Los problemas de la ruralidad, sin solución a la vista

Autor: Héctor Jaime Guerra León
10 julio de 2019 - 12:00 AM

Lo que debiera ser un orgullo, un privilegio y todo un honor, vivir en el campo siendo campesino, hoy se ha vuelto para muchos de ellos algo insoportable y un desafío al que casi nadie de sus nuevas generaciones quiere emular ni afrontar.

Medellín

Héctor Jaime Guerra León

Uno de los mayores desaciertos que se han tenido en el manejo de los asuntos gubernamentales es la ambigua, por no decir deficiente, implementación de programas, proyectos y políticas que vayan realmente orientadas a atender un sector tan neurálgico e importante, para el desarrollo y el futuro de la nación, como en efecto lo es el sector rural colombiano.

Todo gobierno, por indiferente que haya sido su posición frente a los temas agrarios, promete atender con especial esmero los asuntos de la ruralidad, no sólo con la intención de cautivar apoyo ciudadano –electoral- sino porque hasta el más desprevenido gobernante sabe que en nuestro país las más graves dificultades que ha tenido el desarrollo y el progreso, no sólo en materia social, sino también económica, empiezan por la deprimente situación de desolación y olvido que el gobierno, y también la sociedad misma, han tenido a esa inmensa extensión de territorios –y sus nobles y desprotegidos habitantes, que viven en el área rural de nuestro país. Una población caracterizada fundamentalmente por su nobleza, sencillez, respeto, laboriosidad, generosidad y un amor entrañable por lo que es de ellos y nunca se lo han dejado disfrutar, la tierra.

Es increíble, pero es cierto, que nuestros campesinos, estén hoy padeciendo las más terribles experiencias de miseria y abandono, en las zonas de invasión de las grandes ciudades, donde -por falta de asistencia y protección estatal y social- han tenido que llegar, agravando aún más los grandes males que en materia social, de seguridad, pobreza y orden público, han tenido que afrontar las autoridades de las capitales ante el creciente e inacabado desplazamiento del que siguen siendo víctimas nuestros más nobles y laboriosos coterráneos, los campesinos.

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Este infortunadamente ha sido el modus operandi –como se decía en la antigua Roma- por parte del estamento estatal y social, frente a nuestros humildes y nobles habitantes del campo. No ocurre lo mismo en los países desarrollados y, de manera muy especial, en Europa, donde el campesinado hace parte de sectores sociales privilegiados y con una exclusiva connotación y apoyo en la escala de las valoraciones sociales, políticas y económicas de la ruralidad. Allí el granjero, el labrador; esto es, el habitante del campo, es una persona muy visible y muy reconocida y a quien no sólo se le trata con respeto y aprecio, sino que además se le atiende efectivamente con respaldos y asistencia estatal y gubernamental permanente, para que su fuerza de producción sea aún más dignificante de su estatus personal, familiar y laboral, sino que lo que haga sea bien reconocido y pagado en la exacta dimensión de su aporte al sistema social.

Lamentablemente en nuestros países; en éstos sistemas sociales que se han denominado “el tercer mundo”, al campesino se le trata como a un individuo de tercera categoría, como a alguien que le falta algo para poder hacer el “goce y disfrute” de los demás derechos que se han provisto para quienes hacen parte de la “gran civilización” -de la malentendida modernidad- que pareciera que se le ha negado a quienes lo único que han hecho es nacer en el campo, labrar la tierra y con la más digna muestra de naturalidad, pulcritud personal y social, dejan siempre muy en alto la grandeza moral y espiritual que ha caracterizado siempre a nuestro pueblo, en el entendido que por muy citadinos que parezcamos todos, en lo más profundo de nuestros seres existe un alma campesina, un habitante del campo. Colombia es esencialmente una nación campesina, dedicada siempre –con nobleza y reciedumbre- a producir lo que necesita, a servir con desinterés, disciplina y lealtad a sus autoridades e instituciones, labrando la tierra, gastando su fuerza y vigor, sin que ello pueda hasta hoy ser suficientemente tenido en cuenta, para apoyarlos y protegerlos realmente como se merecen, poniendo toda su capacidad de trabajo y de producción al servicio de la institucionalidad y del colectivo social, apoyando efectivamente sus esfuerzos, para que ellos vivan con dignidad y decoro en un medio tal hostil y difícil como el que les ha tocado afrontar en esta Colombia tan esquiva y olvidadiza con las gentes del campo.

Además:https://www.elmundo.com/noticia/La-Minga-indigena-Que-triste-realidad-/376061

En Colombia infortunadamente no hay verdadero apoyo a la cultura campesina; por ello, paradójicamente, para muchos campesinos, de los pocos que realmente quedan, su mayor anhelo es irse a la ciudad, a buscar otros horizontes afirman muchos de ellos, con sus rostros ensombrecidos por la duda, el desasosiego y la incertidumbre en un futuro que para ellos se muestra incierto, esquivo e inequitativo.

Es realmente entristecedor escucharles a los campesinos decir que quieren que sus hijos -sus descendientes- “salgan y estudien, que se preparen y busquen un futuro mejor”, para que no les toque afrontar las dificultades, ni sufrir las difíciles situaciones y atropellos que a ellos les ha tocado vivir, por el sólo hecho de ser habitantes del campo colombiano.

Lo que debiera ser un orgullo, un privilegio y todo un honor, habitar en el campo siendo campesino, se ha vuelto para ellos algo insoportable, un desafío al que casi ninguno de las nuevas generaciones quiere emular ni afrontar, por temor a –como sus mayores- sucumbir en la postración y el olvido por parte de un Estado y una sociedad que cada vez son más indolentes y descuidados con tan significativas y valiosas poblaciones.

Post scriptum: “Los colombianos de las ciudades no conocen el miedo con el que duermen los campesinos, los indígenas, los afros. No saben las angustias que se viven cuando los actores armados llegan a golpear a sus casas”: Carlos Negret Defensor del Pueblo.

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