De lo fantástico a la inmundicia

Autor: Memo Ánjel
23 junio de 2019 - 09:08 PM

Nathaniel Hawthorne y el pensamiento perverso

Medellín

El demonio, cuando adopta su propia forma, no es tan horrible como cuando desencadena su furia en el pecho (corazón) de un hombre.

Nathaniel Hawtorne. El joven Goodman Brown.

 

Lo fantástico

La palabra fantasía podría definirse como aquel pensamiento que deforma la realidad, dotándola de elementos que no contiene. Esta definición no está mal y causa poco susto. Que se hable de dragones, hadas, unicornios, hombres invisibles, seres de un solo ojo, viajes en el tiempo, supervivencias imposibles en lugares sin espacio, abogados de cristal (como el licenciado Vidriera de Cervantes), condenados al infierno que descansan cada sábado (como en el cuento de Isaac Bashevis Singer), muchachitas como Alicia que se hunden en un hueco o atraviesan un espejo para encontrar otros mundos, etc., no le quitan el sueño a nadie y, por el contrario, alientan a dibujantes, actores y constructores de títeres a interpretarlos. Si gramaticalmente la frase es correcta, la mente la sitúa como una verosimilitud. Así, si yo digo: la vaca sentada en la nube de cilantro escribía en una computadora que sabía a pan tostado, el cerebro cuadra las imágenes y admite la propuesta. Esto funciona muy bien en los libros para niños y en las películas de dibujos animados.

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Pero no todas las fantasías se crean para niños o gentes como yo, que descansan leyendo las aventuras de Mortadelo y Filemón (lo que incluye al Carpanta). Hay otras historias fantásticas que, sin recurrir a lo que no existe, se dan a la tarea de asustarnos, confrontarnos y, quizá, a descubrir que eso imaginario, antes que una alucinación, es algo que brota de lo real porque estaba escondido ahí. Sigmund Freud, en El malestar en la cultura, sostiene que las normas que nos imponemos, llámense éticas o morales, son las que nos evitan desbordarnos. Como se dice en el Tao, nos aferramos a las leyes para no ser animales rabiosos. Y esto quizá se deba a que somos animales frágiles, asustadizos, fáciles de deprimir y propensos al error. Nos controlamos, entonces, para no pasar ese umbral que existe entre la razón y la locura. Esto ya se sabe desde las tragedias griegas y Don Quijote de la Mancha, que sería el primer sujeto de psicoanálisis moderno que manifiesta sus delirios a otro, a Sancho que, oyendo, también comienza a delirar.

Italo Calvino, el escritor habano-italiano, autor del mejor cuento que se puede leer sobre canibalismo (Bajo el sol jaguar), hizo una antología del cuento fantástico del siglo XIX, destacando a los escritores que, le pareció, pasaron al otro lado de la realidad (o se hundieron en ella para ver el lado oscuro). Este siglo, catalogado por Umberto Eco como el de las falsificaciones y conspiraciones (El cementerio de Praga), tenido por el historiador Erich Hobsbawm como el de la ruptura a partir de la Revolución Industrial (pasamos de la energía viva a la energía muerta), bien cimentado en mentiras y calumnias por Édouard Drumont (el maestro de la difamación, según Christopher Domíngez Michael), también fue el siglo de los románticos que imaginaron lo peor que podría pasar en la mente humana. Maestros de esto fueron Edgar Allan Poe, Ernst Theodor Amadeus Hoffmann, John Sheridan Le Fanu, Herman Melville y Nathaniel Hawthorne, entre otros. Con ellos se podría decir que la imaginación humana llega al punto de que lo que piensa y distorsiona trasciende la fantasía y se convierte en realidad. Si no es que es la realidad misma, en su cara oscura. Entera, como la luna.

don Quijote y Sancho

Don Quijote y Sancho Panza, en ilustración de Gustave Doré

 

Los puritanos de Hawthorne.

No sé si alguien lo dijo, lo leí o lo vi en una película, pero lo cierto es que, si se quiere saber de perversiones, lo mejor es hablar con un puritano. Como su lucha es contra el demonio, se saben todos los pecados, los artificios que usa el Maldito y los lugares que contamina. De ello han hecho un inventario completo, al que le agregan variaciones, pues lo pecaminoso usa de la energía oscura para extenderse.

Nathaniel Hawthorne descendía de uno de los jueces que ajusticiaron a las brujas de Salem y en ese ambiente de cacería de pecados (el de los puritanos de la Nueva Inglaterra), todas las prédicas apuntaban a las tentaciones de los diablos. Allí, los predicadores, antes que enseñar a vivir mejor, asustaban a los parroquianos con lo que les esperaba en el infierno (hay que ver lo que Hawthorne cuenta en La letra escarlata), que ya no solo estaba en el más allá sino aquí, vigilante y ansioso por atrapar a quien se daba a la satisfacción de los sentidos, la mentira y lo que se llama los malos pensamientos. Para lograr la salvación eterna, había que mantenerse con miedo, a la defensiva. Creo que Calvino fue el que más profundizó en las razones teológicas de esta práctica. A D’s por el susto. Bueno esto es respetable, pero el miedo termina construyendo deformaciones de la realidad, ampliándola a límites que lindan con lo grotesco y lo esperpéntico, lo que ya suena a reptil, árbol y manzana. O a El jardin de las delicias, de Hieronymus Bosch, ese cuadro que más que lo infernal lo que representa es un inconsciente enfermo, de esos que le gustaban a Carlos Gustavo Jung, por aquello de los arquetipos, esas primeras imágenes que se mantienen en calidad de huevo de la serpiente.

Nathaniel Hawthorne

Los puritanos que llegaron a los Estados Unidos (los mismos padres peregrinos que llegaron en el Mayflower mítico), tenían claro que se habían independizado de los nidos de pecado en Holanda e Inglaterra y, llegados a las nuevas tierras, iban a construir las ciudades del sol que proponía Tommasso di Campanella. Estas ciudades que no tenían más gobierno que el de D’s (los jesuitas construyeron algunas en América del Sur y las llamaron misiones) y se regían por la Biblia, los pastores y los diáconos ancianos, producirían un hombre nuevo para gloria de D’s, uso de la creación y servicio moral a los demás. Y en los inicios funcionaron (todavía queda una que se llama Boston) con sus hombres austeros y trabajadoras, las mujeres hacendosas y los niños juiciosos asistiendo a las escuelas dominicales. Un paraíso, si se quiere. Pero un paraíso deja de serlo cuando se tiene la noción del pecado. Saber que el mal existe, pensar en él, ya lo crea y lo pone a funcionar. Y funciona mejor y más rápido si está en la imaginación, pues ahí (en lo imaginario) puede hacer lo que quiera: fornicar al desgaire, matar por cualquier cosa, burlar la ley, sentirse poderoso y ejercer la codicia, subirse a las montañas y salir volando para asustar al ganado. Cerrando los ojos creamos mundos y más si estos están impulsados por el deseo que, en términos de Jacques Lacan, siempre es un faltante que no se logra satisfacer de manera plena. El deseo, tocado de libido, es intermitente y se desborda si no está a nuestro alcance darle solución.

La vida de los puritanos de Hawthorne es simple: trabajo, manejo del hogar, escuchar prédicas, marginarse de los pecadores y estudiar las palabras santas. Y ser muy duros en lo relacionado al castigo de los pecados. Ver al pecado de frente y reaccionar como ángeles exterminadores frente a él gritando, escupiendo, tirándolo a la corriente del río, ahorcándolo o prendiéndole fuego. De esto habla Michel Foucault en Vigilar y castigar y parece que la cosa no es solo de puritanos. En asuntos de emociones fuertes, los plagiarios son muchos y hasta bien vistos. Es el horror legal.   

El joven Goodman Brown.

Es un cuento lineal, de estructura simple. Lo terrible son las palabras que contiene, que son las mejores y por ello, por su respetabilidad, las que cuentan correctamente el horror de lo que pasa. En él, Nathaniel Hawthorne, hace una síntesis de lo que es el mundo de los puritanos y de cómo la noción de pecado se despierta con nada. La historia es una situación (como es todo buen cuento): el joven Goodman Brown, de despide al caer la noche de su mujer. Ella le pide que se quede en casa pues quiere estar con él (están recién casados) y desea su cercanía. El muchacho, estudioso, buen conocedor del concepto de libre albedrío, le dice que debe salir y volverá más tarde. Así que la deja para internarse en el bosque, volviéndose una vez para ver cómo lo mira. Él ve de ella su cabeza con un lazo color de rosa. Si se pintara un cuadro, sería uno de esos sensuales del rococó: juventud, algo de pelo suelto, colores pastel, la naturaleza vibrante. Pero de esto no se dice nada. Lo que cuenta Hawthorne es cómo la imaginación de Goodman Brown entra en lo fantástico en la medida en que avanza por el bosque. Allí se encuentra con un hombre y luego con su maestra de catecismo y luego con otros (incluidos el pastor y el diácono anciano) que ya no son la bondad aparente ni la autoridad sino gente que se dirige a encontrarse con el demonio, guiados por sus pecados, esos que mantienen escondidos bien dentro pero que, ante los ojos del buen Goodman, afloran enloquecidos y más se manifiestan cuando son el muchacho y su mujer los que serán ofrecidos a Asmodeus (el demonio de la carne), en un ritual donde buenos y malos están juntos. Goodman Brown trata de escapar y de pronto está en otro sitio, como si en lugar de ser una víctima fuera solo alguien que despierta de un sueño. De un sueño revelador, pues a partir de ahí se le ha revelado el mal, los escondites que tiene, la seguridad de que su mujer es un diablo, igual que los vecinos y líderes son otros. De ahí en adelante se mantendrá a la defensiva, vigilante; será un hombre duro, reprimido a fondo, uno de esos que se auto-tortura para que el pecado no lo toque. Y en esa dureza se vuelve un juez implacable que lucha contra el error y el deseo. Su tarea será cazar pecadores, mantener a su mujer a raya y solo procrear con ella, ver los amaneceres y anocheceres como una orden que le cae encima. El rigor de un D’s severo será su vida, la muerte quizá su liberación.

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Nathaniel Hawthorne (1804-1864), en este cuento gótico y fantástico, se adelanta a la Gestapo, la KGB, el FBI, la CIA y demás aparatos de seguridad que han entrado en la intimidad de las personas para esculcar sus pecados, que son los mismos de los que los buscan y por eso los conocen tan a fondo. La represión nos hace pecadores mentales. Y de ahí, a ver en otros lo que nos acosa a nosotros mismos, los señalamientos se multiplican, las sospechas son el pan diario y los diablos hacen fiesta. Y es que el diablo se esconde en uno, y ese es el problema: lo débiles que somos frente a la inmundicia que imaginamos y buscamos.  

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