No es mucho pedir que se cumpla la Constitución

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez
22 mayo de 2018 - 12:10 AM

Lo que sí puede variar sustancialmente con el resultado de estas elecciones, son los repartos burocráticos y las gabelas de los contratos.

Cualquiera que sea el resultado de estas elecciones no cambiará el sistema económico y social capitalista basado en la propiedad privada de los medios de producción, en el capital como fuente de riqueza y en la asignación de los recursos a través del mecanismo del mercado, ni cambiará, por supuesto, el poder y la influencia del capitalismo, de los capitales y de los capitalistas en el sistema jurídico-político, en la cultura y en las costumbres. 

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No cambiará tampoco el sistema jurídico y político de raigambre liberal, es decir, la Constitución, ni en su parte dogmática (Preámbulo y Carta de Derechos), ni en su parte orgánica (administración del Estado). Nuestra Constitución, que es algo así como una represa jurídica que pretende domar el poder y utilizarlo para beneficio comun, está hecha para que se siga desarrollando el sistema capitalista, pero también para atenuar la desigualdad social que produce; está hecha para que se respete la propiedad privada pero también para que cumpla una función social. Y por esa razón incluye, como la inmensa mayoría de de las actuales constituciones del mundo: 1) todos los derechos típicamente liberales de primera generación, que son contrapesos al poder del Estado como poder colectivo y a tiranías de mayorías y de minorías de toda índole; 2) los derechos de segunda generación introducidos para “remediar” los efectos de la desigualdad social, económica y cultural que históricamente ha producido el capitalismo; 3) los derechos de tercera generación, los colectivos y del ambiente, como el de la paz y los ecológicos, que buscan “mitigar” las consecuencias de los conflictos violentos y de los estragos del progreso y de la indolencia humana, y 4) un capítulo especial de garantias para el cumplimiento de los derechos. Además, si se produjera algún remezón imprevisto, la Constitución está hecha para invalidar normas por innecesarias, convertir en normas costumbres nuevas, normalizar las anormalidades, reintegrar las disidencias, domar las rebeldías, porque es abierta y dinámica por ser liberal. 
Ninguno de nuestros partidos o grupos políticos está en capacidad de cambiar el sistema capitalista o el sistema jurídico político. Ni en el remoto caso de un golpe de Estado porque los grupos políticos con capacidad para promoverlo y hacerlo, son aquellos que, en caso de peligro del sistema capitalista, interrumpirían temporalmente la Constitución para recuperar su normalidad. Ni por la vía legislativa o constituyente porque en el contexto de una división tan nítida del “pais político” hay muy pocas probabilidades de reformas estructurales impuestas por una mayoría, aunque, por paradójico que parezca, si la polarización se entendiera como una virtud de la dialéctica, éste sería el ambiente ideal para los consensos sobre asuntos fundamentales. 

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Pasadas las elecciones, y aunque no vengan de una fiesta en la que, como en la canción de Serrat, “comparten su pan, su mujer y su gabán gentes de cien mil raleas”, sino de una garrotera que deja más daño moral del que pretende remediar, volverá “...el pobre a su pobreza, el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”, “…la zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal y el avaro a sus divisas”.
Impresión contraria, para unos de esperanza y para otros de catástrofe, es la que producen en los fanáticos las arengas de los candidatos que, imitando a los narradores de fútbol, sienten orgasmo con un saque de banda y hacen orgia con una gambeta. Sólo a una comunidad política que valora poco sus propios derechos, puede parecerle cierto que pedir que se cumplan los derechos de segunda y tercera generación así sea como atenuantes de las deformaciones del capitalismo, es catastrófico, apocalíptico, revolucionario y… toda la sarta de insultos subsiguientes.
Lo que sí puede variar sustancialmente con el resultado de estas elecciones, son los repartos burocráticos y las gabelas de los contratos; es decir, el provecho político que se obtiene de ganar las elecciones asumiendo el control de la burocracia y el provecho económico que se obtiene de los contratos. Este es el gran trofeo en disputa. La primera es la red en la que se toman decisiones y el segundo es la red con la que se financian acciones. Para los grupos políticos que viven de la burocracia y de los contratos, para los contratistas y para todos los que medran de alguna manera y en grandes o en pequeñas proporciones, incluidos los empleos altos, medios y bajos, las elecciones son una prueba a su supervivencia, lo cual además, explica el sofoco, el desespero y la violencia, porque nadie quiere perder lo que tiene así sea poco y todos queremos tener algo asi no sea mucho. 

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