El ensayo como obra literaria

Autor: Carlos Alberto Gómez Fajardo
14 mayo de 2019 - 02:06 AM

Colombia es rica en su tradición ensayística. Hay unos nombres que no pueden dejarse de tener en cuenta cuando de revisan logros y antecedentes de este tipo de producción intelectual y literaria

Medellín

Carlos Alberto Gómez Fajardo

Los diccionarios se refieren al término “ensayo”, entendido como género literario, como un escrito en prosa, de extensión variable, en el cual el autor expresa sus ideas sobre diferentes temas. No puede existir una norma definida sobre su extensión. Se entiende en general que esta es breve, la lectura de un buen ensayo no debe tomar más de quince minutos o veinte minutos; sobre el modo de ser concebido por quien lo escribe, puede afirmarse que contiene ideas expuestas a modo de introducción, desarrollo y conclusión, sin que este orden sea estricto. No hay –en sentido restringido- un contenido de valor académico y científico en él, pero sí, caso evidente en el ensayista de calidad, está implícita la intencionalidad didáctica de un enfoque que quiere y pretende aproximarse a ser veraz, cierto, auténtico. En el autor de calidad hay intención de originalidad y a la vez, compromiso honrado por acercarse a la realidad, a lo que las cosas son objetivamente, sin dejar por ello de ser contempladas con una lente personal y con un estilo propio. El lector atento, después de leer y disfrutar de un ensayo bien logrado, adquiere nuevas luces sobre aquel tema en particular: logra ser llevado y estimulado hacia la documentación sólida, hacia la reflexión sana y creativa, aprende y se forma.

Lea también: El interés por la verdad

Adicionalmente, hay un componente estético esencial en el ensayo. La palabra escrita en prosa, su fluidez, la puntuación y respeto por la gramática básica, el ponderado uso de herramientas literarias -la metáfora, la analogía, la enumeración- cuando es obra de un verdadero escritor, posee una musicalidad interna, un ritmo, que la hace agradable a los sentidos. Quizás sucede algo similar, en las misteriosas cavidades de la formación de la memoria y del gusto estético, a la resonancia que nos puede generar la contemplación de un bello paisaje o de una composición musical cuyo significado es positivo, alegre. Un buen ensayo no puede ser pesado o generar en el lector una sensación de agotamiento. Parte del atractivo y vigencia de este género se relaciona tal vez con esta característica de ligereza, a diferencia del tratado más riguroso o del artículo académico que en tantas ocasiones se presenta como una prosa impersonal y apática. El artículo académico, cabe mencionarlo, es también en ocasiones tan descolorido y mal escrito que parece haber sido obra de un ordenador moribundo, programado para cumplir con unas flemáticas e insípidas exigencias editoriales concebidas por un tribunal de robots.

Existe un parentesco entre el ensayo y la columna periodística: además de ser esta el espacio a quien es acogido por la prensa escrita y sus lectores –con evidentes cambios en forma, extensión y contenidos, algunos de ellos relacionados con el imparable giro hacia la versión informática y virtual del periodismo de opinión-. La columna, algo así como un ensayo microscópico, también se ha convertido en un espacio virtual al que se llega desde las más amplias e impensadas instancias de quien acude al universo de la nube informática.

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Colombia es rica en su tradición ensayística. Hay unos nombres que no pueden dejarse de tener en cuenta cuando de revisan logros y antecedentes de este tipo de producción intelectual y literaria. Cada lector identificará sus afinidades y gustos con el paso de sus años de lecturas. No puedo dejar de mencionar nombres que para algunos pueden ser identificados como ensayistas de quilates, en lo que toca al panorama de nuestro país: Germán Arciniegas, Carlos Arturo Torres, Soledad Acosta de Samper; Eduardo Caballero Calderón, Nicolás Gómez Dávila. En Antioquia, merece la mención de algunos gigantes, muy diferentes entre sí en formas, contenidos y fundamentos de sus ideas y motivaciones, pero ejemplos de originalidad y fortaleza en la expresión de sus ideas en castellano: Manuel Uribe Ángel, Fernando González y el presidente, pensador y ciudadano Marco Fidel Suárez. Ensayistas de quilates, cuya lectura es de interés siempre actual y renovador.

 

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