Cultural

And, then, Barba Jacob became music
Y, entonces, Barba Jacob se hizo música
9 de Mayo de 2016


Juan José Escobar López (Medellín), editor, poeta y crítico literario, quien se ha dedicado al rescate del olvido de antiguas revistas y autores colombianos; presentó en la Casa Museo Otraparte su obra Cancionero antioqueño.


Foto: Cortesía 

Diferentes corporaciones culturales de Antioquia han adoptado para ellas el nombre de Porfirio Barba Jacob.

Óscar Jairo González Hernández


Profesor 


Facultad de Comunicación 


Universidad de Medellín


Por qué se decidió a editar la revista Cancionero Antioqueño (1904) de Barba Jacob y cómo se dio la búsqueda?


El Cancionero Antioqueño lo encontré en la sala de libros raros y manuscritos de la Biblioteca Luis Ángel Arango en Bogotá, mientras curioseaba diferentes folletos misceláneos del XIX. Entre mis recopilaciones y búsquedas de revistas para editar de este siglo en Colombia, en donde están los primeros versos de todos nuestros más insignes bardos, hallé gracias a un artículo de Jorge Orlando Melo la primera revista de Barba-Jacob. Me la facilitaron en PDF ya que evitan que los usuarios tengan la posibilidad de sentir la materialidad del texto (y con ello prevenir se deteriore). 


Al encontrar ahí los primeros versos del poeta y sus notas críticas en donde vislumbré de antemano el carácter del gran poeta, comprendí que merecía otorgársele un lugar en las bibliotecas públicas y que era una lectura básica para acercarse a la formación de escritor de Barba-Jacob. En la profunda necesidad de querer aportar algo a la cultura, pensé en salir al público con una colección editorial que enriqueciera tantos vacíos de la literatura colombiana, he aquí uno de ellos.  


Desde su formación de editor y su intensidad intencional por serlo, ¿qué sintió haciendo este libro?


Bastaría resaltar que este libro es un trabajo de un año de investigación y diseño, en el que han estado involucrados, además de mis compañeros los Poetas Fallidos, muchas otras valiosas personas. Tuve una gran desilusión al esperar resonancia de importantes críticos y ensayistas nacionales e internacionales, en quienes busqué una sombra o tan siquiera leyeran si tenía o no valor esta revista. De la mitad de ellos no obtuve nunca respuesta, de la otra mitad me hicieron entender que no eran expertos en Barba-Jacob y que por ello no escribirían nada sobre él, los demás no hicieron más que reiterar las perogrulladas sobre el cantor de la vida profunda, y, solo de uno, Jerónimo Pizarro, profesor y traductor, quien me honra con su amistad, tengo la certeza de que lo leyó. 


De modo que me sentí profundamente solo al tener una joya de la literatura colombiana en mis manos y no tener con quien compartirla. No faltó quien me dijera que no podía hacer solo este proyecto.


Empero, tengo la premisa al ser esta la primera obra de Fallidos Editores, de que es posible transformar la lógica editorial en Colombia. En donde sólo se publican libros que escriben o compilan autores consagrados. El interés está en recobrar un público amante de la literatura que está navegando en pseudo-lecturas y en instruirlo para que se identifique con los autores de su nación. Esta es la empresa que hoy me convoca: darle al público obras de un espíritu magnánimo, que sirvan a los académicos para hacer nuevos estudios y que pueda leer el ciudadano común amante de las letras.  


¿Como se ha realizado su investigación sobre Barba Jacob, considera que al proponer este libro se proyecta el conocimiento de la vida y obra del autor?


En mi humilde juicio, Barba-Jacob está en un 80 por ciento inédito. Además de sus 120 poemas reimpresos hasta el cansancio, cuatro libros hay de él que compendian su prosa: uno con escritos mexicanos, otro de cartas, el del terremoto en Guatemala y el Cancionero Antioqueño. Restan más de 40 años de artículos periodísticos que asiduamente enviaba a periódicos efímeros como a gacetas oficiales por todo Centroamérica, muchas desaparecidas, mientras otras no han interesado a los investigadores. ¿Acaso el verdadero oficio de Barba-Jacob en su vida no fue el de ser periodista?


Del joven Barba-Jacob hay muy pocos registros, del errante centroamericano apenas anécdotas, de su vida en Angostura y Santa Rosa, de sus viajes a Bogotá y Barranquilla, donde se formó espiritualmente –como afirma en su Divina Tragedia- no hay ni indicios de qué hizo. Son sólo fragmentos, poco fiables y sin fuentes lo que pueda decirse de él. De Maín Ximénez y Ricardo Arenales apenas conozco fragmentos del primero y un artículo sobre Abel Farina del segundo, publicado en La Organización (Medellín, 1908), que nunca he visto en libro. Además de una libreta de apuntes de 1929, inédita, que se encuentra en la Biblioteca Piloto de Medellín y que no ha merecido siquiera un estudio. 


¿Qué aporta, pues, el Cancionero Antioqueño?


Los primeros escritos de Miguel Ángel Osorio son paradigmáticos, puesto que el poeta cosmopolita, homosexual y marihuano fue un joven ultracatólico que le hizo versos a Jesús, que dio clases de etiqueta y buena conducta en Bogotá y que creyó fervientemente en su región antioqueña. La revista es un aporte material para el conocimiento del joven poeta, en donde pueden advertirse (como he dicho en la introducción) diferentes facetas, críticas y discursivas, a partir de las cuales podrán realizarse nuevas pesquisas sobre su proceso para convertirse en uno de los más importantes poetas colombianos.


¿Por qué decidió ser editor, qué lo llevo a serlo y para qué lo es?


En principio soy literato. Investigo la literatura como oficio y pasión. Empero, tras investigar mucho, comprendí que en el proceso algo hacía falta: esto era, cómo difundir los resultados alcanzados. A la hora de hacer un libro la mitad de la inversión se dirige a la diagramación, corrección y diseño; quise, entonces, subsanar dicha carencia. Tardé un tiempo en adquirir las herramientas prácticas, aprendí junto a editores de prestigio cuanto se necesitaba en todo el proceso: desde concebir hasta estar vendiendo el libro. 


Juan José Escobar López es miembro fundador del grupo Poetas fallidos. Adelantó el pregrado de Estudios literarios en la Universidad Pontificia Bolivariana y trabaja como editor independiente.


Foto: Cortesía 

Comprendí algunos errores que se cometen en el medio: no dignificar la labor de la escritura, buscar best sellers, importarse más por la forma del libro que por el contenido, abusar del libro-objeto, y, lo que es más, olvidan la labor primigenia de un editor que es la de rescatar del olvido fragmentos de nuestra historia y la de preparar antologías de lo que antaño se hizo. Como investigador de la literatura colombiana, comprendí el valor que tuvieron y sigue teniendo (en menor escala) las revistas y periódicos en Hispanoamérica, para el desarrollo de las letras y la cultura en general, y es allí donde se erigieron los movimientos y las múltiples expresiones poéticas, costumbristas y ensayísticas, que todas por descubrirse. Basta con echar un vistazo a las publicaciones seriadas del XIX para darse cuenta que gran parte de la obra de nuestros escritores se encuentra dispersa, inédita. ¿Que por qué es importante rescatar lo pasado? Para comprender cómo fue posible que llegáramos a ser lo  que somos hoy. 


¿Qué intereses considera antes de decidirse a editar un libro? 


El valor de un libro antiguo reside en cómo se convierte en reflejo de una realidad inmutable, y a la par nos ayuda a comprender las condiciones históricas de una época en particular, del devenir de un autor o de la materialidad de cualesquier circunstancia. 


Cuando escucho la palabra editor pienso en Alberto Aguirre o en Miguel Escobar Calle, hombres con una mirada aguda, noble y versátil puesta en la cultura, cuyos principios no eran otros que dar a conocer valores estéticos clásicos. Sin duda, para mí ser editor significa ser la tierra firme que erige los baluartes que cree pueden aportar a la sociedad, para que no olvide sus principios, sus costumbres.    


¿Por qué causa llamó su editorial: Fallidos Editores; no resulta esto muy pesimista para su proyecto?


No tiene nada de pesimista, sino de irónico. La ironía socrática hace parte del juego retórico que busca el denominarnos Fallidos. Somos cuatro poetas, los que editamos el libro Lapsus. Ebrios de existencia en 2015. Es así que concibo el error como el acto fundamental del hombre; el progreso mismo del hombre está forjado por la superación de sus errores, la ciencia desde que el hombre tiene memoria se ejecuta bajo el método ensayo-error. En el manifiesto poético que abre aquel libro sentenciamos: “El hombre es el error más hermoso de la naturaleza”. ¿Cómo evadir que fallar es el acto humano por excelencia? Por lo tanto, teniendo la posibilidad entre reír y llorar, como poetas fallidos, asumimos la risa como forma de vida de superar la tragedia de la existencia.