La competencia desleal

Autor: Héctor Jaime Guerra León
14 mayo de 2019 - 09:01 PM

En la competencia desleal, cuando no se puede vencer en franca lid al rival, al contradictor, es común que se recurra a actos de infamia y denigración, para menospreciar y desacreditar su reputación, a través de información malintencionada e impertinente.

Medellín

Héctor Jaime Guerra León

La competencia desleal se refiere al comportamiento, por lo general en las relaciones de producción y del mercado; pero también en cualquier medio o circunstancia, que resulte contrario a las exigencias de la buena fe, la sana moral y las buenas costumbres.

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En la vida real, la competencia desleal, este tipo de perversa emulación, se torna en el denominador común en la cotidianidad de las personas y a diario nos podemos ver envueltos en las artimañas y estratagemas que se acostumbra utilizar, para alcanzar, por vía rápida o conquistar las metas propuestas, sin la necesidad de tener que realizar, ni atender a los méritos, los esfuerzos y los recorridos que comúnmente deben hacerse, cuando para conquistar esas metas se usan sólo las capacidades y potencialidades de quienes juegan en el complejo rol que crean las relaciones sociales, económicas y políticas.

Economipedia, que es “una plataforma cuyo objetivo es hacer fácil la economía…”, nos entrega métodos que nos permiten detectar o, por los menos, facilitar la identificación de los actos corruptos, inmorales y poco sanos que se utilizan en la competencia desleal por parte de quienes no quieren jugar limpio, no sólo en el mundo de los negocios, sino que también ello es aplicable a todo tipo de relaciones humanas y sociales, cuando ellas se hacen al margen de la lealtad, honestidad, honorabilidad y las sanas costumbres, valores y principios que deben regir siempre nuestras relaciones con los demás.

Según la aludida página, los actos relacionados con el engaño y la confusión son los más comúnmente utilizados por quienes actúan en el fangoso mundo de la deslealtad, no entregando, omitiendo u ocultando la información que necesitan sus interlocutores, para tomar una buena decisión. También se es desleal cuando se entrega información poco clara, ininteligible, ambigua o inoportuna –que induce a la confusión o a los malos entendidos- cuando ella se requiere para la consolidación de los propósitos malintencionados de quién se puede lucrar de ello (decisiones). Suele también ocurrir que se aproveche la condición de inferioridad a que está sometida la persona que se encuentra así desinformada, pudiéndola conducir –fácilmente- a cometer errores que pueden ser utilizados para lucrarse inmerecidamente de tal condición.

Hay una forma bastante sutil y peligrosa, como injusta e inequitativa, cual es la que se aprecia cuando utilizándose la famosa libertad discrecional, para interpretar y aplicar las normas, las leyes existentes, éstas se acomodan a los intereses clientelistas y personales de quienes pueden beneficiarse de dichas interpretaciones, creyéndose tener una mejor condición social, política o moral, para hacerle esguince y no cumplir cabalmente el orden jurídico. De allí el popular y cierto adagio de que “la ley es sólo para los de ruana”.

En estas insanas prácticas, se encuentran conductas como el acoso, la coacción, incluido el uso de la fuerza o influencia indebida, que buscan limitar la libertad de elección o toma de libres decisiones. Por ello resulta tan desleal y arbitraria la decisión que se adquiere aprovechándose de la pobreza o como en otras ocasiones, de la ignorancia y confusión de las personas. Ello es como un tipo de imposición o constreñimiento para que una persona haga una cosa en la seguridad de que está haciendo algo bueno, querido o aceptado por las mayorías, cuando en el fondo es sólo el producto de la malintencionada acción de quien utiliza esos mecanismos para favorecerse con esas decisiones o posiciones de privilegio. Eso no sólo ocurre en el mercado o en la política, suele suceder también, en cualquiera de las instituciones que hacen parte de nuestro sistema social y estatal; como quien, siendo el ordenador del gasto, en una entidad, aprovecha a su favor el poder y/o el gasto público, para darse fama y una imagen superior a la que tuviera normalmente en razón a la dignidad ocupada. En la competencia desleal, cuando no se puede vencer en franca lid al rival, al contradictor, es común que se recurra a actos de infamia y denigración, para menospreciar y desacreditar su reputación, a través de información malintencionada e impertinente.

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El tráfico de influencias, la imitación, explotación y utilización de la reputación ajena, para lucrarse o hacerse más fuerte en el medio donde se desenvuelven las relaciones sociales, llámense políticas, comerciales o simplemente humanas, utilizando indebida e irregularmente los medios o recursos que se tienen, para hacerse a una fama comprada y -muchas veces exagerada- aprovechándose de esas circunstancias de privilegio en el medio social o institucional en el que se desenvuelven, son apenas ejemplos típicos de lo que suele ocurrir en el bajo mundo de las relaciones que se forman con la competencia desleal y la corrupción que la rodea.

 

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