Cáncer en la piel de la tierra

Autor: José Hilario López
29 enero de 2020 - 12:00 AM

La erosión en la macrocuenca Magdalena-Cauca  genera hasta 2.200 toneladas de sedimentos por kilómetro cuadrado y por año, lo que la  clasifica como una de las áreas  que más están siendo degradadas en el mundo.

Medellín

 “Arrastrando la montaña hacia el mar” es un didáctico texto editado por Agenda del Mar Comunicaciones bajo la edición científica del doctor Juan Darío Restrepo Ángel, uno de los mayores conocedores de la erosión en la cuenca del río Magdalena y sus impactos sobre el mar Caribe. Reconocidos científicos exploran en el referido libro temas tales como la erosión, la deforestación, la sedimentación y la contaminación de las aguas con pesticidas usados por la agricultura, con especial énfasis en el caso colombiano, lo que nos obliga a seguir reflexionado sobre el problema de la erosión en la macrocuenca Magdalena-Cauca (CMC), donde se concentra la mayor parte de la población y la actividad económica nacional.

La piel de la tierra la conforman los suelos y las aguas continentales y marinas, donde se desarrolla la vida del planeta. La erosión es el proceso de denudación y  remoción de la capa más superficial de los suelos, los cuales llegan hasta las corrientes de agua, que se encargan de transportarlos como sedimentos y nutrientes hasta ser depositados en lagunas, llanuras aluviales, estuarios y océanos. Las aguas lluvias al  impactar sobre la cobertura boscosa amortiguan su energía cinética y cuando caen al piso, mediante escorrentía difusa lavan la capa más superficial del suelo, en un proceso lento y ordenado conocido como denudación, generando los sedimentos que esas mismas aguas van a transportar como sólidos en suspensión o como carga disuelta de material químico y orgánico,  provenientes de los suelos o de contaminantes de origen humano, hasta formar arroyuelos, quebradas y ríos, proceso geológico natural conocido como erosión laminar.

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Cuando desaparece la cobertura boscosa las gotas de lluvia impactan directamente sobre la superficie del suelo, produciendo incisiones conocidas como surcos que al ampliarse generan focos de erosión concentrada, también llamados focos de remoción en masa. El proceso de remoción adquiere su propia dinámica que avanza espacialmente de manera progresiva, lo  que da lugar a la destrucción de los suelos y a desastres naturales, tales como deslizamientos, avenidas torrenciales e inundaciones, así como a la afectación a los ecosistemas marinos y a la colmatación de los embalses y ciénagas. Este tipo de erosión es el que aquí estamos denominando como cáncer de la piel  de la tierra.

Vamos ahora al caso colombiano. Aunque el impacto sobre los suelos en la región andina prácticamente se inició con la colonización española, los procesos erosivos sólo se aceleraron a mediados del Siglo XX por causa de la deforestación masiva, requerida por las actividades agrícolas, ganaderas, mineras y las obras de infraestructura. La última evaluación del Ideam muestra que entre 2005 y 2010 se destruyeron anualmente 340 hectáreas de bosque nativo, lo que nos marcó desde hace diez años como uno de los diez mayores deforestadores del mundo. Durante los últimos 15 años se ha acelerado la deforestación en el país, por razón de  la expansión de la ganadería extensiva, lo cultivos ilícitos y la minería ilegal, lo que hace que nuestro país sea, después del Brasil, el mayor deforestador de la región. A esto se agregan los incendios forestales causados por el calentamiento global.

En la últimas tres décadas el 35% de los sedimentos transportados por el río Magdalena hacia el mar, una 16 millones de toneladas anuales, se deben a la deforestación de la CMC. Se estima que el 33% de la contaminación de la bahía de Cartagena se causa por los sedimentos aportados por el río Magdalena, vía canal del Dique.

Estimativos globales de la erosión en la CMC concluyen que la carga de sedimentos generada por kilómetro cuadrado y por año alcanza valores máximos hasta de 2.200 toneladas, lo que clasifica la CMC como una de las áreas que están siendo mayormente degradadas en el mundo. Por otro lado, los ríos colombianos que drenan hacia nuestros dos mares, aportan la mayor cantidad de sedimentos a los océanos que bañan el continente americano.

La remoción de la cobertura vegetal en la zona andina, acelerada durante las últimas cinco décadas, hace que la CMC sea una de las más vulnerables a los desastres principalmente por avenidas torrenciales e inundaciones. La carga de sedimentos, materia orgánica y elementos contaminantes reducen la vida útil de los embalses, lo que se agrava con la generación, en estos mismos cuerpos de agua, de metilmercurio y gases de efecto invernadero, situación que hemos señalado en este mismo espacio (alerta con los embalses) y mediante intervenciones en centros académicos.

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En este desolador panorama, desde el reciente Foro Económico Mundial en Davos (Suiza), se abre una luz de esperanza con el proyecto “Champions for 1 Trillion Trees”, consistente en la siembra de un billón de árboles en el planeta antes al año 2030. Colombia se ha comprometido con dicha iniciativa mediante la plantación de 180 millones de árboles al año 2022, equivalente a 165.000 hectáreas reforestadas, meta que se podría extender a un millón de hectáreas en los próximos tres años, como lo propone el experto en financiamiento agropecuario Indalecio Dangond en su reciente columna en El Espectador,  que resumo a continuación.

Según Dangond, sembrar el 50% de los 675 predios actualmente dedicados a la ganadería, con un promedio de tres hectáreas (3.300 árboles por hectárea) por predio, lo que significaría un millón de hectáreas reforestadas. La siembra de tres hectáreas de árboles cuesta alrededor de $ 9 millones(1), que se financiarían mediante una línea de crédito de Finagro apoyada por la banca privada. A su vez, el sector de los hidrocarburos que tiene que pagar anualmente un impuesto al carbono de $16.600 por tonelada, y suponiendo que un árbol adulto retiene una tonelada de CO2, al cabo de dos años se  podría establecer un mecanismo de contratos a futuro a través de la Bolsa Mercantil de Colombia, para asegurar el retorno de la inversión. Es decir, las empresas del sector de los hidrocarburos y demás industrias contaminantes canjean emisiones de gases de efecto invernadero por toneladas de CO2, retenidas por las plantaciones forestales sembradas por los ganaderos.

Otra alternativa, complementaria a la anterior, sería la compensación ambiental por contaminación vehicular. Para compensar las emisiones que emite un vehículo que recorre 5.000 km al año, se requiere plantar dos árboles. En Colombia circulan unos 14,4 millones de automotores. Si el Congreso de la República tramita una ley que obligue a los propietarios de vehículos a invertir en un fondo forestal el valor de dos árboles ($10.000-15.000), se generarían recursos para sembrar 28,8 millones de árboles anuales.

(1)Nuestra experiencia indica que este valor sólo corresponde al costo de las plántulas, a lo que habría que agregar otros $3 millones por el manejo de plantación.

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