El interés por la verdad 

Autor: Carlos Alberto Gómez Fajardo
4 septiembre de 2018 - 12:04 AM

El relativismo subjetivista es quizás uno de los mejores ejemplos de la mediocridad intelectual y moral que pretende convertirse en norma generalizada para el actuar

Todas las personas necesitamos de la verdad: podemos afirmar que vivimos en medio de la aspiración de la certeza y del saber a qué atenernos. Esto vale para todos los campos en los que normalmente se desenvuelve el ser humano, comenzando por su círculo más próximo e íntimo. Cuando en el interior de la propia familia se ha tenido el privilegio generacional de haber vivido con la verdad como valor esencial para las relaciones, se crece con confianza, con solidaridad, con respeto por el otro, con el ambiente propicio a la comprensión y al constante mejoramiento en el cual consiste coexistir humanamente. El ejemplo existencial que se ha percibido en el ámbito de la propia casa se transmite a lo largo de décadas y de generaciones: de modo imborrable podemos referirnos a los buenos aspectos de los testimonios de quienes nos han precedido. De modo espontáneo para la buena marcha en la familia, en el trabajo, en la ciudad, en la sociedad en general: todos necesitamos de la verdad, de las certezas, en el diálogo en confianza con los otros: así podemos entonces referirnos a metas, a objetivos comunes y -por supuesto también- a los procesos personales de corrección y mejoramiento propio, la tarea en la cual se empeñó Sócrates.

 

Vea también: Educación y veracidad

 

Pero se ha perdido el interés por la verdad. "Es que la verdad no existe", se suele escuchar comúnmente a personas que creen estar diciendo algo cierto cuando afirman ese absurdo. El relativismo subjetivista es quizás uno de los mejores ejemplos de la mediocridad intelectual y moral que pretende convertirse en norma generalizada para el actuar. Al relativizar todo, como una serpiente que se devora a sí misma, se derriban los presupuestos de la convivencia y del entendimiento humano, todo piso se torna pantanoso, equívoco e impredecible. Un interesante pensador español contemporáneo, Antonio Millán Puelles, reflexiona sobre esto en un agudo ensayo titulado precisamente: Las dimensiones morales del interés por la verdad. Cuando se aniquila el aspecto de la voluntad que se empeña por la verdad, se tornan las ideas en tremendas expresiones de soberbia, de interés propio y de autosuficiencia. Es que se requiere de la voluntad para aproximarse a la verdad; hay que "querer" acercarse, con esfuerzo, honestamente, a lo que es cierto. La verdad es la realidad, es la correspondencia entre lo que se piensa y se dice con lo que existe objetivamente, la concordancia con lo que las cosas son. Es el dato concreto de la realidad, no la opinión.

El relativismo, el subjetivismo, el dogmatismo que reduce todo a conceptos igualmente respetables -cuando es tan evidente que no todas las opiniones merecen igual consideración y que no es infrecuente que cualquiera vaya emitiendo por ahí toda clase de juicios sobre lo divino y lo humano como si en ello consistiera la utilización del "derecho" a decir cosas- es una pobre comprensión de la autonomía. "Me basta con lo que sé", "así pienso yo, los otros verán" y otras perlas de insolidaridad y desprecio, son demasiado frecuentes.

Si no hay interés genuino por la verdad, las palabras y los pensamientos se convierten en otro objeto de consumo, algo a la venta por las mejores simpatías y los mejores postores. Se renuncia a lo veraz y se cambia por popularidad, por los "I like", por la aceptación mayoritaria. Se ha sacrificado lo que en últimas es una posesión invaluable: la propia autenticidad que pasa a ser baratija de la moda.

 

Lea además: La aniquilación de la educación: el relativismo

 

Hay una buena tarea educativa por delante, la recuperación del interés por la verdad. El reforzamiento de una voluntad dirigida a la aproximación a la realidad. La sabiduría clásica cuenta algo muy llamativo: La verdad, "veritas", hija de Saturno, es la madre de la virtud.

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