Duque y el país lo tienen claro

Autor: Alfonso Monsalve Solórzano
29 septiembre de 2018 - 09:04 PM

El ajedrez internacional se está jugando hoy en nuestro país y todavía no es claro lo que pueda ocurrir, pero lo sucedido esta semana en a la ONU muestra que Colombia no está sola.

La primera asistencia del presidente Iván Duque Márquez a la Asamblea General de las Naciones Unidas resultó exitosa: en primer lugar, planteó la nueva estrategia colombiana en la lucha contra las drogas, consistente en atacar la proliferación sin control de las hectáreas sembradas de coca, al incremento de la producción del clorhidrato de cocaína y al consumo interno, que está destruyendo una generación de colombianos y que es el combustible de la violencia organizada en Colombia, hasta el punto de que, si el narcotráfico continúa con la fuerza que tiene, no habrá paz en nuestra nación. La erradicación del narcotráfico es, entonces, el problema central de seguridad nacional interno que tiene Colombia. Pero también ratificó que este es un asunto de seguridad nacional para los países consumidores que ven, también, como sus sociedades están siendo corroídas por el consumo de drogas, especialmente, de cocaína. Esto determina una alianza renovada con Estados Unidos, pero también con los países consumidores, para reducir hasta erradicar la producción de cocaína en el país.

Lea también: El pasado dentro de cuatro años

En sus distintas participaciones, Duque, adicionalmente, señaló ante el mundo a la dictadura de Maduro. Logró consolidar una sólida alianza política contra esta, junto con Estados Unidos, y la denunció ante la CPI, en compañía de Canadá, Argentina, Paraguay y Perú. La ofensiva diplomática fue tan incisiva que obligó al tirano a viajar a Nueva York a tratar de contrarrestarla, esfuerzo que no tuvo ningún éxito distinto a dejar en claro lo que todos ya saben: que en su empresa criminal es respaldado por China, Rusia y Cuba.

La tarea de Duque era necesaria porque los dos temas abordados están estrechamente ligados. Veamos. Nuestro presidente llamó  la atención del mundo sobre la gravísima crisis humanitaria del pueblo venezolano que ya produce una diáspora de más de dos millones de personas, la cual está afectando directamente a nuestro país en el que han buscado refugio más de un millón, causando graves problemas a la infraestructura de salud nuestra, creando riesgos importantes de salud pública, acrecentando el trabajo informal; en ocasiones, siendo víctimas de explotación y abuso inmisericorde; disparando la mendicidad; y, en casos puntuales, alimentando el crimen y las organizaciones delictivas dedicadas al narcotráfico. Colombia no estaba preparada para esta emergencia, en virtud de la negligencia premeditada y cómplice de Santos y su canciller con la dictadura venezolana, a pesar de que era evidente que nos estaba tocando aceleradamente.

La obsesión de negociar con una parte de la guerrilla narcotraficante una paz a cualquier precio, llevó a Santos a aceptar que el gobierno venezolano, igualmente narcotraficante y socio de aquella (y de todas las guerrillas y otros carteles colombianos de la coca) en el negocio, fuera garante de las conversaciones con las Farc, a pesar de que era, y es, el refugio de los alzados en armas, y hubiese convertido esa frontera en uno de los caminos de salida más importantes de la cocaína.

En razón de las conversaciones con las Farc y la alianza estratégica de estas con la dictadura venezolana, esta se convirtió en la principal amenaza externa a la seguridad nacional de Colombia. Pero, las conversaciones y el hecho de que Venezuela fuera garante de ellas, implicaban que Santos no podía tomar medidas defensivas en el campo diplomático, y, mucho menos, en el militar, ante la intervención descarada en los asuntos internos colombianos. Había que pasar de agache ante las infinitas incursiones de la guerrilla a nuestro territorio desde suelo venezolano y su repliegue inmediato a este, o las continuas incursiones aéreas y, aún, terrestres a nuestro territorio, por parte de las fuerzas armadas “bolivarianas”. No podía haber protestas diplomáticas, ni alianzas militares con países democráticos, ni mejora del sistema de defensa y seguridad colombianos. Por el contrario, había que desmontar la capacidad de combate de nuestras Fuerzas Frmadas para convertirlas en “multipropósito” porque, supuestamente no había enemigo interno ni amenaza externa, contra toda evidencia.

Vea además: A este lado de la frontera

El resultado es el de una Colombia con unas fuerzas armadas debilitadas, cuya seguridad depende, en gran medida, de la asistencia militar que otros le puedan brindar, mientras que la dictadura venezolana está armada hasta los dientes. El ajedrez internacional se está jugando hoy en nuestro país y todavía no es claro lo que pueda ocurrir, pero lo sucedido esta semana en a la ONU muestra que Colombia no está sola. Y Duque y el país lo tienen claro: si no se pone fin al narcotráfico y se le da una salida democrática a la cuestión venezolana, no habrá verdadera paz en Colombia.

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