Los signos de la muerte y el espíritu

Autor: Pbro. Emilio Betancur
29 marzo de 2020 - 02:11 AM

Cualquier cosa que aprisione la vida como el coronavirus puede ser removida por la fe en Jesús. Homilía del cuarto domingo de Cuaresma

Medellín

El encuentro de besucón la samaritana es el que ha buscado con nosotros en el bautismo, los sacramentos la palabra y la comunidad; y ha logrado desde cuando aceptamos que nuestra ceguera la tomara como barro con su saliva, la vida del Espíritu nos dejara irreconocibles por dejar de ser ciegos, mendigos y mantenernos al borde del camino. En Lázaro Jesús salva nuestra vida de los signos de la muerte como el llamado coronavirus, con la misma promesa de Lázaro: “Yo soy la resurrección y la vida”. (Jn 11,25).
 

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La enfermedad de Lázaro representa la amenaza de muerte física que todos sentimos ante el coronavirus. María, Marta y Lázaro representan lo que ahora le llamamos “la familia en casa”, contexto de amor fraterno donde va a actuar Jesús. El vínculo de amor implícito en "hermano" esta fundado en el amor que Jesús nos tiene como amigos para que no terminemos en el temor y angustia de la muerte, siendo la falta de fe el origen del temor. Cuando Jesús nos dice que Él es la resurrección y la vida, el término resurrección depende de vida, es decir, es la resurrección por ser la vida presente en la casa de sus amigos. En las dificultades que pasamos por la pandemia puede ser, desde la familia, en casa la oportunidad de crecer en la fe porque solo del Señor resucitado nos viene la vida. ¡El que cree en mí, aunque muera, (porque la pandemia es una experiencia de cercanía o realidad de muerte), vivirá y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre! A la familia en casa, le pregunta Jesús “¿Crees esto?”
Cuando María se acerca a Jesús para decirle: “Señor si hubieras estado aquí mi hermano no hubiera muerto”. Jesús llora para solidarizarse con el dolor nunca con la desesperanza, Al desatar a Lázaro muerto, son ellos, la familia unida en casa, los que se desatan de su miedo a la muerte, el coronavirus saliendo del sepulcro que los sometía a la esclavitud de la muerte. Solo ahora, sabiendo que morir no significa dejar de vivir, podrá la comunidad entregar su vida en solidaridad con los demás.

Un signo de esperanza
Estamos en el siglo VI a.C. cuando el pueblo de Israel permanece en el exilio de Babilonia, lejos de su tierra y convencido que Dios lo ha abandonado. Israel se ve a sí mismo como un gran cementerio, lleno de huesos viejos, consumidos por los años y el sol. El profeta ante la pregunta de Dios de si podrán revivir no sabe responder porque la muerte domina la escena y la desesperación no tiene ninguna perspectiva. “Nuestra esperanza ha fracasado, estamos perdidos” (Ez 19,5). De improviso por mandato de Dios y fuerza de su espíritu, los huesos de la gente que en vida no habían querido escuchar, comienzan a reconstruirse gradualmente a ejemplo de Gn 2 cuando se forman los cuerpos y se les infunde el alma. A ellos se dirige la promesa de Dios: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os haré salir de vuestros sepulcros… Os infundiré mi espíritu, y viviréis” No se trata de la resurrección final de los cuerpos sino, de la resurrección actual de los corazones a la esperanza.
Cualquier cosa que aprisione la vida como el coronavirus puede ser removida por la fe en Jesús. Oyendo a Dios que abrirá nuestros sepulcros y siendo testigos por la Palabra, de la resurrección de Lázaro, nos encontramos con la inmensa posibilidad que nuestro egoísmo, sepulcro de vanidades, puede tener tratamiento diferente. Es posible concluir por nuestra propia experiencia cuando expulsamos la fe, por la misma puerta se nos entra el miedo que nos destruye como el coronavirus.

La esperanza contra el mal
San Pablo compartiendo con nosotros su experiencia de fe confirma la nuestra para mantener viva la esperanza: “Si Cristo está en ustedes, aunque físicamente estén sometidos a la muerte por causa del pecado, gracias al perdón recibido tienen la vida del Espíritu. Y si en ustedes habita el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos, el mismo que resucitó a Cristo, dará la vida incluso a su cuerpo mortal por su Espíritu que habita en ustedes” (segunda lectura). Vivir en la carne significa encerrarnos en nosotros, que da como resultado el olvido de los demás para servirles. La lucha no es solo contra el mal sino del Espíritu contra todos los signos de la muerte que representa el coronavirus.


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“Desde lo hondo a ti grito Señor; escucha mi voz, estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. Si llevas cuenta de los delitos ¿Quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón y así infundes respeto. Mi alma espera en el señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor más que el centinela la aurora” (Sal 129)


Lecturas del domingo 5º de Cuaresma - ciclo a
Domingo, 29 de marzo de 2020
 

Primera lectura: Lectura de la profecía de Ezequiel (37,12-14)
Salmo: Sal 129,1-2.3-4ab.4c-6.7-8
Segunda lectura: Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos (8,8-11):
 

Lectura del santo evangelio según san Juan (11,3-7.17.20-27.33b-45):

En aquel tiempo, las hermanas de Lázaro mandaron recado a Jesús, diciendo: «Señor, tu amigo está enfermo.»
Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no acabará en la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo, se quedó todavía dos días en donde estaba.
Sólo entonces dice a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea».
Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedaba en casa.
Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá».
Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará».
Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día».
Jesús le dice: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?»
Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo».
Jesús sollozó y, muy conmovido, preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?»
Le contestaron: «Señor, ven a verlo».
Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!»
Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que muriera éste?»
Jesús, sollozando de nuevo, llega al sepulcro. Era una cavidad cubierta con una losa.
Dice Jesús: «Quitad la losa».
Marta, la hermana del muerto, le dice: «Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días».
Jesús le dice: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?»
Entonces quitaron la losa.
Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado».
Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, ven afuera».
El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario.
Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar».
Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

Palabra del Señor

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