uno de los tantos de la zona, y el resto para los tarros de pegante: “por la comida no me preocupo, esa me la dan”, admite.


Como no encuentran clientes, un grupo de niñas decide cambiar de sitio. Caminan al sur, dos cuadras antes de la calle 33, en el sector de San Diego. Allí el ambiente es otro. Hay más iluminación, más carros, algunos de gama alta.


Brigthie dice que en el otro lado “hay mucha rata (atracadores) y por eso los mejores clientes no van por allá”. Ella habla mientras observa el paso de un vehículo Spark plateado que recorre la calle por tercera vez buscando los servicios de una de las niñas. El carro, conducido por un hombre de unos 50 años, al fin para en la esquina y una menor de no más de 14 años se sube a toda prisa.


“Acá sobre todo vienen taxistas y todas tenemos nuestros clientes”, dice otra menor que cobra entre 15 y 20 mil pesos por un rato de sexo.


“A todos los que trabajamos en el programa Crecer con Dignidad nos duelen este tipo de escenas. Es duro estar con ellas aquí y que lleguen a buscarlas sin recato, pero nosotros no somos autoridad, estamos ahí para acompañarlas y mostrarles otro camino, pero tiene que ser algo voluntario”, dice la psicóloga. La Alcaldía tiene identificadas a por lo menos 380 niñas que caminan las calles.