La CUT exige la “desmilitarización de las ciudades”

Autor: Eduardo Mackenzie
3 diciembre de 2019 - 12:02 AM

Alegan que conversarán si el convocante (Duque) adopta sus ideas, sus condiciones y hasta su vocabulario. La prensa y los grupos progresistas entendieron lo contrario: que la CUT sí quiere conversar pero que la mala fe está en otro lado.

París

¿Por qué la CUT no quiere conversar con el presidente Duque? Porque los comunistas no creen en eso. Ellos solo creen en la violencia. Lo de ellos no es la conversación ni el diálogo, es la mentira y la fuerza, en todas sus formas.

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Pasados los días de violencias, del 21 al 23 de noviembre, desatadas por el sindicato CUT y otros grupos comunistas, el jefe de Estado colombiano propuso abrir una “conversación con todos los sectores de la vida colombiana” para poner fin a los desórdenes sangrientos. La CUT quiere sabotear esa iniciativa.

El 24 de noviembre Iván Duque lanzó la idea. Dos días más tarde precisó que la conversación nacional “debe ser un ejercicio incluyente con participación de todos los sectores y gremios del país”. Explicó que el objetivo de esa acción es “avanzar hacia la unión de los colombianos” y alcanzar “un mínimo de responsabilidad patriótica”, a pesar de las diferencias que naturalmente existen en el país. Duque espera que con una conversación amplia y abierta a todos los impopulares y rechazados saqueos de estos días cesen.

Sin embargo, la CUT, el principal impulsor de esos desmanes, decidió convertirse en el principal obstáculo a la pacificación que propone el gobierno. La CUT y un organismo que se autodenominó “comité nacional del paro”, integrado por 12 personas, encabezadas por Diógenes Orjuela García, jefe de la CUT, acaban de decir que no quieren conversar.

Están furiosos porque Duque no los llamó a ellos solos sino que extendió su invitación, como era lo más obvio, a todos los sectores del país, incluyendo el gremio ganadero, el más victimizado históricamente por las bandas armadas marxistas.

Así, la tradicional actitud mamerta reapareció en todo su horror: lo que no pueden manipular de cerca, lo rechazan y tratan de destruirlo. Ellos pretenden conservar el monopolio de la palabra y de la acción.

En el texto que entregaron a la prensa los doce dicen y escriben eso de la manera más brutal. Alegan que conversarán si el convocante (Duque) adopta sus ideas, sus condiciones y hasta su vocabulario. La prensa y los grupos progresistas entendieron lo contrario: que la CUT sí quiere conversar pero que la mala fe está en otro lado.

Duque no ha propuesto un “diálogo” sino una “conversación”, a la manera de lo que propuso el presidente francés Macron, en enero pasado, para contener el movimiento de los chalecos amarillos. El diálogo es una plática entre dos personas. Conversar es intercambiar ideas entre varias personas, sobre varios temas. En la primera la acción es singular. En la segunda es plural. En la conversación hay cortesía. En el diálogo hay urgencia. La conversación es un momento de concordia. El diálogo puede llevar a la ruptura. En la conversación todo es inteligencia y nada es forzado. En el diálogo mucho cuenta la última palabra.

La CUT pretende sabotear la noble experiencia propuesta por Duque. El 29 de noviembre presentó, con gran vulgaridad, las “condiciones mínimas” del “comité nacional del paro” para “volver al diálogo”. Ese texto arrogante rechaza la iniciativa de Duque. Allí le notifican que “ni la forma ni el contenido de su propuesta de ‘Conversación Nacional’ permiten avanzar”.

Los mamertos quieren que la conversación nacional sea “articulada en el Comité Nacional del Paro” (sic), es decir que ésta no sea abierta a todos, sino que atienda únicamente al “comité de paro” y al “movimiento Defendamos la Paz” --que algunos llaman Defendamos las Farc--.

La CUT dice que el diálogo debe ser con los “sectores que se han movilizado”, en las marchas violentas. Los verdugos, no contentos con tales exigencias lanzan unas instrucciones no menos sospechosas: ellos le permitirán a Duque conversar con los gremios solo si respeta una agenda única: la que ellos le dictan. Los puntos de esa agenda no son sindicales, son ultra políticos y hasta militares: 1. Aceptar el pliego de petición del “comité de paro”; 2.- Implementación integral del acuerdo final Santos/Farc; 3.- Diálogos con el Eln; 4.- Desmilitarización de las ciudades; 5.- Cese de toda acción del Esmad. A eso añaden tres puntos de manera obscura pues no dicen cómo ni en qué sentido: 1.- reforma política y electoral; 2.- Protección del medio ambiente; 3.- política de seguridad (“asesinatos sistemáticos de lideresas y líderes sociales, y de excombatientes de las Farc”).

La minoría que se lanzó a las calles con falsos motivos (una gran parte de los que marcharon el 21 de noviembre se arrepienten de haberlo hecho, en vista de lo que pasó ese día y los siguientes), pretenden pervertir la idea de una conversación amplia e inclusiva. Esperan reducirla a una vulgar negociación con un grupo de doce individuos que solo representan a ellos mismos y cuyas decisiones llevaron a la muerte a siete personas y dejaron heridas a más de cincuenta. El país está harto de esa hipocresía y de las falsas “marchas pacíficas”, como lo indica la encuesta del CNC del 26 de noviembre: el 71% no quiere que continúe el paro.

Algo muy siniestro anida en las mentes de los que piden “la desmilitarización de las ciudades”. Las ciudades no están militarizadas. Lo que buscan va más lejos. En una época las Farc pedían la desmilitarización de unos municipios. Gobiernos ineptos les concedieron eso y los bárbaros se crecieron. Ahora la CUT pide la desmilitarización de las ciudades. Hay como un salto cualitativo en eso. ¿Hacia dónde? ¿A dónde quiere la CUT que las armas de la república se retiren? ¿Quieren dejar sin defensas las ciudades para que las hordas pagadas siembren de nuevo el terror? ¿Para que las dictaduras agresivas hagan de las suyas con Colombia?

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En lugar de desmilitarizar las ciudades y “depurar la policía”, como pidieron hace una semana, el Gobierno debería, por el contrario, reforzar las fuerzas militares y el Esmad. Dotar a esos vitales organismos de equipos humanos y técnicos capaces no solo de reducir los desmanes sino también de investigar y copar los circuitos ocultos que financiaron las destrucciones de noviembre. Por eso los mamertos no quieren permitir que el país converse, es decir reflexione en libertad y sin tabúes, sobre lo ocurrido en esos días. De esa conversación podrían salir ideas que harían más incierto el futuro de las fuerzas disolventes.

 

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