Los disparos de Arizona Colt

Autor: Reinaldo Spitaletta
29 noviembre de 2019 - 10:12 PM

Cuando se murió el vasto teatro, de más de cuatro mil localidades, ya era, como dicen testimonios de los penúltimos que en él estuvieron, un “pulguero”, venido a menos, como si a propósito lo hubieran abandonado a su infeliz suerte de arrasamiento y destrucción.

Medellín

(Un spaghetti western despidió al teatro Junín y otras historias antipatrimoniales)

 

Cuando vi en una vieja reseña de prensa que la última película que presentaron en el demolido Teatro Junín había sido Arizona Colt, los recuerdos, en un flashback cinematográfico, peregrinaron hasta un viejo teatro de Bello, donde vi en 1967 el filme protagonizado por Giuliano Gemma. Sí, un spaghetti western, de los tantos que entonces, en la infancia y en la adolescencia, vimos en las pantallas del Rosalía, el Iris y aquel bonito teatro a la italiana, diseñado por un italiano (Albano Germanetti), en el que, creo, nos enloquecíamos con los disparos del cazarrecompensas de esta ingenua película del Oeste. 

Y entonces, con frenesí, la busqué y volví a verla, no porque se trate de una obra de arte, sino, ante todo, por ir tras la resurrección de un esfumado recuerdo. Retorné a las montañas monótonas, amarillentas, a veces ocres, a veces grisáceas, de una geografía imaginada por los productores y los escenógrafos, los pueblos de cartón, los avisitos del banco, el saloon, los jugadores de cartas en mesas de cafés atiborrados, los mostradores con whisky o con cerveza y los modos repentinos de sacar un Colt y disparar con inusual puntería y rapidez. Sí, casi todas las películas de esta índole son similares, los mismos argumentos, un bandido bueno, otro malo, y unas mujeres bellas que están dispuestas a jugársela por uno de ellos o a sucumbir ante la fuerza y la malevolencia. 

Arizona Colt es la historia de un cazarrecompensas que, al principio de la película, está preso en una cárcel de un pueblo, al que llega el Gordo, un bandido mexicano, desalmado y rudo, que quiere reconstruir su banda de exterminadores y, para nutrirse de personal, asalta el presidio y libera a todos los presos. Uno de los que escapa es nada más y nada menos que el conocido de autos, Arizona Colt. Este se niega a hacer parte de la secta del implacable Gordo y ahí se inicia una confrontación que durará toda la película. 

La banda tiene como objetivo asaltar el banco de Blackstone Hill, donde hay, claro, un sheriff, un saloon, unas calles polvorientas y unas muchachas atractivas. Y aunque todo es predecible en la película, que no deja de ser entretenida, hay momentos de alta tensión y no faltará el beso buscado al final de la película, que era, en los días de ensoñaciones y fantasías, una manera de estimular la gritería en el teatro, de provocar el berrido de “¡soldadura!” con el fin de que los “besanderos” se quedaran pegados en su “chupada de piña” y prolongaran la emoción de la sala.

A Giuliano Gemma, un tipo bien parecido, actor, doble cinematográfico y escultor, lo conocíamos por sus representaciones de Ringo (Una pistola para Ringo, El retorno de Ringo) y, como lo supimos años después, fue parte de la película El gatopardo, de Luchino Visconti. En Arizona Colt, filmada en 1966, se caracteriza un busca recompensas, de una increíble habilidad para desenfundar, disparar y tender emboscadas. Es un solitario. Un hombre que va. Alguien al que una mujer no puede detener. No es un tipo para quedarse a vivir en ningún pueblo. 

En este western a la italiana, de paisajes áridos y desvaídos arenales, vuelan los disparos, hay dinamita, se agujerean sombreros a balazos y hay una vindicta. Nada nuevo bajo el sol de los desiertos y los pueblitos aislados. Y, a diferencia de otros filmes similares, los revólveres, los mismos de la fábrica legendaria de Samuel Colt, serán los únicos mencionados y nada que ver con la competencia de estos, los Smith & Wesson. 

Volver a esta película, tras tantos años de haberla visto y olvidado, fue una suerte de reencuentro con un tiempo de cierta inocencia y mucha imaginación, la que, ante todo, nos proporcionó el cine y buena parte de las películas del Oeste, con John Wayne, Gary Cooper, George Peppard, Henry Fonda, Gregory Peck y una corte casi infinita de otros actores. Caballos, revólveres, sombreros, cinturones con balas y estuches, rifles en bandolera, el banjo, alguna armónica, las inmensidades desérticas, las bandas sonoras, revivieron con esta vuelta a tiempos que no volverán. Fueron parte de nuestra educación sentimental. 

Lea también: Un hombre partido por la mitad 

Hay que decirlo. No es tan “lata” (un término que usábamos para referirnos a películas hueso o malas) y tiene cierta candidez en su desarrollo y aun en sus locaciones sin despliegues imaginativos y más bien parte de un extenso lugar común. Y, en efecto, esa fue la última proyección que hubo en el desaparecido Junín, el colosal teatro parte del edificio Gonzalo Mejía, que, con el hotel Europa, era una magnífica obra de Agustín Goovaerts, el arquitecto belga que vivió y trabajó un tiempo en Medellín y Antioquia.

La demolición, para construir ahí una especie de esperpento como el rascacielos de Coltejer, se inició el 7 de octubre de 1967, cuarenta y tres años después de su inauguración. Cuando se murió el vasto teatro, de más de cuatro mil localidades, ya era, como dicen testimonios de los penúltimos que en él estuvieron, un “pulguero”, venido a menos, como si a propósito lo hubieran abandonado a su infeliz suerte de arrasamiento y destrucción. Nada raro en una ciudad experta en borrar su patrimonio.

La víspera de su caída, el periodista Miguel Zapata Restrepo, director del radioperiódico Clarín y que después, a principios de los setenta, fue alcalde de Bello, dijo: “Mañana empezará la pica a desmantelar el viejo teatro. La cornisa barroca que anunciara las luminarias aztecas del celuloide y que fuese testigo de tantos actos heroicos en el corazón de Medellín, no volverá a iluminarse más. El Junín ha cumplido su tarea y ahora sucumbirá como cuota de sacrificio ante el progreso…”.

El cronista no escapó a la mentalidad de época que confundía progreso con derribamiento de construcciones conectadas con la memoria, la historia y la identidad. Y, por lo demás, que gozaban de refinada estética y armonía en los diseños, acabados, composición y distribución espacial.

No creo que sobre decir, por otra parte, que ninguno de los teatros bellanitas sobrevivió a los cambios de usos del suelo ni a los ardides de la especulación inmobiliaria. Gajes del “progreso”. El que diseñó un arquitecto italiano (el Teatro Bello) lo desmoronaron para construir una entidad oficial horrorosa en su concepción y acabados. Un bodrio. Como dice un tango: “Muchachos, todo lo ha llevado el almanaque. / Todo, todo ya se fue”.

Me parece que Arizona Colt goza de un merecido olvido. Solo que un recorte de prensa visto en una interesantísima exposición llamada “Ausentes Teatros” *, sobre los desaparecidos teatros Junín, Bolívar y el Circo España, me dispararon quizá la nostalgia, pero, ante todo, me despertaron las ganas de volver a mirar una película que ya tenía borrada. Y que, viéndolo bien, puede seguir para siempre en la tiniebla de la desmemoria. 

*La exposición estará hasta el 31 de enero de 2020 en la Estación Medellín del Ferrocarril de Antioquia.

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