Patrick White y la tierra de Voss (O la vida es como es)

Autor: Memo Ánjel
22 marzo de 2020 - 12:40 AM

En cada momento que vivimos y respiramos, amamos, sufrimos y morimos.

Patrick White. Voss.

Medellín

Australia

Si se habla de un enorme desierto flotante, de terra australis incognita, de código de sangre y de hombres y mujeres que se hicieron como bien pudieron entre extensiones, aborígenes y animales nunca vistos y otros que trajeron y adaptaron, la palabra que define esta mezcla es Australia. Y no se sabe quién la descubrió, aunque se habla de portugueses, malayos, holandeses y otras gentes marineras, todas de mala clase.  Solo en 1770, el capitán James Cook, hizo un mapa de parte de la costa y decidió bajar a la playa e internarse un poco para ver qué había. Pero Cook vio poco, veía mal y presumía más; incluso fue devorado, eso dicen, por los maoríes, gente que ya sabría del sabor de la carne de los blancos. En los mares desconocidos pasan cosas y hay más leyendas que historias ciertas. Sobre las olas viajan los delirios, los exilios, los confines del fin de la tierra. Pero para el caso de Cook, sobre esas aguas que navegaba su barco, llegó Inglaterra, que ya también había tocado la India y comenzaba su imperio.

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Australia, ya en mapas (en trozos), fue la posesión austral inglesa, la gran isla del sur y el mejor castigo para los criminales ingleses, escoceses, galeses, irlandeses y negros de las Antillas, a los que el Bloody Code (el código sangriento) condenaba, por robar legumbres, madera, alguna pertenencia del ejército, un pequeño asalto, un acto nefando, con la pena de muerte o los trabajos forzados. Y que esto sucediera, se debía a la cantidad de inmigrantes (muchos regresaban a sus lugares) que habían llegado a Londres después de la revolución norteamericana. La mayoría, para sobrevivir, se dedicó a la delincuencia, las cárceles se atiborraron y de alguna parte, quizá de la cabeza de John Stwart Mill, autor del utilitarismo, o de las tesis que había propuesto Jonathan Swift (que hablaba de controlar la población comiéndose a los niños), salió la idea de enviar a los delincuentes a Australia. Y así, entre 1788 y 1878, llegaron a tierras australianas 165.000 presos, además de guardias, soldados y marineros con sus familias. También algunos predicadores que deliraron más de la cuenta. Los convictos, que se temían entre ellos, se fueron apaciguando y la final, llegadas sus mujeres y sus hijos (o conseguidas allí y fecundadas), fundaron pequeños pueblos que rodearon de granjas, ciudades con el gobierno de administradores de mano dura, rutas de comercio y puertos a los que llegaron chinos y otras gentes de las colonias inglesas. Y lo que era una terra australis incognita, dejó de serlo: ya esa isla enorme y desértica estaba conectada con las rutas navieras y en los comercios se vendían herramientas, armas, brújulas, libros, trajes importados, botas fuertes. Y entre este desarrollo, el pasado de los pobladores comenzó a olvidarse. El dinero, la tenencia de tierras, los grandes almacenes, la presencia de iglesias, la educación de los maestros, dio inicio a la creación de otra memoria, a veces legendaria, pero tolerante. Si estaban casi en el fin del mundo, para qué sacar a relucir manchas viejas. Mejor fue limpiarlas sin hablar del asunto e invirtiendo en el país. El dinero es dios clemente.

Voss

Hay gente que mira y percibe lo general. Esta va por la tierra sin hacerse muchas preguntas y al fin se muere creyendo que esto no le podía pasar. Esta gente aparece en listas de impuestos y de correos, se defiende haciendo algún oficio, conoce a otros, se enferma y se asusta leyendo los periódicos. También conspira, ama siguiendo patrones culturales y come buscando llenarse. Pero hay otra gente y es la que ve, la que se detiene en los detalles, mide las cosas y las consecuencias, calcula, quiere a otros, pero no desespera. Y estos hombres y mujeres que ven y a los que podríamos llamar videntes, pues detectan algo, lo analizan y clasifican, y con ello determinan sus resultados y consecuencias marginales, se apoderan del mundo, entendiéndolo. Muchos van por nada material, solo por saber, sentir y vivir. Conocen, entienden, toleran, son cínicos y tienen mucho sentido del humor, del negro en especial. Esta gente que ve, es la que más camina, pues a cada detalle que perciben el espacio se amplía. En ocasiones parecen aburridos, pero no lo están. Gustan de la música y la lectura, de la física y la biología, viven en cualquier clima y nunca se van al infierno porque no creen en nada o solo en lo esencial: que D’s les ayude mientras estén vivos. Lo de antes de nacer o después de morir, lo toman como un descanso, un fin del camino en una buena cama.   

Patrick White

Patrick White

Johann Ulrich Voss, el personaje de Patrick White, es un alemán que ve y ha llegado a Australia (en el siglo XIX) como tantos otros, para ver qué pasa. Y entre esto que todavía no pasa, mientras tanto ha vivido en un convento, trabajado la tierra, conocido gente, vivido en un hotel regentado por una mujer que espía, ha servido como dependiente de comercio y ha leído muchos libros de geografía, geología y botánica. Y no es alguien sospechoso, sino que agrada (quizá porque saben que entiende del territorio y su contenido), a pesar de sus actuaciones burdas y el desprecio que a veces se le nota en los ojos. También es querido por una mujer que no está a gusto con su entorno, al que juzga con severidad, pero de manera inteligente y cáustica. La mujer, que se sale de los cánones victorianos, mantiene las apariencias, igual que el alemán, que también es amigo de borrachos, aventureros, exilados y taxidermistas al servicio de un noble loco. Los dos, Voss y Laura Trevelyan, ven. Y en el ver, conjeturar, saber y definirse en un lugar de la tierra que no es el mejor, se quieren, alejándose de ellos por tiempos largos. La vida es con otros, pero también en sí. Los sentimientos no se dan por repetición de presencias sino por haberlos entendido. Y en ese espacio del partir, esperar y regresar, los espíritus fuertes se crean sus espacios de libertad, que son como un crisol en el que se funde lo tonto y queda lo que tiene sentido. Se templan.

Voss ama en frío, igual que piensa y ve. Su tarea, que está acorde con el pensamiento decimonónico, es hacer un mapa y descubrir lo que hay adentro: tierras, plantas, animales, minerales, etnias, vientos, climas, formaciones pétreas, posibilidades de rutas y asentamientos. El siglo XIX fue el de los geógrafos y los buscadores de recursos, el de las narraciones al detalle y el de las grandes pasiones contenidas, aunque algunas se desbordaron y crearon criminales nunca vistos, como pasó en las colonias belgas y alemanas en África, entre los corruptos franceses de las islas del sur y los filibusteros norteamericanos en Centroamérica. Pero Voss no es un criminal, es un explorador que quiere describir y entender una parte de la Tierra y, a la par, la condición de los hombres y mujeres con los que se encuentra, que son diversos y al tiempo se parecen a él en alguna de sus actitudes y maneras de pensar. Nos reúnen las coincidencias. Tierra y hombre. Tierra que el hombre posee en la medida en que lo posee a él (como dice Salvador de Madariaga).  Y en ese andar, que pareciera de aburridos, aparece la idea de D’s, el manejo de la enfermedad, la noción de lejanía, el desamparo, la aventura inesperada, los usos alternos de los instrumentos y las herramientas, los delirios y la manera de comerciar con objetos sin valor. Y en ello la vida, como es, sin imaginarla, con lo que contiene y se puede comprender. Y en la vida, la Tierra, que es donde estamos y no vamos a salir de ahí. Voss todo lo ve. Es un hombre lento que va más lejos que todos.

Patrick White

Los buenos escritores dan cuenta de lo que no se puede fotografiar ni filmar, porque eso que se fotografía o se filma es solo la apariencia de algo en un lugar que también aparenta. Su oficio es encontrar la esencia de las cosas y los actos, decir lo que no se ha dicho y traer al mundo lo que no estaba catalogado o se había clasificado mal o de acuerdo con intereses oprobiosos. Y si bien se valen de imágenes (que es la primera percepción que tenemos), las trascienden situándolas en diferentes contextos o, si se quiere, en escenarios posibles de falsación. Con las palabras todo es válido, pues ellas contienen el sentido de las cosas y sus relaciones con lo otro. Las palabras, además de decir lo que contiene el Universo (hasta donde sabemos de él), están vivas, se reproducen y no mueren. Por eso se toman, se reúnen y producen otra historia. Con las palabras se ve. Con la ignorancia se mira.

Patrick White, escritor inglés de nacionalidad australiana, como sus personajes, es alguien que describe al detalle y con cierta dosis de cinismo, la necesaria para no caer en la mala poesía. Las cosas tienen formas, pero también se parecen a otras, igual que las situaciones y los saberes. Nada está suelto: lo uno lleva a lo otro, lo real a lo imaginario, lo del ayer al hoy, el olvido a la memoria. Y en su novela Voss, Australia está repleta de acciones y situaciones de personajes que van de lo más alto a lo más bajo, que son la gente. Y como los animales de esas tierras, que mutaron distinto a los demás, también la gente tiene sus mutaciones, sus pequeños cambios, sus alteraciones. Quizá uno sea el territorio que habita, la soledad que enfrente, la necesidad instintiva que hay que satisfacer, las apariencias que se deben sostener para que la fantasía no desaparezca. Pero también uno es en pleno viaje, pues el tiempo pasa y no está vacío. Todo es un movimiento y cada palabra un reposo. Y en la palabra, un puente hacia otra parte.

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Patrick White, Permio Nobel de Literatura 1973, nació en Londres en 1912 y murió en Sidney en 1990. Escribió, leyó a William Faulkner y Thomas Mann (estos le enseñaron a manejar el detalle y la situación invisibles), vivió en una casa grande, se dedicó a la horticultura, crio perros y fue monógamo, a su estilo. En la Carátula de Voss hay un retrato de él, donde se lo ve mirando a la derecha, sosteniendo el sombrero en la mano y detrás unas montañas desérticas. Se nota que hace calor y que Patrick White ve algo que quizá imagina al saberle la palabra. Los escritores son diseccionadores de palabras. Su última novela, publicada después de muerto, fue El Jardín Colgante (2012). ¿Pensó en la palabra Babilonia al escribirla? No sé. De Patrick White se supo lo menos, lo que no pasó con lo más que contenían sus escritos.    

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