Sobre Nathanael West y Ms Lonelyhearts: N. York y todo por el absurdo

Autor: Memo Ánjel
2 abril de 2019 - 10:43 AM

No hay moralidad, solo medicina

Nathanael West. Miss Lonelyhearts

Medellín

Gente absurda

Nueva York, años 30, con residuos de los 20 y de la quiebra económica que se llamó el gran Crash. En esa ciudad mutante solo hay absurdos continuados, los unos legales, los otros ilegales, los más porque la situación lo genera o se dan por generación espontánea. Por esos días de gente vencida en términos económicos y morales, intentos de revivals (predicaciones exaltadas y predicadores delirantes), prohibición de venta de licores y violación permanente de esta ley, humoristas como Sidney Joseph Perelman (que hacía reír a los cómicos), periódicos que se vendían a punta de emociones (Joseph Pulitzer se volvió millonario creando la prensa amarilla), judíos todavía hablando en idish, mafias de todos los cortes nacionales (italiana, irlandesa, negra, judeo-gitana), Jazz que ya se vende en discos y almacenes abriendo y otros en quiebra, que el absurdo sea un objetivo a cumplir, es cosa de cada día y cada noche. El american way se ha ido al piso, los locos aumentan, los siquiatras hacen experimentos con cal y opio, el dinero se mueve de manera rara (leer El gran dinero y Manhattan Transfer, de John Dos Passos), la policía se corrompe y las perversiones no son raras, para gusto posterior de Henry Miller y su Trópico de Capricornio.

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Y como pareciera que en Nueva York la gente absurda es lo normal y que Baby Ruth (el gran beisbolista) terminara siendo un chocolate de precio bajo sin que nadie se inmutara, lo que se ve y oye en las calles y los cines, en las escaleras de incendios de los edificios y en las redacciones de los periódicos, hace parte de lo cotidiano. Y si bien lo absurdo es lo que riñe con la realidad, la realidad apenas si ruñe lo absurdo y se alimenta de él, siendo una realidad tipo B, como las películas de bajo presupuesto y mal director; esas donde los monstruos eran de papel maché y los actores cualesquiera que supiera hacer gestos o se dejara levantar la falda. La ciudad bulle y se alarma, hoy es una y mañana es otra, muta y se transmuta, vuelve a lo suyo y se dispara de nuevo. Nueva York es un resorte, un hot-dog con exceso de picante, una arquitectura de gente sola (como la que muestra Edward Hopper), pero que en realidad (o en estado de absurdo) no está sola dado que la esquizofrenia les pone un compañero adelante con el cual hablar, pero sin tocar, pues uno no toca su propio fantasma. Y esta gente absurda que aparece y desaparece, esa que Woody Allen usa tanto en sus películas, crea una vida acelerada y variopinta que devora y regurgita a la Gran Manzana, que es bella por fuera, pero contiene una buena gusanera adentro, con gusanos buenos y malos, despiertos y dormidos. Muchos esperando una revelación divina para ser espíritu.

La gente absurda, que en la literatura francesa es tan trascendente (o si se quiere, existencialista), en la Nueva York de los 30 ni siquiera se pregunta si está viva. Solo corre, sube a los buses y a los metros, come caminando y entra a los cines para ver sus ilusiones, que duran un par de horas y de nuevo a la calle, a lo propio. De esta gente absurda habla Nathanael West (nacido Wallenstein Weinstein), quien también hizo parte de ella y de manera muy activa. Si las cosas no se dan, en el absurdo se dan, sería la teoría.

Una novela absurda

En las dos décadas de entre guerras (1919-1939), el absurdo tuvo un buen caldo de cultivo. Los hombres jóvenes se habían matado como nunca y habían convertido en casa las trincheras, las mujeres trataban de liberarse y el machismo las hundía, los emergentes lucían su riqueza con arquitecturas de poder,  D’s se había vuelto un negocio y reclamaba plata como loco, los niños veían la destrucción de sus hogares (padres borrachos, madres borrachas), la inflación hacía de las suyas y de las imprentas salían periódicos con títulos escandalosos, novelas policiacas, panfletos antisemitas y otros anunciando el fin del mundo, carteles sugiriendo pecados y novelas cortas denunciando la situación a partir de la sátira, la contravención de los valores o planteando mundos extraños en Marte, Venus y Saturno. Y si por casualidad se imprimía un libro de viajes, en ellos se leía cómo pasar por el infierno o encontrarse en el camino con los más diversos diablos, en especial con los de las repúblicas bananeras, tal olvidadas de D’s y de cualquier insinuación de razón. Claro que las élites, para lucir su snob, leían a Franz Kafka, Hermann Broch, Scott Fitzgerald, Sherwood Anderson y a Henry Ford (las más delirantes), para enterarse de lo que sucedía en las afuera de sus casas y jardines. Sucesos que las alarmaban y por ello había que beber licor fino y vestir un pijama de seda. Sus camas eran muy grandes y barrocas.  

Primera edición de Miss LonelyHearts

 En 1933, sale al mercado una novela: Miss Lonelyhearts (señorita corazones solitarios), que habla de una Nueva York vista desde un periodista que escribe columnas para dar respuesta a las muchas cartas que le llegan de gente desesperada. Los remitentes hablan de parejas enfermas, de que les hace falta la nariz, de que no saben que es el amor y han rezado, pero en vano; de sus matrimonios terribles, de los trabajos que pierden, los jefes que los acosan etc. Y el periodista, que no tiene más nombre que el de su columna (Miss Lonelyhearts), da consejos, crea esperanzas, insinúa caminos, pide paciencia y hasta, entre líneas, pide a su remitente que se suicide. Puede decir cualquier cosa, recurrir a los clásicos, a la Biblia, el caso es que, como le dice su jefe, puede escribir lo que quiera con tal de que el periódico se venda y se lea. Lo tiene claro: a la gente le gusta leer lo terrible y la respuesta que se dé no importa. Lo que interesa es la carta mal redactada, su contenido escabroso, la vulgaridad que contenga. Ya, lo que se responda, a ella, es un mero anexo. Los lectores absurdos necesitan que les revuelvan sus cerebros. Y esto lo hace un periodista, que también es absurdo, que bebe en bares clandestinos y lleva una vida disparatada en la que cualquier cosa que le pasa es lo correcto, aún que lo echen del empleo, cosa que su jefe no hace porque el periodista es quien le calienta a su mujer.  Claro que hay un lisiado (lector del periódico al que su mujer envía cartas) que no entiende que esto suceda con su pareja y al final, caminando como puede, llega hasta el edificio donde vive el periodista y le pega un tiro sin que se sepa bien si se lo dio a Mis Lonelyhearts o el lisiado se lo pegó a sí mismo. O la bala solo tumbó una lámpara o mató algún murciélago que ya se disponía a dormir. Para más absurdo, el revólver o la pistola la traía el lisiado en una bolsa, lo que lleva a no saber el calibre de la bala y el empuje del martillo. Y qué le pasó al espíritu de Mis Lonelyhearts, que ya era mesiánico. 

La prensa popular neoyorkina celebró el fin de la prohibición.

 

La novela, satírica y absurda, muestra una ciudad que, más que un plano con objetos y vacíos adentro, es más un bar que otra cosa. Un bar en los bajos de una casa roja, lo que lo hace muy identificable a quienes aplican la ley de la prohibición de licores, enmienda VII de la Constitución de los Estados Unidos. Pero ellos mismos van a beber y hacer de las suyas allí.  Y como la ciudad es un bar clandestino en la que todos se reúnen porque si no, qué pasara con ellos, con sus sobresaltos y necesidad de hablar, tocar una mujer ajena o simplemente mirar al barman que, impasible, lava vasos, respira el aire viciado por el humo e indica con el mentón dónde está ese alguien que otro busca, lo absurdo es la normalidad. Ya se sabe, la minoría es el enfermo. Si todos son absurdos, quien no lo es está en peligro y hay que tratarlo.

Un escritor de vida absurda

En una novela siempre está el escritor. Su trabajo es su monólogo, lo vivido, lo intuido, lo inesperado o lo pensado. Y su esquizofrenia, con salida cuando pone la palabra fin. Y aunque algunos alegran objetividad, lo cierto es que lo subjetivo se inserta por muchos lados, como las polillas, las manchas de café o las huellas dactilares sucias en los libros. Para el caso de Nathanael West (nacido Wallenstein Weinstein en 1903 y muerto igual en 1940, a finales), su vida absurda produce textos absurdos dentro de una sociedad que, absurda, los toma como parte de la rutina. Y es neoyorquino (¿nuevayorquino?) de la primera mitad de siglo, cuando la ciudad huele a zanahorias, cebollas, ajos, quesos, carne seca, perfumería barata y a humo salido de las chimeneas de las casas, las fábricas, los autobuses, los camiones y los Ford T, que no solo invaden carreteras sino barrios, marcando su territorio con olor a gasolina y aceite. Nathanael West es de clase media, sus padres son judíos lituanos de habla alemana y su vida como estudiante es desastrosa y azarosa, pues se hace pasar por otro y entra con las notas de él a la Universidad de Brown, de donde sale con la cola entre las piernas, pero convertido en un lector insaciable, en especial de Oscar Wilde, Herman Melville (pareciera que Bartlevy, el escribiente, le dijera por dónde debía escribir con la premisa de lo hago pero me gustaría no hacerlo) y O’Henry, a quien le aprende el asunto de lo inesperado urbano, cosa que nace de las apariencias. Pero más que la lectura y un viaje de tres meses a Paris, lo que lo hace como escritor es ser director nocturno de un hotel de medio pelo en Manhattan, de donde sale uno de sus libros, El día de la langosta, donde también cuenta lo que es ser guionista en Holywood de películas serie B, que exigían actores medio locos y actrices prostibularias, argumentos que se pudieran desarrollar en escenarios de cartón y directores delirantes como Ed Wood, considerado el peor del mundo en series B y por eso un clásico.

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Nathanael West murió en un accidente automovilístico. Nadie sabe cómo la mujer se subió al auto, si todos sabían que conducía como si fuera manejando un pez por encima de una superficie de aceite. Total, se mataron y ahí queda Miss Lonelyhearts, la mejor de sus novelas. También quedó Sidney Joseph Perelman, su cuñado: el escritor cómico más erudito de Nueva York.  

De sus frases, la que más me gusta: no hay moralidad, solo medicina. Es que todo se puede tratar con pastillas y masajes, dicen y anuncian.   

 

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