Limpiar las calles de la ciudad

Autor: Luis Felipe Dávila
14 enero de 2019 - 09:03 PM

El video de un perro golpeado es motivo de tristeza nacional, pero la muerte de un joven en Medellín es un hecho normal, que entraña para muchos una respuesta automática: algo hizo o se lo merecía.

Ayer en una reunión, un amigo aterrado nos contó que al amanecer se empezaron a escuchar ruidos sexuales provenientes del exterior, al mirar por la ventana descubrió que se trataba de dos habitantes de calle, que en medio de una lluvia macondiana habían optado por disfrutar del tiempo en la acera. Al contar la historia unos cuantos se indignaron y otros tantos se rieron.

Pero a medida que avanzaba la historia pude ir entendiendo que lo aterrador no era el hecho en sí mismo, sino sus actuantes. Eran seres de la calle, llevados por sus pasiones en el espacio público. Uno de los intervinientes que reía preguntó con malicia si eran bellos, a lo que el coro respondió con unas palabras y muecas de asco, otro preguntó si eran hombre y mujer, o dos hombres, o dos mujeres, a lo que el amigo respondió que no se había percatado, pues eran indigentes. Uno de los comensales cerró temporalmente la discusión diciendo que el remedio para el problema era acabar con todos ellos, limpiar las calles de la ciudad.

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Aunque la constitución y las leyes nos dictan criterios de igualdad, y aunque la moral repita que existe una hermandad entre los hombres, parece que existieran otras reglas no escritas que jerarquizan las vidas, que equiparan algunas no humanas con humanas y deshumanizan otras tantas. Una suerte de desplazamiento de los límites de la vida y de las distinciones vitales. Donde el hombre ya no es un “fin en sí mismo” dotado de dignidad y solidaridad automática, sino que su condición humana debe llenar un cúmulo de requisitos para poder mantenerla a flote, entre ellas un alto nivel de consumo.

Sus vidas no se califican como vidas en el extenso sentido de la palabra, su ejercicio vital tampoco alcanza a ser comparable con el de sus congéneres. Como dice Judith Butler: “tales vidas nunca se considerarán vividas ni perdidas en el sentido pleno de ambas palabras”, a lo cual yo agregaría, su sexualidad a los ojos del resto tampoco adquiere un estatuto humano, de ahí que no se puedan considerar bellos o bellas, y que, además, no tengan para muchos un género. Como si la condición de calle despojara la condición de hombre, como si su vida tuviera un estatuto inferior, y sus vidas fueran prescindibles, o tal vez, fueran consideradas como vidas no dignas de ser reconocidas.

Antes existía un marco epistemológico que ubicaba al hombre en el centro del universo, y al resto de vidas a su alrededor como bienes fungibles, consumibles o utilizables, ese marco se ha movido, y ahora no todas las vidas son iguales, muchas vidas humanas están por debajo de la vida de un gato o un perro doméstico, y la lucha por la dignidad de amplios grupos de seres humanos marginados y precarizados es nada, comparado con las luchas en contra de ciertas prácticas violentas contra algunos animales que antes visitábamos en las neveras.

No critico a quienes defienden los derechos de los animales, simplemente, quiero manifestar mi propia perplejidad frente al cambio en la forma como entendemos la vida y como nuestra sensibilidad ha cambiado. En algunas cosas de manera positiva, en otras, preocupante. Veo constantemente a los adultos hacerle mimos en la calle a los perros de los desconocidos, pero total indolencia frente a los niños y ancianos en el espacio público. El video de un perro golpeado es motivo de tristeza nacional, pero la muerte de un joven en Medellín es un hecho normal, que entraña para muchos una respuesta automática: algo hizo o se lo merecía.

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Mostrar sensibilidad por el resto de animales y seres vivos me parece un gran avance humano, es muestra de humildad y conciencia de nuestro lugar en el universo (un simple evento más de la naturaleza), sin embargo, me preocupa la humanización de los animales (no sé hasta qué punto tratar a un perro como un bebé humano sea conveniente para el perro) y la deshumanización del hombre, o más bien, de ciertas vidas humanas, que llegan al punto de no ser consideradas como tales, vidas nudas, vidas sacrificables o prescindibles.

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