Tardes de taller con Manuel Mejía Vallejo: “¡calma pueblo!”

Autor: Alejandro García Gómez
6 marzo de 2020 - 11:49 PM

Nos mantenía electrizados. Manuel era un maestro de la charla. De su boca, toda exageración salía tan real como cualquiera de las verdades del Apocalipsis y a todos nos amarraba con extraños hilos magnéticos

Medellín

Hace varios años, en la tarde de algún miércoles, a mi curiosidad le dio por asomarse al auditorio de la Biblioteca Pública Piloto de Medellín, donde me habían comentado que se daba un taller de Literatura para aprendices de lectores, de escritores o para todo el que simplemente quisiera asistir a “botar corriente” –como se llamaba entonces a algunas pláticas- alrededor de la literatura por más o menos dos horas. Llegamos varios. Todos fuimos entrando por esas puertas, empujados por intereses disímiles, pero la mayoría íbamos movidos por el mismo motor: adueñarnos de los secretos de la magia de escribir. En la gran silla, con su eterno vaso de ron con Coca-Cola, se hallaba el maestro, que dejaba oír su voz entre los sorbos de su vaso y el humo de sus consecutivos Marlboro.

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La fecha no la guardo con precisión en mi memoria, pero sí estoy seguro de que fue durante los comienzos de uno de esos años de la terrible década del ochenta, cuando acababa el represivo gobierno de Turbay Ayala (1978-1982) –de ingrata recordación para los Derechos Humanos- o cuando comenzaba el de Belisario Betancur (1982-1986), pero que en todo caso continuaba la interminable noche del terror de Pablo Escobar, la de sus indiferentes bombas que estallaban en cualquier calle por donde fueras caminando, la de sus sicarios matones de policías y militares y jueces funcionarios y políticos y empresarios, la de sus viles emisarios lameculos (funcionarios y no funcionarios de la “alta sociedad”) que compraban policías y militares y jueces y políticos y empresarios, la de los altos y bajos policías y militares y  jueces y políticos y empresarios lameculos de alcurnia que se dejaban comprar, la de sus sicarios que estallaban aviones, la de todos esos aciagos etcéteras. Llevaba debajo del brazo una selección de la colección mecanografiada de mis poemas que hasta ese entonces había escrito y que guardaban los secretos de mis asombros y respuestas de mis años en mis lejanas Sandoná y Pasto y los nuevos de Medellín.

 

El discurrir del taller

Para varios de nosotros, la tarde de los miércoles se convirtió en nuestro anhelado momento semanal. El taller con Manuel Mejía Vallejo duraba hasta lo que él tardaba en beber el segundo vaso whiskero de Ron Medellín con Coca-Cola dietética y unos cubos de hielo, que le servían Herminia Albán, Teresita Vásquez u otra compañera, también entrada en años. Él llegaba con el primero preparado por la bella Vicky, la secretaria de Gloria Inés Palomino, en su derecha y de ese brazo, colgando, el saco de su traje. Siempre iba de inmaculados traje, corbata y almidonada camisa blanca con mancornas. Pocas veces de elegante vestido informal. En el sobaco de la izquierda apretaba los “trabajos” de los talleristas que serían comentados por él esa tarde. Saludaba y se sentaba. De ahí en adelante era diferente lo que seguía para cada sesión, pero más o menos había una directriz, no acordada claro, que la manejaba él. Casi siempre comenzaba a conversar sobre temas de actualidad que los hilvanaba con recuerdos o con apuntes literarios de algún autor o con algún poema o con fragmentos de novelas o de cuentos, todo de su memoria. Nos mantenía electrizados. Manuel era un maestro de la charla. De su boca, toda exageración salía tan real como cualquiera de las verdades del Apocalipsis y a todos nos amarraba con extraños hilos magnéticos. A veces intercalaba unos versos suyos o de un poeta al que admiraba. Sabía muchos poemas de memoria, fragmentos de novelas, de cuentos y hasta de ensayos; claro, de quienes admiraba. No faltaban los chistes que también conocía, muchos y muy buenos. Otras salía con alguna anécdota hilarante y las paredes del caluroso auditorio -llenas de enormes ventanas de entrepaños de vidrio- retumbaban con nuestra carcajada.

Manuel Mejía Vallejo

MM Vallejo 

Por su dicción, para mí difícil de entenderla a veces –quizá por su acento antioqueño montañero puro, mezclado con los vapores del ron que empezaban a hacer su efecto-, me sentaba en primera fila. Luego él comenzaba a comentar los trabajos que se le habían entregado la semana anterior, cuando no los había perdido entre sus infaltables noches de miércoles posteriores al taller, con sus amigos en La Comedia, por lo que advertía siempre que no se le entregaran originales sino copias. Si no te lo comentó esa tarde, lo más aconsejable era volver a entregarle otra copia, sin decirle nada: la había perdido. Calificaba en una escala de cero a cinco, y con decimales, así 1,0 ó 3,9 ó 4,1, etc. Si algo le gustaba, lo elogiaba de manera parca, y aprovechaba para hablar sobre algún tema en referencia. Muy pocas veces elogió desbordadamente algún texto. Cuando lo hacía, muchos le caíamos al novel autor para leerlo aparte o aun para copiarlo. Si el texto que estaba comentando no le gustaba, lo decía. Si el implicado ripostaba, dependiendo del ardor de la respuesta, podía no ahorrarse la diatriba, la sátira o el sarcasmo. Algunos protestaban, como ese que le contestó: “Manuel, por qué me dice eso. Mi novia lloró cuando le leí ese poema”. “Mateo se cayó anoche y también lloró”, le respondió. Mateo era entonces su bebé. Si no tenía la respuesta con el argumento perfecto echaba mano de la caricatura. Había que ser muy “nuevón” para responderle.

Con la atrevida y bestial ingenuidad con la que lo arma a uno la juventud, aguardaba entregarle mi selección de poemas, esperando -confiado en mi absoluta certeza- de que me los iba a elogiar. Ese ego que cargamos y que no nos abandona jamás y que entre más viejos, se vuelve más escéptico pero más terco. A los ocho días, por allá en la mitad o menos de uno de sus vasos de ron y tercero o cuarto Marlboro, recibí el comentario y la calificación. Lo que para mis entonces desconocidos compañeros era un aplauso, para mí las consideré calificación y palabras demasiado parcas. Hubiera querido más. Fue mi segunda lección de aprendiz, porque la primera ya me la había dado el rector del colegio donde me gradué de bachiller, quien al leer mi primer poema -dejado como tarea en alguna de mis clases de literatura- y escuchar unos comentarios elogiosos de algunos de mis profesores, dizque dijo que lo más seguro era que ese poema no era mío sino de mi padre que decían que ese sí era poeta. Las dos lecciones se convirtieron desde entonces en una sola para mí: existen dos clases de crítica literaria, la del sabio y la del necio. ¿Cómo distinguir la una de la otra? Esa enseñanza la fui conociendo muchos, muchos años después, porque esa sólo te la da la vida, cuando te concentras con amor y disciplina a este solitario trabajo.

De allí en adelante seguí frecuentando el taller de escritores de La Piloto (así la hemos llamado siempre, con ternura, como si fuera una mujer que se encuentra en las profundidades de nuestro corazón y de nuestro deseo), al tiempo que empecé a tejer a mi alrededor una nueva maraña de amistades y las reuniones del taller comenzaron a prolongarse hacia las noches y las madrugadas de cerveza en los prados o en las tiendas o en las legumbrerías en el barrio Carlos E Restrepo y en los alrededores de La Piloto. Aunque la cita era a las 4 p.m. de los miércoles, él llegaba al auditorio religiosamente entre las cuatro y cuatro y media con su infaltable y enorme vaso wiskero de ron con Coca-cola dietética, el mismo que iba apurando muy, muy lentamente mientras opinaba sobre nuestros trabajos o se desviaba por los vericuetos áridos de la gramática o, de casualidad, algún tema nos llevaba a que nos relatara alguna de sus anécdotas personales con algún escritor famoso, como cuando sufría al contarnos de la amargura de Rulfo con las feroces incomprensiones de su esposa (y de varios de los miembros de su familia) en torno a su oficio y destino de escritor, que se le convertían al maestro mexicano en ardorosas e interminables peleas familiares (y hasta depresiones). Cuando se presentaban discusiones nuestras dentro del taller -que eran muchas veces-, las escuchaba con paciencia y si el alegato se empantanaba o se volvía álgido, mediaba con su vaso en alto y con su dicho “¡calma, pueblo!”. Cuando eso ocurría sabíamos que había llegado el momento de que nos daría a conocer su criterio, como siempre ocurría.

 

Quiénes éramos algunos de los “talleristas” de entonces.-

Terminada la sesión en el auditorio, se llegaba a nuestra segunda reunión, sentados –botella en mano- sobre los prados del “Carlosé” o encaramados en los cajones vacíos de cerveza de sus tiendas o de sus legumbrerías, en los alrededores de La Piloto. Allí fuimos compartiendo con las locuras de Gilberto Luque, (infaltable en sus rondas de cerveza, que al comienzo no sabíamos cómo las aportaba porque carecía de trabajo, de fondos y casi que de familia, ya que nunca supimos nada de ella; mucho más tarde descubrimos que “su ronda” seguía más o menos este “proceso”: indagaba y descubría dónde se hallaban aquellas botellas de cerveza que no las echarían de menos en la despensa de la legumbrería; entonces –en algún descuido- él recogía nuestras botellas vacías y las cambiaba por otras pero llenas, con la mayor tranquilidad del mundo, caminado hasta con cierta elegancia. Lo celebramos inicialmente, pero –pasada la alegría - no niego que nos asustó su prodigalidad), él era nuestro “Ángel oscuro”, título del poemario que Manuel le hizo publicar bajo el sello editorial de La Piloto. Jamás lo volví a ver, aunque alguien me contó que aún vaga como un “Ángel Oscuro” en una de tantas calles perdidas de Medellín; otros me lo señalaron por las cercanías del Teatro Pablo Tobón Uribe. Una tarde leyó: “Hay un ángel oscuro/ que me besa en la boca;/ y me atenaza en la niebla con sus ojos de serpiente// Estoy asqueado de todo esto,/ me dice (…)”. Luego siguió: “A veces la lluvia del cielo te visita/ y dejas que toque tus senos blancos./ Es dulce tu amor, ¡mira cómo brilla!/ Tu piel agitadora de mi cuerpo,/ mujer denuda en la luna”.

-¡Luque, sos un poeta, carajo! ¡Qué bello esto! Vamos a ver la manera de publicarte el libro -le gritó Manuel, con su vaso escanciado en alto.

Y, con la diligencia franciscana en el manejo del recurso público de Gloria Inés Palomino, la directora de La Piloto de entonces, se lo publicó (LUQUE MEZA, Gilberto. “El Ángel Oscuro”. Biblioteca Pública Piloto. Taller de escritores. Editorial Lealón. Medellín. 1984. 96 pp). Ese ángel oscuro provenía de Remedios (Antioquia).

Otro miércoles, ya muy avanzada esa aciaga década, se sentó lejos de todos un hombre muy joven. A la semana regresó por los comentarios a su texto. Jorge Marín, obrero de la construcción según alguien que no recuerdo, el poeta a quien me refiero, nunca habló con nadie. Otro le pidió sus textos y leyó: “…Hoy el curso de los ríos / permanece en mis manos:/ Su cuerpo abierto como la vida/ ha venido a cerrarse al mar;/ mis brazos/ son dos palabras de su canto,/ mi boca una hora extraña/ que nunca termina en su pasado.// La noche/ es el silencio de su rostro” (Mido sus manos con la desnudez de un pájaro). Los títulos de sus poemas, como el anterior, eran otro poema. “El viento es un recuerdo de las aves”, por ejemplo. O éste: “Un canto en la vieja casa ha terminado por callarse en el mar”. O este otro: “El universo está roto en su boca”. Al igual el título del libro (MARÍN, Jorge. “En este día tan lentamente aprendido”. BPP. Taller de escritores. Ed. Lealón. Medellín. 1990. 136 pp. (Con apoyo de Colcultura).

Y recuerdo la presencia de Marcial Berrío (su seudónimo, porque desistí del esfuerzo  de aprenderme su nombre real), su dominio de las áridas gramática y ortografía castellanas, además de su juego y sus historias de ajedrez. Me asalta el silencio y el aura de misterio con que se cubría Aarón Rodas (otro seudónimo; nunca escuché su voz, él jamás hablaba, sólo escuchaba callado, siempre), tampoco nunca supimos su verdadero nombre y desapareció con el mismo sigilo con el que apareció y llegaba a sentarse en el caluroso auditorio de La Piloto, hoy desaparecido por las reformas arquitectónicas entregadas en el 2019, después de algunos años de cierre. Escucho el hablar entrecortado de “El Chino” (apodo exacto para su apariencia, sólo que era bastante más alto que cualquiera de “sus compatriotas”); luego supimos que se había ido a cuidar los bosques y las selvas de la patria, armado de unos libros, unos cuadernos un lápiz, un bolígrafo y un sueldo del gobierno; no sé si también se lo tragó la selva como a Arturo Cova o a Clemente Silva; jamás lo volví a ver.

Veo el cartapacio de la interminable reescritura de la novela de Jorge Corredor, quien trabajaba en asuntos de meteorología y aerodinámica en una empresa y centro de estudios y que cuando no llegaba a la cita de los miércoles, sabíamos que era porque andaba en una de esas farras de una o dos semanas continuas; finalmente culminó la novela y la tituló Coordenadas del silencio; en la web se habla de ella y de él. Me aparece de pronto la bonhomía, la solidez y la poética de los cuentos de René Jaramillo Valdés quien además de sus libros de cuentos y sus novelas que fue escribiendo lenta y disciplinadamente, devino después en locas aventuras empresariales, una de ellas la de editor; riesgos de los que debió apartarse antes de que quedara hundido su patrimonio familiar en esa empresa.

Y sigo. Me llega atronadora, la verborrea incontrolada de las mentiras estrafalariamente creíbles de Juan Crisóstomo Perdizco (seudónimo para nosotros con más valor que su nombre real que nunca nadie supo). Sus verdades-fábula eran más apocalípticas que algunas de las de Manuel. Él era el discípulo verdaderamente amado; el único que podía hablar con su vozarrón lo que le diera la gana sin que el maestro lo parara (o hasta lo aplastara como al resto a punta de caricaturas que movían a la hilaridad). Una tarde de miércoles de taller, Perdizco no se presentó y empezó a esparcirse -de silla en silla- la humareda de los ardientes comentarios de sus bondades de muerto insustituible; al año resucitó con una borrachera de esas que sólo él podía pegarse. Casi se nos marea a causa de nuestros prolongados abrazos y los besos de las compañeras. Varios, varios años después de las tardes del taller, lo encontré una noche, leyendo historias y poemas desde un cuaderno ajado, a unos clientes a quienes cuidaba ocasionalmente su vehículo en una calle de bares y restaurantes de ricos; a todos los mantenía hipnotizados. Y sigo, con su permiso. De César Herrera nos fuimos acostumbrando a sus poemas, a sus cuentos y a su amplia e inteligente frente, cada vez más y más amplia y más brillante. Cuando llegó al taller, venía de ser finalista de un concurso nacional en el que uno de los jurados había sido el expresidente Belisario Betancur; el relato de Herrera se ambientaba en la barbarie de ambos lados feroces, sanguinarios y criminales, los hechos de la toma y los de la retoma cruenta del Palacio de Justicia de 1985. ¿Sufriría Belisario?

Y prosigo, con su consentimiento, si me lo permiten. Cómo olvidar los poemas del profe “Pirrullis”, de sus innúmeros discípulos de sus talleres literarios. El Pirrullis es el mismo quien hoy figura en sus documentos legales como el poeta Édgar Trejos. Y si de historias inverosímiles pero reales y comprobadas se trata, ahí va otra anexa a una interminable Coca-Cola litro y medio que la mano siempre bondadosa de Juan Mares sacaba de su mochila de cabuyas para compartirla con sus amigos junto con las historias de su vida, ya como campesino en Guatapé o en Tierra Alta (Córdoba), ya como soldado PM del ejército nacional en la IV Brigada de Medellín, ya como convaleciente junto a los enfermos terminales en el Hospital La María (hoy el General), de Medellín, de un accidente en las bananeras de Urabá que casi se lo lleva; en esas bananeras hizo todas las labores correspondientes, “menos administrar ni desmanchar” en las plantaciones. Y cuando digo todo es todo. Y después de validar su primaria  en la IV Brigada y luego un bachillerato nocturno en Medellín, estudió una licenciatura en letras de la U de A (Medellín) y se dedicó desde entonces al magisterio y a la labor cultural en el Urabá, el caribe antioqueño, donde ya había fundado el taller literario Urabá Escribe que funciona desde 1985. En ese mismo Urabá al que llegó como chapeador de canales y botalones, empacador, sellador, cartonero, barcadillero, cunero, empinador, cortador, garruchero, auxiliar de deshoje, embolsador, regidor de abono, regador de rechazo de boleja, lavador y empacador de fruta, gurbiero, etc. (todas las labores menos las señaladas) en algunas de las empresas bananeras de la región, y allá mismo, después de años, fue seleccionado por el Canal Caracol como uno de sus Titanes de 2019. Su quehacer poético también lo llevó por dos ocasiones a hacer lecturas de su obra en el recinto magno de la Universidad de Salamanca.

Y ahora sigo -siempre con su benevolencia- con las inagotables pilas y pilas de cuadernos del refresco popular de entonces, marca Moresco, repletos de poemas, que brotaban uno tras otro del inagotable caletre caribeño cordobés de Ángel Rosendo Álvarez, que devino en pastor de una iglesia cristiana, primero en un barrio olvidado de la Medellín y luego se retiró hacia algún rincón olvidado de una de las tantas selvas colombianas. Alguna vez me pidió que le leyera y le colaborara con sugerencias, pero ante todo con la corrección de cada uno de sus poemas. Acepté, pero eran tales los rimeros de poemas que semanalmente me adicionaba, que debí parar. En algún otro recatado y discreto lugar del auditorio se sentaba siempre Olga Helena Martínez con su libretica de apuntes, la adelantada estudiante de Medicina de UPB que, desde ese tiempo, buscaba el sigilo del seudónimo Palas Atenea para la presentación de sus textos, también por su admiración a la cultura griega antigua, claro; una incógnita que todos conocíamos. Cuando Manuel nombraba su seudónimo para comentar sus trabajos, todos la volteábamos a mirar, y ella sin descomponerse. Jamás faltaron las borracheras interminables en el tiempo y en el espacio de Everardo Rendón, que –luego de beberse las “helaítas” con nosotros- hacía tránsito por un resto de bebederos de Medellín. Empezaba en “nuestra” legumbrería y de ahí al Guanábano o a la Huerta o a la Boa u otro de tantos lugares a los que estaba expuesto un borrachito noctámbulo en Medellín. Eso sí, a él jamás le perdonábamos si no nos leía su poema “La maestra de escuela: “Usted tenía las manos de ternura y tiza/ señorita Gilma/ Qué lección tan preciosa escondía bajo su falda pulcra: / Usted tenía los ojos grandes / como los soles que nos pintaba en el tablero […]”. La Mona Luz Helena nos daba a conocer sus primeros poemas en sus infaltables amanecidas de miércoles. Jamás faltaron las preguntas impertinentes o los aciertos de alguna casual o de las eternas asistentes, ya entradas en edad (quienes voluntariamente se encargaban de mantener el nivel deseado de la mezcla de ron del vaso de Manuel, como dije, cuando él aceptaba el segundo), contrapuesto al humor fino de los relatos verbales de Magnolia Molina, también abuela de varios nietos. Pero él jamás desdeñaba alguna respuesta para ellas.

Una tarde de cerveza post-taller, alguien mostró la novela de Juan Marsé Si te dicen que caí. Nos pareció un bello título, aunque quizá muchos no conocían que ese era uno de los versos del himno de la Falange Española, Cara al sol, que tiene otros también de esa calidad, así fuera un himno de triste recordación para nosotros a causa de ese grupo político de corte fascista. Entusiasmados, los entonces noveles poetas Everardo Rendón y Édgar Trejos se retaron a escribir un poema con ese título. Conozco el de Everardo –“Si te cuentan que caí”- no así el de Édgar, quien me confesó –para esta crónica- que lo tiene traspapelado: “Si te cuentan que caí / No te detengas / Y sigue avivando las fogatas / en medio de la lluvia / para que la nieve no borre / mi pequeño nombre / y encuentres el sitio exacto de mi caída […] Si te cuentan que caí / no eches al cesto de tu olvido / mi ternura de hombre / cubriendo tus grietas / pero, sobre todo, / no olvides / no olvides que caí”

Juan Manuel Cuberos y Teresita Yáñez de Cuberos

Una tarde las hileras de las sillas del auditorio empezaron a pasarse el rumor de que nuestro amigo Juan Manuel Cuberos –casi imberbe aún- no volvería nunca más. Él era mucho más joven que el resto de nosotros; estudiaba la carrera de Filosofía en la Universidad de Antioquia, en donde vendía unas galleticas con espinacas a sus compañeros, como una manera de ayudarse a autofinanciarse en algo; tomaba de la misma cerveza de legumbrería o de tienda que el resto, sentado también sobre los mismos bancos improvisados de los cajones vacíos. En vacaciones se convertía en ayudante del bus de la Flota Magdalena que manejaba su cuñado, y cada día trabajaba duro como aprendiz de poeta. La crueldad de la guerra de esa década lo confundió con otra persona, en un absurdo fatal, común locura para entonces (en Mercaderes de la muerte del periodista Edgar Torres Arias, publicado por el Círculo de Lectores, pp. 198 y 224, se dilucida el irracional y bárbaro crimen). A las pocas semanas, reemplazó su silla en el taller una menuda y callada anciana que se fue ganando nuestro respeto y, lo que es más, nuestra confianza y cariño. Era su madre, Teresita Yáñez de Cuberos, que luego nos contó que empezó a buscar los caminos, los libros y los amigos recorridos por Juan Manuel. Buscando al hijo asesinado, se perdió -o se redescubrió ella- y tropezó con los libros que había leído; encontró papelitos de notas “señalados con su letra y con sus mismas faltas de ortografía con las que jamás pudo”, según las palabras maternas. En la maraña de estanterías de los volúmenes de la Biblioteca Pública Piloto, también reencontró su dormido deseo femenino por la lectura y la escritura y se alineó con el disciplinado grupo de Marina Aristizábal y el sobrio Jaime Torres, el único de entre nosotros que dominaba perfectamente la lengua latina, y que jamás alardeó de eso. A veces lo he consultado y él, amablemente, me ha ayudado con sus luces traductoras en la corrección de alguna de mis incipientes versiones, a las que me obligó mi libro de crónicas (Sur, donde las rocas secretamente florecen. Crónicas”, Pasto, 2018).

Posteriormente, y a partir de su “llegada” a La Piloto, Teresita (qepd) publicó alrededor de cinco libros, uno de los cuales lo editó la Biblioteca por deseo y solicitud del maestro Manuel (De este lado de los sueños), que es algo así como una autobiografía, con calidad literaria. En Juan Manuel y en Teresita me inspiré, y a él y a su madre está dedicado mi cuento Nuestra tierra prometida, de mi libro No es por azar que nacemos (Medellín, 2004).

 

 

Nace Mascaluna

Una tarde cualquiera de mediados del año 94’, a alguno de nosotros, todos enrumbados, se le ocurrió: “¡Hey! Fundemos una revista”. Quizá fue César Herrera el de la ocurrencia o Everardo Rendón o René Jaramillo o La Mona Luz Helena Vélez. Cualquiera. Yo no fui; escuché y me gustó la idea. ¡Quién dijo miedo! Esa misma noche de farra se concretó la revista y, pasada la fiesta, nos dimos a esa tarea. Nos citamos para el siguiente viernes en la cafetería de La Piloto y así fue como la tarde del 8 de julio de 1994, estábamos fundando nuestra revista, según los apuntes del “libro de actas” que el empresario-poeta, René Jaramillo Valdés, lleva minuciosamente. Todos estampamos nuestras firmas y no sé si subsista ese “libro empresarial”. Director, César Herrera.

Algunos talleristas

Algunos talleristas de la Piloto, reunidos después del taller: René Jaramillo, Marquitos, Alejandro García Gómez, (parado) Luis Jaime Agudelo, Audalicer Montoya (en el extremo derecho).

En reuniones posteriores fuimos tratando varios puntos: nos pusimos de acuerdo en que el objeto esencial de ella sería publicar –junto a consagrados- a nuevos escritores; a aquellos que ya habían torcido su destino por el trabajo literario disciplinado, pero que carecían de los medios para publicar. Luego comenzamos a escoger cómo la íbamos a “bautizar”. Descartamos muchos buenos nombres provenientes de las literaturas griega,  latina y de otros tiempos y latitudes. Finalmente yo les hice la propuesta: Miguel Ángel Asturias, en su libro Leyendas de Guatemala –que acababa de leer- tiene un texto que se llama Leyenda de las tablillas que cantan, que trata de los eventos poéticos del pueblo maya, los festivales de los Mascadores de Luna, como eran denominados los poetas. Allí el narrador en tercera persona habla de Utuquel, un mascador de luna para quien “crear es robar… [porque un artista] es un robador de cosas sabidas y olvidadas”. Convinimos en que por ahí era el asunto: Mascador de luna. No nos gustaban dos hechos: el nombre era masculino (para una revista de literatura, aunque hay muchas con nombre masculino), pero más que todo era muy largo para el diseño de la carátula. A alguien se le ocurrió recortarlo a Mascaluna, y así quedó: Mascaluna. Revista Colombiana de Arte y Literatura.

También por esas mismas fechas, mitad del año 94, a pocos días del (¿impune?) asesinato del futbolista Andrés Escobar, alguno de mis amigos del taller literario de La Biblioteca Piloto, propuso que esa sesión de miércoles la cambiáramos por el taller que estaba coordinando un poeta cubano que -en junio- había sido uno de los invitados al Festival de Poesía de Medellín. De La Piloto al barrio Prado –sitio donde el cubano hacía el taller- nos arracimamos en el Suzuki que yo me había ganado en una rifa del colegio Inem donde laboraba como profesor de Química, Biología o Ciencias Naturales. Llegados a una casona de Prado, La Mona Luz Helena, César, Everardo y yo –la falta de René se debió al tiempo que le quitó otra de sus locas aventuras empresariales- nos encontramos con “un hombre sencillo, accesible y tierno; que abre el corazón fácilmente; que no calcula la maldad en los demás sino que saca lo que tiene; que los momentos difíciles los recuerda como medios para salir adelante y no para victimizarse”, como lo “definirían” unos meses después, luego de convertirlo en parte de nuestra familia, Ligia, mi esposa, y mis hijas, quienes lo adoptaron como su “Tío Pepito”, el único “tío” de entre los amigos de su padre.

Menchi, mi hija menor, le compraba los dulces que a ella le gustaban en su colegio y me los encomendaba cuando sabía que me encontraría con él y –un tiempo después- a su Cuba natal, cuando partió y yo tenía a quién encomendarle mi carta, con los dulces de Menchi y alguna mínima cosa que se me ocurría (la encomienda debía ser pequeña y liviana). Desde esa tarde del Barrio Prado, el poeta José Pérez Olivares quedó condenado para siempre a ser el amigo de todos. Días después le participamos el proyecto de nuestra revista; inmediatamente accedió a colaborarnos y se convirtió en otro mascaluna. Este santiaguero, había trabajado también en el diseño y diagramación de libros y revistas en su natal Cuba, porque había estudiado artes plásticas en La Universidad de La Habana, y las había enseñado en su país y, en ese momento, trabajaba también como profesor de las mismas en el Instituto de Bellas Artes de Medellín, trabajo que alternaba con la coordinación de talleres de poesía; hoy es español por adopción, porque su abuelo español vino a la isla a pelear bajo las órdenes de Maceo y se quedó a vivir allí. Pepe vive en Sevilla desde 2003 y ha ganado varios concursos de poesía. En la web hay lecturas suyas, originadas desde España. Él también nos acompañó al lanzamiento de Mascaluna en marzo de 1995, como aparece en la web. Pepe además de colaborarnos con diseños y diagramaciones, nos aportó sus reflexiones críticas, textos y, ante todo y sutil y diplomáticamente, su experiencia y enseñanzas.

Una vez teníamos listos todos los acuerdos, habíamos elaborado la selección para el primer número, etc., venía lo real y lo duro y lo concreto: la financiación, el dinero para esa edición. Acordamos buscar mecenazgos hasta donde se pudiera y lo que faltara saldría de nuestros propios bolsillos. En el primer número, el más sustancioso aporte de patrocinio lo hizo la empresa Transempaques ltda, de los sucesores del poeta Carlos Castro Saavedra. Otras dos “empresas menores”, también nos aportaron: “Taberna Palabras” (del Parque Obrero) y “Mágico Cuarzo Dipranava” (dijes de oro y cuarzo), ambas de Itagüí. Dos amigos nos colaboraron lo que estaba a su alcance: los entonces noveles escritores Víctor Raúl Jaramillo –quien comenzaba con su proyecto de Consultorio Filosófico, que fue la publicidad que “pagó” a Mascaluna- y Édgar Trejos, con otra publicidad como promotor de lectura y talleres de literatura. En los siguientes números siempre hubo mecenas, así la mayor parte del sostenimiento nos hubiera tocado a nosotros siempre. Entre 1994 y 1995, nos habíamos dedicado a aprender a editar. La primera carátula nos la diseñó María Isabel Posada V., hija de nuestra compañera Luz Helena Vélez, La Mona.

El primer número salió el 22 de marzo de 1995; esa noche La Piloto nos prestó el auditorio y la lanzamos al público. Juan Crisóstomo Perdizco, amigo de Mascaluna siempre, no sé cómo consiguió un impecable traje de mesero y nos hizo la ayuda del servicio de los licores y pasantes por el tiempo que duró la ceremonia. El siempre bondadoso escritor Gardeazábal  nos hizo la atención de presentar Mascaluna con el discurso oferente esa noche: “Encontrar quien quiera publicar lo que se escribe en estas épocas en que la escritura ha perdido tono, los lectores cada vez claudican más ante las tentaciones de la modernidad audio-visual y la cultura, ha pasado a ser cuando no un instrumento burocrático, es una novedad que merece celebrarse así sea con una vana metáfora o una esperanzadora parodia del oficio que desde hace tanto tiempo desempeñamos. […] … [...] Que el dios de sus mayores les dé vida porque no creo que él sea capaz de conseguirles lectores”. (Gustavo Álvarez Gardeazábal. “Palabras para presentar el primer número de Mascaluna”. Revista Mascaluna, #2, septiembre de 1995. El discurso completo también se encuentra en la web: https://www.youtube.com/watch?v=OmWoJdnjqvA). La revista continuó y llegó hasta la edición número 12, de abril de 2006. También en la web hay alguna parte sobre esta revista, trabajo que ha hecho su director César Herrera. Tuvimos la fortuna de que a Mascaluna llegara posteriormente nuestro amigo, el poeta Helí Ramírez –de quien se publicó una entrevista exclusiva para Mascaluna, una reseña suya a la primera novela de René Jaramillo (Dios no es el asesino) y poemas inéditos de dos libros que no he podido encontrarlos publicados: TARARATATATAAA…PUMM…” (# 2, septiembre/1995), así en mayúsculas sostenidas y “NNs en poemas” (#11, octubre de 2004)-.

 

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Lo que significó el taller para nosotros

Sentados sobre los cajones de la cerveza que nos íbamos bebiendo, descubrimos que la escritura literaria no se enseña sino que se aprende; que el maestro es un guía de lecturas y de reflexiones a quien debes aprender a soltarlo a tiempo –para no convertirte en su imagen especular- pero agradecerle eternamente; que si quieres aprender a escribir, antes debes aprender a leer; que si no escribes disciplinadamente, no aprenderás a escribir jamás; que nunca terminarás de aprender y que aunque todo esté dicho entre el cielo y la tierra, tu propia mirada, sobre tu cielo, bajo el sol que te cubre y con los tuyos que te rodean, siempre será nueva. Cada miércoles se repitió el sagrado ritual de nuestra liga desligada, hasta que cada cual torció por su propia esquina. Hoy volvemos a ella, a La Piloto, como a la casa de la madre, y se rejuvenece nuestro corazón.

Taller de escritores o tertulia o “Botadera de corriente”, las reuniones  de los miércoles en la tarde con Manuel Mejía Vallejo se convirtieron en nuestro “aprendizaje” y punto de encuentro irreemplazable. Algunos hemos seguido con la terca manía de la escritura y cuando volvemos a encontrarnos es como continuar una charla suspendida; otros se olvidaron de nosotros de la misma involuntaria manera que nosotros de ellos. De cualquier forma, para quienes asistimos a ese taller o tertulia en los años ochenta y comienzos de los noventa en la Piloto, jamás podremos desconocer o negar que Manuel fue uno de nuestros maestros; algo más que un mojón en nuestra vida. “Calma, pueblo”.

 

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