La ancianidad en la encrucijada

Autor: Fabio Humberto Giraldo Jiménez
31 julio de 2020 - 12:00 AM

La Asociación Médica Colombiana publicó las recomendaciones bioéticas -técnicas y morales- para decidir a quién darle prioridad en el pico de la pandemia y lo ha hecho con prudente realismo, sin sentimentalismos o exageraciones moralistas.

Medellín

En su tratado sobre la vejez, “De senectute”, dice Marco Tulio Cicerón en brevísima sentencia que “Si no vamos a ser inmortales, es deseable, por lo menos, que el hombre deje de existir a su debido tiempo. Pues la naturaleza tiene un límite para la vida, como para todas las demás cosas". También a lo largo del bello texto sobre la ancianidad, que airea una fuerte resignación estoica, deja claro que lo natural es que el hombre se apague en su lecho como muere la tarde cuando el sol declina porque es contra natura acortar la vida “antes de tiempo” tanto como extenderla más allá del “debido”, “echándole aceite como a una lamparilla". La muerte natural tiene, pues, dos condiciones, el debido tiempo y la debida forma. Por eso para Cicerón la inmortalidad está menos en el “más allá” y más en la historia y en ésta por la memoria incluida la del afecto, es decir, por la  biografía más que por la biología.

En consecuencia, con su exaltación de la memoria esta obra de Cicerón sobre la vejez es una especie de autobiografía hilada alrededor de encomiosos recuerdos de ancianos y ancianidades ilustres y altruistas, por lo cual no falta entre sus interlocutores quien, como Escipión, le recuerde que éstos son referentes privilegiados de quienes, como él, no han acumulado en la vejez penas ni quejas porque han tenido una vida "bien llevada”. Y es cierto que, en contraste con la edad a la que escribió el libro -62 años- y con los ancianos y la ancianidad que elogia en su libro, la “esperanza de vida” de sus contemporáneos era apenas de 30 años en promedio.

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Sin embargo, la queja de Escipión no logra esconder que, además de panegírico, el escrito de Cicerón es atrio para la militancia irrestricta contra el olvido y el abandono de los ancianos incriminando como inmoral a la sociedad que lo hace, coincidiendo plenamente en esa militancia con un “De senectute” más moderno(1997), el de Norberto Bobbio, éste sí, más testimonio intelectual que autobiografía y escrito a sus 88 años.

Pero más triste paradoja resulta que a pesar de su ideal de vivir dignamente y de morir en su debido tiempo y en debida forma, Cicerón no muere por ancianidad sino asesinado cuatro años después de escribir “De senectute” a pesar de que ante el “indebido tiempo” de su hórrido final invocara el ideal de su propia jurisprudencia al pedir infructuosamente que lo mataran correctamente, es decir, en “debida forma”.

De hoy lo más parecido al “debido tiempo” de la muerte y al “límite natural de la vida” de los que habla Cicerón, es lo que denominamos con piadoso eufemismo “esperanza de vida” o en términos clínicos “expectativa de vida” o en vocablos estadísticos “promedio de vida”, que resulta como producto de cálculos dinámicos entre variables que incluyen -y cito solo las más genéricas-, condiciones y modos de vida, natalidad, mortalidad, enfermedad y, por supuesto, la edad que para el caso semeja una especie de reloj biológico ajustable.

Por lo tanto, hoy no podríamos considerar al pie de la letra esa sentencia ciceroniana porque tenemos conocimiento más seguro de que la naturaleza es cada vez menos natural, menos prístina e inalterada y, por tanto, menos espontánea. El “debido tiempo” y la “debida forma” se mueven hoy en condiciones pedregosas porque lo que pareciera un triunfo de la vida como es el aumento del promedio de vida hasta los 80 años, termina paradójicamente siendo un problema político al desarrollarse paralelamente con el decrecimiento de la natalidad. Si envejece la población y decrece la natalidad, merma la población en edad de trabajar de la cual dependen niños y ancianos. Es decir, que el envejecimiento de la población y el control de la natalidad disminuyen el “bono demográfico” o bonanza demográfica que es un periodo durante el cual las personas en edad de trabajar superan en cantidad a las personas económicamente dependientes. Si disminuye la población dependiente y el costo de su sostenimiento, se genera mayor crecimiento y desarrollo económico. Y para empedrar más ese camino resulta que el gasto sanitario que se acumula en la ancianidad y que incluye no solo el de la mitigación de las enfermedades, sino también el de la prolongación técnica de la esperanza de vida “echándole aceite como a una lamparilla", es un gasto que se resta del que necesitan con igual derecho las otras generaciones, amén de que son pocos los que tienen lamparilla y aceite.

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Todo este preámbulo para llegar a lo que nos angustia hoy. La Asociación Médica Colombiana publicó las recomendaciones bioéticas -técnicas y morales- para decidir a quién darle prioridad en el pico de la pandemia y lo ha hecho con prudente realismo, sin sentimentalismos o exageraciones moralistas como lo planteara ya Daniel Callahan en su polémico “Poner Límites: los fines de la medicina en una sociedad que envejece” (2004).

No me cabe duda que las recomendaciones para la “última decisión” tienen el propósito de alcanzar la duración natural de la vida y después de alcanzar esta edad, aliviar el sufrimiento que acarrea la ancianidad sin prolongarlo innecesariamente, pero también incluyen con realismo el de “aliviar” la cantidad de recursos calculándolos distributivamente.

Pero más allá de esas recomendaciones y sin necesidad de recurrir a la suspicacia de una conspiración, no podríamos pasar por alto el hecho cierto de que contra el debido tiempo y la debida forma que Cicerón quisiera para dignificar la muerte natural y también para infortunio de nuestro apego a la inmortalidad y nuestros miedos por el más allá, esta peste, las que aún están y las que siguen, nos avientan a la posibilidad de que permitan  poner en  práctica dos metáforas que bajo su manto bucólico esconden afilados bisturís: “podar el árbol” y “drenar el pantano”.

En efecto, si se mantiene la tasa de natalidad y si crece la población de viejos con sus costosos achaques y decrece por tanto el bono demográfico, no hay mejor excusa que una peste como ésta, biológicamente democrática en su origen pero selectiva y  elitista en sus consecuencias.

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