Derechos Humanos

We couldn’t let children to continue to fall down under gunshots
“Los niños no podían seguir cayendo en medio de las balas”
Autor: Sergio Andres Correa Buitrago
19 de Diciembre de 2016


Luego de pertenecer por tres años a un grupo paramilitar, Camilo Andrés Castañeda tomó la decisión de reintegrarse a la vida civil.



150 niños del barrio La Divisa integran la Escuela Sembradores de un Nuevo Futuro.

Antes de convertirse en un líder social de la Comuna 13 de Medellín, director de una corporación y una escuela de fútbol, a la vida de Camilo Andrés Castañeda llegaron las consecuencias de la guerra cuando las Farc secuestraron a tres integrantes de su familia en el año 2002: “No era por plata, sino porque yo tenía un hermano que estuvo trabajando con la guerrilla acá y luego que vio que las cosas no funcionaban como él pensaba y todo eso, tomó la decisión de trabajar con la Fuerza Pública. Entonces trabajó con el DAS y ahí fue donde comenzó todo, cuando la Operación Orión y todo eso, entonces para que él se entregara y dejara de estar cogiendo la gente de la guerrilla, secuestraron la familia”.


Y es que el hermano de Camilo, Marlon, quien era conocido como el gomelo, después de pertenecer a las Milicias Bolivarianas de las Farc que operaban en Medellín, se unió a la red de informantes que promovía el Gobierno del entonces presidente Álvaro Uribe y declaró como testigo durante la controvertida Operación Orión, que dejó un saldo estimado de 300 personas desaparecidas. La guerrilla lo tomó como una traición y ejecutó el secuestro de la familia como represalia. “A unos los cogieron en un lado, a otra hermanita mía se la llevaron hacia otro lado, entonces fue muy duro, fue demasiado duro”, relata Camilo con una expresión impasible en el rostro, como si tanta violencia ya hubiera cicatrizado dentro de él.


Fue entonces cuando decidió ingresar a las filas del paramilitarismo.


“Siempre quise trabajar


 por la comunidad”


Es diciembre y el ambiente festivo se puede sentir a cada respiro. Camilo, que vive a pocos metros de la estación Juan XXIII del metrocable, recorre las calles de su barrio con propiedad y saludando animadamente a todos los vecinos que se cruzan en su camino. Luego de pasar junto a una tienda, vemos un pesebre artesanalmente construido sobre la acera, hecho de bolas de icopor, papel, tela y materiales reciclables. “Lo hacemos a mano, para que los niños puedan venir a la novena”, comenta Camilo justo antes de subir por una empinada escalera que conduce a un segundo piso. Allí vive Jenny Martínez, su expareja y su actual socia en la Corporación Sembrando Paz y Esperanza en las Comunas.


La pequeña sala de la casa está profusamente decorada con elementos navideños. En un sillón negro, justo al lado de dos peluches con gorros de Papá Noel, Camilo toma asiento y le pide a su hija adolescente, aquella que concibió con Jenny, que le traiga un café.


“Gloria a Dios, pues, sale toda la familia ilesa, pero ahora en ese tiempo a mi hermanito lo mataron, a mi otro hermano también”, continúa su relato.


Fotos: Bladimir Venencia

Su afición por el fútbol llevó a Camilo Castañeda a dirigir una escuela deportiva.


Unos tres años duró Camilo en el bloque “héroes de granada” de las Autodefensas, una facción del paramilitarismo conocida por la forma violenta en que mantuvo el control territorial en el Valle de Aburrá, Oriente, Suroeste y Nordeste de Antioquia.


Sin embargo, afirma Camilo, su rol dentro de la organización ilegal siempre fue cercano a la comunidad: “Lo más difícil de la vida armada era estar dentro del grupo, dentro de todo este ámbito que se vivió entre la guerra, entre las balas, entre enfrentarnos unos con otros. Entonces a mí siempre el ámbito de la vida social, el trabajar por la comunidad, por los niños, por la juventud, siempre me ha gustado mucho. Entonces el rol que yo empecé a asumir dentro de la organización era ese. El trabajo político y social en la comunidad, en comenzar a generar la confianza de un grupo hacia la comunidad porque había muchas falencias”.


Y como es habitual en Colombia, ante la debilidad estatal y de las autoridades, los grupos armados usurpan su lugar y sus funciones. “Yo era una persona que siempre he sido de la (Comuna) 13, volví acá, la comunidad cuando vio que yo volví, se acercaba: ‘mira, es que pasó esto, mijo, es que vea, es que este muchacho dijo que mi hijo era guerrillero’. Entonces ya comenzamos a sanear todo eso. Entonces ya como uno fue nacido y criado acá, uno sí sabía quién era quién, entonces muchas veces antes de yo llegar acá se hacían cosas que no se debía. Se asesinaba gente sin saber si era o no era, solamente por envidias”.


Dos caras de la misma moneda


A finales del 2003, el bloque “cacique nutibara” del paramilitarismo se desmovilizó y su poder territorial fue ocupado por el bloque “héroes de granada” al que Camilo pertenecía. “Cuando se desmovilizó el bloque cacique nutibara, quedamos nosotros como ‘héroes de granada’ esperando qué resultados iba a dar la desmovilización. Cuando ya dijeron, no, la desmovilización se da y se va a dar en todos los bloques y vamos a desmovilizar todas las Autodefensas, entonces ahí fue cuando ya nosotros tomamos la decisión de ‹bueno, listo, volvamos a la vida civil, volvamos a vivir con nuestras familias, volvamos a ser lo que nosotros éramos antes› y tomé la decisión de desmovilizarme también en San Roque. Y aquí voy”, señaló el hoy líder social que desde que dejó las armas en 2005, impulsa su propia corporación.


El rol de Camilo, ya en la vida civil, continuó siendo el mismo pero esta vez, mediando entre los pobladores y las bandas criminales a las que se unieron muchos de los que fueran sus compañeros en el paramilitarismo: “Por ejemplo, acá, en esta comuna donde yo trabajo, muchas veces la gente llega ‘mijo, mirá, que es que tuve una dificultad con uno de los muchachos’ y les digo, venga, hablemos, sentémonos. Como para oír. Y luego llamamos a con quien se tuvo el altercado. Yo seguí haciendo el mismo trabajo, soy el que le hace la fiesta a los niños, el que le hace la fiesta a las mamás, a los papás, el que sigue como todo ese trabajo social que se venía haciendo para no dejarlo caer, porque yo digo que todo esto es de procesos. Y si yo llevaba un proceso antes de desmovilizarme, por qué dejarlo caer cuando me desmovilizo. No, hay que seguirlo porque los procesos si no se siguen, se caen, entonces la idea seguir el proceso donde uno estuviera”.


De ese sentimiento de urgencia por evitar que la población civil siguiera siendo victimizada, Camilo fundó la Corporación Sembrando Paz y Esperanza en las Comunas, que hoy dirige, y de su afición por el fútbol surgió la idea de crear una escuela deportiva. 


La ubicación y las condiciones del potrero donde entrenan los niños, generan varios riesgos para su integridad.


Labor “con las uñas”


Con evidente orgullo de haber empezado de nuevo, enmarcando su labor en la honestidad y la legalidad, el líder señala que “la corporación nace a raíz del conflicto que se volvió a vivir acá en Medellín, que entre los urabeños, valenciano, sebastián, bueno, todas esas cosas, y resulta que ya los niños no podían salir, ya los niños iban para el colegio cuando se formaba la balacera entonces quedaban en medio del fuego, entonces se tomó la decisión, bueno, no, esto no puede seguir así, esto debe de seguir siendo como era antes, los niños en su fiesta, las madres en su fiesta, los padres en su fiesta, o sea, que la vida fuera normal a pesar que hubiera un conflicto. Desde ahí se tomó la decisión de formar la corporación”. La escuela de fútbol sería una idea posterior: “Nació la escuela con cuál idea, prevenir a los niños y jóvenes que entraran en el grupo armado en el momento, porque acá me tocó recoger más de un niño herido por balas”.


Pero ante la escasez de recursos y las puertas que la sociedad colombiana ha cerrado a los desmovilizados, el trabajo, afirma Camilo, “ha sido con las uñas”. “Nosotros tocamos puertas y realmente son muy pocas las que se abren. Acá nosotros, yo con la corporación y con la escuela comencé con recursos propios. Por ejemplo, yo contrataba, yo sé de todo esto de obra negra y obra blanca, entonces yo contrataba, ah, hay que hacer una casa, hay que hacer un arreglo y entonces lo que yo me ganaba de ahí tenía que partirlo para los niños, para ayudar con mi hogar, para meterle a la corporación, hay que inyectarle a la escuela de fútbol, que balones, que una cosa y la otra”.


Hoy, la Escuela de Fútbol Sembradores de un Nuevo Futuro beneficia a 150 niños del sector La Divisa en la Comuna 13, pero el apoyo de la Administración Municipal y de los organismos comunitarios ha sido tímido. Así lo manifiesta Jenny, que ha escuchado atentamente la conversación y con molestia añade que “ellos saben que hay una necesidad de acá, ellos hablan de la Comuna 13, que muy maluca, que mucho problema, pero no hacen nada en este barrio, acá no hay una cancha. Nosotros entrenamos en un potrero. Los niños se caen y se aporrean porque ya no hay arenilla, entonces se cortan, pero ellos ahí insistentes con nosotros, hay un volado que los balones se van y se pierden, entonces es más lo que nos demoramos buscando el balón por allá con la linternita, que lo que entrenan”.


Pero a pesar de las dificultades, Jenny y Camilo no desfallecen en su esfuerzo por arrancar los niños de los brazos de la violencia. “Por ejemplo, nosotros mandamos los papeles ya al Inder para que nos dieran el reconocimiento deportivo, para que ellos nos comiencen a ayudar con balones, con toda la implementación, el proceso ahí está esperando a ver qué va a pasar, supuestamente a mí me daban respuesta a los quince días y ya va para dos meses y no me han ni dado la respuesta acá”, asegura Camilo.


Su historia muestra el carácter fundamental de los procesos de desmovilización. Camilo encontró apoyo formativo en la Agencia Colombiana para la Reintegración, entidad que acompañó su proceso y potencializó su rol de liderazgo. Pero no ha ocurrido lo mismo con el mercado laboral: “Yo tengo mi corporación, tengo una escuela de fútbol, a mí me gusta estar trabajando, me gusta emplearme, por ejemplo, yo terminé mi bachillerato, hice una técnica en Seguridad y Salud, en estos días terminé un curso de Vigilancia de escolta, yo qué no he hecho. Y quién me ha dicho a mí ‘venga tráigame la hoja de vida yo lo ayudo’. Porque es que yo, por ejemplo, con un empleo podría seguir inyectándole a la corporación, a la escuela de fútbol, puedo darle mucho más a mis niños”, concluyó.



El proceso de reintegración

Dentro de su proceso de incorporación a la vida civil, Camilo Castañeda siguió la ruta establecida por la Agencia Colombiana para la Reintegración, con la que esa entidad busca que “mediante un ejercicio de concertación entre esa persona y la Agencia, se obtenga un esquema de actividades acorde con las opciones reales del individuo en relación al proyecto de vida deseado, sin perder de vista la forma como están reglamentados los beneficios sociales, económicos y jurídicos del proceso de reintegración”. La ruta contempla actividades en salud, educación, atención psicosocial, formación para el trabajo y asistencia jurídica.